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El debut de Guardiola desde dentro

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Mamen Hidalgo | Manchester | Guardiola llegó al Etihad como una estrella de rock y se fue agotado, suspirando, dibujando la dificultad de una Premier League que se antoja inhóspita para su estilo. “Hoy he aprendido que aquí no estás a salvo hasta que el árbitro pita y te vas a casa”, explicaba tras el encuentro. Unos instantes antes se había dejado la garganta para defender una victoria lograda con más alma—como reclamaba en la previa—que fútbol, prácticamente nulo. Con pinceladas de su estilo en el sistema, pero sin mucha efectividad, se llevó su primer triunfo en Inglaterra con un penalti y un gol en propia puerta. “A veces se tiene un poco de suerte”.

En un final agónico, Moyes se empeñó en llevar el balón al área de Willy Caballero y De Bruyne pagó la novatada, dejándose caer por la banda como quien se asoma por la ventana a través del visillo, con miedo de poder ser visto. Allí lo atrapó Guardiola, agarrándolo por la muñeca mientras el punta trataba de recuperar su sitio en el campo. Incluso cuando éste se había dado la vuelta seguía dándole indicaciones, como si el 17 ‘citizen’ fuera capaz de asimilar órdenes de espaldas. El técnico se guardaba las manos en los bolsillos en un acto compulsivo, después de proyectarlas con violencia hacia la nada y pasearlas por toda su cabeza preso de su propio nervio. No supo controlarlas hasta que ‘Bobby’ Madley se llevó el silbato a la boca. Fue entonces cuando se quedó por fin inmóvil, mirando a sus jugadores despedirse de la afición, quizás asimilando que su primer partido en Inglaterra se había resuelto de la forma más azarosa, con un gol en propia puerta de McNair, que hasta hace dos días—literalmente—era futbolista del United.

“El mejor técnico del mundo”. Así fue recibido a su llegada al estadio nada más asomar la punta del pie del autobús, cuando hora y media antes del partido ya había miles de seguidores esperando su presencia. Y la de Agüero, a tenor de los gritos que ambos recibieron. Precisamente el delantero argentino fue quien marcó un tanto que solo tardó tres minutos en llegar. Parecía que el inicio de la temporada iba a estar acompañado del clásico chaparrón de Manchester, pero las nubes se alejaron del estadio al mismo ritmo que el fútbol se desvaneció. Entre tanta imprecisión se dejaron entrever las intenciones de juego: liberar a Silva dando a Bacary Sagna y Gaël Clichy más presencia en el centro del campo. “En la segunda parte jugamos muy bien”, apuntó Guardiola, mientras despejaba las preguntas sobre la titularidad de Caballero o la idea de convertir a los laterales en centrocampistas. “¿Por qué no van a saber jugar ahí? ¡No son niños!”

 

Si algo aprendió de sus encuentros con Kasparov es que hasta el más veterano de los participantes nunca aguantará una partida larga a quien viene con hambre. Pero Pep tiene el hambre del principiante y toda la paciencia del veterano. “Para ser el primer partido hemos estado muy bien, con buena disposición para defender. Todos han trabajado mucho”, repetía, respaldando a unos jugadores que solo empiezan a asimilar ideas contrarias a lo que exige el público: correr. Como se demostró en la primera intervención de Jesús Navas, que en un acto más propio de Río 2016, regaló un sprint a la grada aún sabiendo que nunca llegaría a alcanzar el esférico. Un pelotazo sin sentido en España, un tercio de ocasión de gol en el norte de Inglaterra, y un chute de oxígeno para un City en total reconstrucción. Así es la Premier a la que llega Guardiola, menos preocupada por intelectualizar el deporte rey, más interesada en ganar. “Hay que evolucionar, es difícil repetir lo de Barcelona y Múnich”.

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