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El coronel Aureliano Buendía frente al pelotón de fusilamiento

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Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. De esta manera, Gabriel García Márquez presenta al primer personaje de su gran obra: Cien años de soledad. Al igual que nuestro protagonista, el Coronel Aureliano Buendía era un hombre solitario y retraído en su vida privada, mientras que mantenía un carácter implacable dentro de su ámbito público, el de batallar en cuantas guerras civiles hubiera en Latinoamérica en contra del conservadurismo.

Nuestro hombre, Reginald Wayne Miller, más conocido como Reggie Miller, era de la misma naturaleza que el Coronel. Desde niño fue capaz de hacer cosas fuera de lo normal. Miller nació con algunas malformidades en la cadera, obligándolo a llevar rodilleras durante toda su infancia para poder andar, hasta que llegó el momento en que sus piernas tomaron la fuerza suficiente como para compensarse y dejar atrás sus problemas de movibilidad. No dejó de sorprender a propios y extraños años después cuando se enfundó la camiseta de los Bruins de la Universidad de California en Los Angeles (UCLA).

Reggie Miller nació en el seno de una familia deportista. Su hermana Tammy jugó al volleyball en Cal State Fullerton, así como su hermano Darrell fue catcher de Los Angeles Angels of Anaheim de la MLB. Sin embargo, la hermana que más le marcó fue Cheryl, que es, para mucha gente, la mejor jugadora de baloncesto de la historia. Así pues, Reggie sería hasta su explosión en la NBA “el hermano de Cheryl”. Como cuenta la propia Cheryl siempre que puede, los partidos entre ambos en la cancha de la casa familiar no terminaban hasta que Reggie conseguía defenderla en varias ocasiones seguidas. La ultraheterodoxa mecánica de tiro de Reggie también tiene su explicación en aquellos partidos contra Cheryl, ya que ella era mucho más alta y más fuerte que el todavía pequeño Reggie, así que tenía que realizar sus tiros con el máximo arco posible para poder superar a su hermana, teniendo que colocar los codos abiertos para conseguir este cometido.

Quizá la anécdota que mejor refleja la superioridad de Cheryl durante la adolescencia de Reggie se produjo cuando este todavía jugaba en el instituto. El hermano pequeño acababa de firmar un partidazo, en el que anotó cuarenta puntos, cuando entró en el coche familiar donde lo esperaban su padre, Saul, y su hermana, Cheryl.

-¿Qué tal el partido, hijo?
-Fantástico. Los hemos vapuleado. He metido cuarenta puntos -dijo, con una sonrisa, Reggie-.

Tanto Saul como Cheryl comenzaron a reírse, y Reggie recordó que Cheryl venía también de jugar para el mismo instituto.

-¿Cómo te ha ido a ti, Cheryl?
-Bien, hemos ganado. He metido 105 puntos.

Así de brutal era Cheryl Miller, Hall of Fame desde 1995. Incluida en 1999 en la Clase Inaugural del Hall of Fame del Baloncesto Femenino y en 2010 en el Hall of Fame de la FIBA por su éxito en el baloncesto internacional, ya que en la época en que jugó, la WNBA era solo un sueño en unas cuantas cabezas. Sin la máxima competición de baloncesto femenino del mundo, Cheryl fue campeona olímpica en 1984 y del mundo en 1986 y además de dos campeonatos de la NCAA.

Teniendo todo esto en cuenta, es fácil entender que el carácter implacable de Miller, al igual que el de Aureliano Buendía, le llevara a batallar en cuantas guerras fuera necesario para hacerse su propio nombre en el mundo del baloncesto, dejando de lado la alargadísima sombra de Cheryl.

La primera guerra de Reggie se produjo en la Universidad, como ya se ha apuntado, en los Bruins de UCLA. Únicamente con un dato de su carrera universitaria se puede ver su ansia por separarse del apelativo del “hermano de”, buscando su propio destino: se convirtió en Hall of Fame de la universidad, siendo el segundo jugador que más puntos ha aportado al equipo en toda su historia, solo por detrás de Lew Alcindor a.k.a. Kareem Abdul Jabbar. Llevó a los Bruins al campeonato de la Conferencia Pacific 12 por primera vez en su historia, mientras se introducía en todo el mundo baloncestístico fuera de la NBA la línea de tres puntos, quizá el rasgo más característico del juego de Miller, lo que le permitió mejorar sus guarismos anotadores que ya eran elevados.

Su gran carrera universitaria le sirvió para alcanzar la undécima posición en el draft de 1987, en medio de una gran polémica en Indiana, la franquicia que lo seleccionó y en la que jugó los dieciocho años de su carrera como profesional. Toda Indiana clamaba por que el mejor jugador que había jugado hasta el momento en los Hoosiers de Bobby Knight, Steve Alford, no saliera del estado al llegar a la NBA y jugara para los Pacers. Sin embargo, Donnie Walsh, General Manager de los Pacers, seleccionó a Reggie Miller y a la vista de las carreras de ambos, resultó una decisión acertada. Alford no pasó de los cuatro años de carrera y los quince minutos por partido en su segunda temporada, siendo menor todavía su aportación en el resto. Con lo cual, a pesar de estar ante el pelotón de fusilamiento, Reggie Miller empezó a cimentar su historia lejos de su California natal, al igual que Aureliano Buendía lejos de su Macondo.

Hasta 1992, el máximo anotador de la franquicia indiana fue Chuck Person, hasta que fue traspasado, dejando el mando del equipo a Reggie Miller, que pronto se enfrascaría en una de las mayores rivalidades de la historia del juego contra los New York Knicks, en una liga huérfana tras la primera despedida de Michael Jordan.

La primera batalla entre ambas fuerzas se tornó en una lucha casi bíblica. Por un lado, Indianapolis como la Ciudad Sagrada. Por el otro, Nueva York, como Sodoma y Gomorra. Después de los años de pelea entre Este-Oeste, Celtics-Lakers, volvía a fraguarse una rivalidad similar. El pueblo contra la ciudad. Las canchas entre eriales contra las canchas entre rascacielos. Con ese clima comenzó la primera ronda de los Playoffs de 1993. En aquella temporada la diferencia entre ambos equipos fue notable, con grandes diferencias de victorias en Regular Season. Sin embargo, un hecho ocurrido en el tercer encuentro marcaría la rivalidad durante toda la década. Conocido por su maestría en el trash-talking, es decir, en intentar descentrar a sus rivales con su verborrea, Reggie Miller consiguió que John Starks, estrella del perímetro de los Knicks, se acercara lo suficiente con su cabeza a la de Reggie para permitirle fingir un cabezazo y que expulsaran al guard de los Knicks.

A pesar de ello, los Knicks, con mejor equipo y mejor entrenador, consiguieron pasar la eliminatoria, cosechando así la primera derrota de Miller ante ellos. En aquel verano, los Pacers relevaron a Bob Hill por Larry Brown en el banco, empezando así a convertir a los jugadores a la religión de Brown, la religión de dejarse la piel en cada jugada, en cada tiro, en cada balón. La temporada siguió el curso esperado, llegando incluso a la colisión en Playoffs, de nuevo, de la Ciudad Sagrada y Sodoma, esta vez en las Finales de la Conferencia Este.

La actuación de Reggie Miller en el quinto partido de aquella eliminatoria sigue grabada en la retina de los desdichados knickerbockers que se dieron cita en el Madison Square Garden aquella tarde del uno de junio de 1994. En mitad del mayor enfrentamiento verbal y gestual entre un jugador de cualquier deporte y un aficionado del equipo contrario, es decir, Spike Lee, Reggie Miller consiguió firmar un último cuarto únicamente al alcance de los elegidos.

Mientras Spike Lee se desgañitaba en la banda gritando todo tipo de improperios contra el jugador californiano, en la pista los jugadores de los Knicks no conseguían parar al escolta. El trash-talking llegó a tal punto, que después de cada canasta, Miller se dirigía a Lee desafiante e, incluso, agresivo. Seguía anotando una y otra vez, hasta irse a los veinticinco puntos sólo en el último parcial -para un total de 39-. Tras una de aquellas imparables jugadas, Miller, mirando directamente a Lee, se llevó ambas manos al cuello en una interpretación perfecta de lo que estaba haciendo con sus Knicks: los estaba estrangulando sin compasión. Al día siguiente, los medios de Nueva York señalaron directamente al director de cine por haber empujado a Miller a realizar un partido extraordinario. Aquella derrota se quedaría para siempre en la memoria colectiva, a pesar de que los Knicks conseguirían voltear la serie para perder las Finales de la NBA ante los Rockets de Olajuwon y Rudy Tomjanovich. Así es como Reggie perdió su segunda batalla contra los Knicks.

En 1995 la historia se repetía. Knicks-Pacers, esta vez en semifinales de conferencia. Si apuntábamos que aquel uno de junio de 1994 se mantendrá por siempre en la memoria colectiva, lo ocurrido el siete de mayo de 1995 alcanzó cotas de milagro. Quedaban 18.7 segundos para el final del partido, los Pacers perdían 105-99 y Mark Jackson sacaba de banda. El corte de Miller fue seguido por Starks, que no pudo impedir el triple de Miller. 105-102. La presión en la zona de los Knicks surtió efecto, y tras un leve empujón de Miller sobre Greg Anthony, el propio Miller recuperaba el balón, daba un paso hacia atrás para salirse de la línea de tres y, sobre el mismo Anthony, se levantaba para anotar otro triple. 105-105. Después, Starks fallaba dos tiros libres, y Pat Ewing, en un movimiento igual que el de Tim Duncan en las Finales de 2013, fallaba un palmeo de manera inimaginable. Tras el triple error de los Knicks, Reggie sufría una falta para anotar sus dos tiros libres. 105-107. No sólo anotó ocho puntos en 8.9 segundos, sino que forjó la leyenda de Knick Killer, el asesino de toda una franquicia. Por primera vez, tras siete durísimos partidos, los Pacers se sobreponían a los Knicks, para caer en Finales de Conferencia ante los Orlando Magic de Hardaway y O’Neal.

Los dos años siguientes, frente al pelotón de fusilamiento, Reggie Miller había de recordar aquella tarde remota en que sus nuevos fans le abuchearon durante la ceremonia del draft. Casi al final de la Regular Season del ’96, Miller sufrió una lesión en la vista, dejándolo sin jugar hasta el quinto partido de la primera ronda contra los Hawks, usando gafas especiales para poder participar en la contienda. Fueron eliminados, pero todavía quedaba un suceso que golpearía con fiereza al bueno de Miller. La siguiente temporada, tras una serie de lesiones y la ausencia de Mark Jackson, los Pacers no se clasificaron para los Playoffs, lo que conllevó el despido de Larry Brown. Con tanto verano por delante, los Pacers comenzaron a negociar el nuevo contrato de Reggie Miller. La situación en Indiana se enrareció. Aquellos ciudadanos que lo habían acogido en su comunidad como uno más le habían dado la espalda. Recibía insultos constantes por las calles, pero eso no era suficiente como para que Reggie considerara marcharse de la franquicia. Sin embargo, el diecisiete de mayo de 1997 todas las dudas se acrecentaron. Alguien incendió la casa del escolta de Riverside. Por suerte no se encontraba en la mansión, pero aquella situación le hizo preguntarse si merecía la pena seguir en un lugar tan hostil. Jamás se encontró al culpable, y recibió durante semanas anónimos diciendo: “Yo lo hice”. Aquello nunca llegó a quitarse de la cabeza de Miller. Su hermana Cheryl afirma que Reggie le dijo: “Mira, Cheryl, quizá necesite irme”.

Aparentemente con la decisión tomada, la rúbrica del nuevo entrenador y una charla con él le bastó para convencerse de que Indiana todavía podía ser su casa. Larry Bird, historia del baloncesto y nuevo entrenador, se sentaría con Miller para decirle: “Respeto la decisión que tomes, pero tengo que decirte una cosa: esta ciudad y yo mismo te necesitamos”. Así pues, de la mano de Larry Bird, volvieron a construir un equipo sólido y que jugaba duro en defensa y eléctrico en ataque. Adquirieron al Hall of Famer Chris Mullin y a dos jugadores de rol para acompañar a Rik Smits en el juego interior: Antonio y Dale Davis. En su primera temporada en el banquillo de los Pacers, Bird firmó el mejor balance de la historia de la franquicia (58-24). Aquella postemporada volvió a enfrentarse a los Knicks en semifinales en solo cinco encuentros, en una temporada marcada por la lesión de muñeca de Pat Ewing en los de la Gran Manzana, en la que no pudieron hacer frente a los Pacers.

En las Finales de la Conferencia Este se enfrentarían a los pentacampeones Bulls. En otra serie agónica a siete partidos, los Pacers consiguieron poner contra las cuerdas a los Bulls, toda vez que Reggie sacaba de sus casillas a Jordan. Como bien dice Magic Johnson, “Miller y Jordan, junto a Bird, son los más grandes trash-talkers de la historia del juego”.

Miller se torció el tobillo en el tercer cuarto del tercer encuentro. A pesar de ello, se mantuvo en la pista. Su aportación en el último parcial fue de once puntos casi consecutivos para distanciar a Indiana en el marcador (96-103). En una reacción digna de ambos, Jordan y Pippen anotaban dos triples seguidos para dejar el partido en un pañuelo a falta de 23.7 segundos para el final (102-103). Antonio Davis anotaría dos tiros libres antes que los dos de Jordan, que resultaron insuficientes porque los respondía Miller para cerrar el partido a diez segundos del final (105-107). De nuevo implacable dentro de su ámbito público, de nuevo ante el pelotón de fusilamiento, Miller respondía magullado, pero completamente ileso. Tras la torcedura, y posterior recuperación, Miller estaba preparado para el cuarto encuentro, que a 2.9 segundos del final estaba perdido (93-94). El balón lo ponía desde la banda McKey a Miller, que tras hacer una carga sobre Jordan para salir a lado contario se levantó desde la línea de tres para anotar la canasta de la victoria con 0.7 segundos por jugarse. La eliminatoria estaba 2-2 y se la acabó llevando Chicago para conseguir más tarde el sexto anillo en la época más dorada de la franquicia. De nuevo un esfuerzo encomiable de Miller, pero como el Coronel Buendía, volvía a perder una guerra civil más.

En 1999, la temporada del asterisco, del cierre patronal, los Pacers no pudieron en las Finales de Conferencia ante los Knicks, que contaron en aquella temporada por primera vez juntos con dos de los aleros más talentosos que hayan jugado nunca en Nueva York: Allan Houston y Latrell Sprewell. A pesar de los inconvenientes de la temporada y de la serie, entre los que se cuentan lesiones del propio Ewing y la corta preparación, los Knicks se convertían en el segundo equipo que partía del octavo puesto de la conferencia y que se acabó metiendo en las Finales de la NBA, siendo derrotados en la consecución del primer anillo de Tim Duncan, junto a David Robinson.

La temporada 2000, última de Larry Bird en el banquillo, iba a consolidar a aquel equipo de los Pacers como el mejor de su historia, ya que tras mucho vagar por el desierto, esta vez sí, los de Indiana llegaban a la ciudad sagrada, las Finales de la NBA, en un choque extraordinario ante Los Angeles Lakers a seis partidos, tras haber eliminado por última vez a Pat Ewing con los Knicks, con una actuación nuevamente brillante en el último cuarto del sexto partido de Miller, con diecisiete puntos que echarían por tierra las ilusiones de los Knickerbockers.

La lucha por el anillo no podía ser otra para Miller que la mejor franquicia de su estado natal. Tras haberse posicionado de parte del pueblo en las magnas batallas ante los Knicks, de nuevo volvía a ponerse el disfraz de paleto para enfrentarse a Los Angeles. Miller y Rose fueron un puñal constante en el corazón de los Lakers, siendo un incordio continuo para la defensa de los angelinos. Sin embargo, la corta aportación ofensiva de Rik Smits debido a los problemas de faltas que acarreó durante toda la serie, unida a la actuación descomunal de Shaquille O’Neal -38 puntos, 16.7 rebotes y 2.7 tapones por partido- dio el primer título del three-peat de Shaq con los Lakers.

Tras las Finales, el equipo fue desmantelado, lo cual sumió a Miller en una profunda desazón, como si acabara de llegar de su trigésimo tercera guerra civil perdida. “Estábamos a un paso y todos se fueron”. Smits y Bird se retiraron, Mullin regresó a los Warriors, Jackson se marchó a Toronto, así como Dale Davis fue traspasado por Jermaine O’Neal. No cesarían ahí las salidas, ya que el año siguiente, Jalen Rose y Travis Best se fueron a los Bulls.

Muchos cambios llegaron, pero Miller se mantuvo en el equipo hasta la temporada 2004-2005, su décimo octava en la NBA. El último encuentro de Miller con la camiseta de los Pacers, con su 31 entre rayas, se produjo el 19 de mayo de 2005, cuando cayó en las semifinales de conferencia ante los posteriormente campeones, Detroit Pistons, de su ex entrenador, Larry Brown.

Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, Reggie Miller había de olvidar aquella tarde remota en que sus nuevos fans le abuchearon durante la ceremonia del draft, porque finalmente, y como el Coronel Aureliano Buendía, Reginald Wayne Miller escapó del pelotón de fusilamiento, sin dejar nunca su amada Macondo.

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