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El Coronel Cristiano

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Cuando, el martes, Cristiano se colocó en cabeza de los máximos artilleros continentales, entre los merecidos silbidos del público merengue no pude evitar pensar en lo difícil que resultará encontrarnos con un jugador así el día de mañana. A pesar del mal momento que atraviesa, sus dos goles de raza evitaron el derrumbe de la Casa Blanca, como una especie de Cid capaz de ganar guerras incluso estando muerto. No sé si batirá algún récord más, si nos traerá otra Champions o si posará de nuevo con otro Balón de Oro. Pero tengo claro que, cada vez que salta al campo, este futbolista se juega algo más que tres puntos, algo más que una clasificación para cuartos.

A menudo me recuerda al coronel Aureliano Buendía, aquel que promovió treinta y dos levantamientos armados (todos perdidos), aquel que escapó a catorce atentados, a setenta y tres emboscadas, a un pelotón de fusilamiento, a una carga de estricnina que habría bastado para matar a un caballo y a la única herida que recibió en toda su carrera militar. Los que le conocieron afirmaban con firmeza que no luchaba por hacerse con el poder sino que lo hacía, simplemente, para superar las metas que él mismo se había marcado.

El paralelismo es evidente. Yo mismo estaba en Da Luz cuando Cristiano levantó la Décima al cielo de Lisboa, y pude presenciar con estos ojos algo que ya entonces me pareció extraordinario y que, cuanto más recuerdo, más extraordinario me parece: la expresión del portugués apenas cambió al acariciar el trofeo. Algunos pensarán que este hecho es criticable, que el ego de Ronaldo es tan grande que se sobrepone a la consecución de cualquier título. Sin embargo, yo lo veo como algo elogiable. Que este hombre ponga la misma cara ganando al Espanyol que consiguiendo la Champions no es más que la señal de que, para él, los dos episodios tienen la misma importancia, pues forman parte de una misma película, aquella que cuenta cómo un niño huérfano que apenas tenía para comer ha ido derribando, al estilo coronel Buendía, todos y cada uno de los obstáculos que la vida le ponía por delante, llámese Espanyol, Décima Copa de Europa o enfermedad cardíaca. Como digo, lo de menos es la etiqueta.

En cierta ocasión, el coronel Aureliano Buendía, jefe militar de los liberales, envió un comité político para negociar una paz con el Gobierno conservador que pusiera fin al sufrimiento del pueblo. Cuando el comité hubo regresado, uno de los representantes le expuso punto por punto todas las exigencias que los conservadores reclamaban para firmar la paz. Al terminar de escuchar los términos del acuerdo, Buendía cuestionó: “¿Esto quiere decir que sólo estamos luchando por el poder?”. El coronel no concebía la lucha como algo que le permitiera alcanzar un objetivo concreto, sino como algo que lo mantuviera vivo, sin que el éxito tuviera necesariamente que ver con una medalla o un territorio conquistado. De hecho, cuando se retiró del ejército, vagó moribundo entre sombras, sin que su existencia valiera nunca más la pena.

Es, también, el caso de Cristiano. A menudo, fantaseo y pienso que ni siquiera conoce al rival que le planta cara, que no sabe qué competición juega ni qué escudo lleva en el pecho. En lo único que está interesado es en que el árbitro pite el inicio del partido para poder así escalar otra de aquellas cotas que oteaba siendo un crío, cuando en su Madeira natal nadie alcanzaba a ver más que su propia supervivencia. La historia de Cristiano Ronaldo es, por tanto, una historia plagada de títulos que sólo tienen sentido si se contemplan desde el sacrificio y no desde el éxito, pues es lo primero y no lo segundo lo que le mantuvo con vida cuando más falta hacía.

Cuentan que, al morir Aureliano, solo quedó de todo aquello una calle con su nombre en Macondo. Sin embargo, la leyenda del Gran Coronel permaneció en el espíritu de sus habitantes como una historia de superación inigualable. Algo me dice que, con el paso de los años, yo contaré que vi jugar a un tipo por cuyas venas corría la sangre del coronel Aureliano Buendía.

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