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El coro de Pioli

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“Me estoy comiendo el segundo testículo. El primero ya me lo comí”. Esta estrambótica sentencia es de Maurizio Zamparini, el histriónico presidente del Palermo. Tras sus magníficas experiencias en Serie B (Salernitana, Modena, Grosseto, Piacenza y Sassuolo) y en Serie A con el Chievo -cuarta mejor defensa del campeonato-, Stefano Pioli era contratado por el Palermo de cara a la temporada 2011/12. Sin embargo, la eliminación en Europa contra el modesto Thun provocó su despido antes de empezar el campeonato.

Unos pocos meses después, Pioli fichaba por el Bologna, completando una gran temporada y ocasionando la reacción de Zamparini, nada exagerada teniendo en cuenta que el Palermo descendió la siguiente temporada, siete cambios de entrenador después. Y es que el técnico parmesano es, ante todo fiable. Su trayectoria es prácticamente inmaculada -solo un despido en Parma en su debut en A y al final de su etapa felsinea-, cumpliendo siempre objetivos, cuando no superándolos cono creces.

Como está haciendo en la Lazio esta temporada. Tras un año gris entre aguas revueltas, el siempre discutido Lotito eligió este verano a Pioli como director de un coro que andaba desafinando desde la apoteósica final de Coppa Italia contra la Roma. Y unos meses más tarde, habida cuenta de la Juventus, a años-luz por delante, lo ha convertido en el mejor del resto de la Serie A, volteando cualquier pronóstico de inicio de temporada.

No le hizo falta cambiar muchas piezas, solo la manera de tocar las teclas. Los bajos ganaron en contundencia con De Vrij, consolidado tras su dubitativo inicio -el equipo siempre ha perdido sin él sobre el campo- junto a diferentes parejas: Gentiletti -lesionado-, Cana y luego Mauricio; con Basta aportando aire fresco por un flanco y Radu carácter por el otro. Entre los barítonos, Biglia es el equilibrio y el ritmo, director sobre el campo, y Parolo aúna fuerza y expresividad en su voz, amén del joven Cataldi, que apartó la timidez de sus primeros gorgoritos tras foguearse en Crotone.

 

Sin olvidar al versátil Lulic, adaptable y cumplidor en cualquier tono, relucen los tenores: el capitán Stefano Mauri, el vigoroso Antonio Candreva, el clásico Miroslav Klose, el trágico Filip Djordjevic -se rompió el tobillo- y el solista Felipe Anderson. Todos ellos combinados de diversos modos bajo la batuta de Pioli. Y el ejemplo mas evidente del juego coral del equipo, puesto que los cinco, además de Parolo, suman más de siete goles cada uno en la presente temporada.

Un párrafo para el concertista, figura clave en cualquier coro. También en el de Pioli, un director con mucha mano para conducirlos, como hizo con Gastón Ramírez en Bologna. Felipe Anderson llegó de Brasil en 2013 con la etiqueta de talentoso e inconsistente, y tras la gran inversión de la Lazio fue calificado de bidone tras su nulo rendimiento. El pasado mes de diciembre llegó la transformación, el cisne se convirtió y desde entonces Felipe acaricia las notas con una combinación de elasticidad y velocidad que atrae las ovaciones del respetable.

Sin presión, Stefano Pioli pudo inculcar su filosofía de trabajo grupal y solidez colectiva, desde la organización abajo hasta la esforzada libertad arriba. Los dubitativos resultados iniciales no pesaron, sino que permitieron corregir los primeros errores para consolidar las directrices que ya entonces se intuían. Y el par de baches que hubo en noviembre y enero solo han servido para retomar el camino con más potencia todavía.

El resultado a la vista está, no solo en el campeonato sino también con el retorno a la final de Coppa Italia. El público, como bien se demostró tras las semifinales coperas, está entregado al grupo y esa confianza fortalece los cimientos de la idea inculcada por el director. Y es que aunque el concierto de nuevo año aun parece lejano, Pioli ya se ha ganado, como mínimo, el reconocimiento de la crítica.

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