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El Cholo y las expectativas

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Cuarto clasificado en Liga y, tras la primera vuelta, con opciones –aunque pocas- de pasar la fase de grupos de la UEFA Champions League. Son unas estadísticas que, sin ninguna duda, habría firmado cualquier atlético aquel 23 de diciembre de 2011 en el que el Cholo Simeone aterrizaba en tierras madrileñas. Hoy, casi seis años después, nadie cuestiona que los rojiblancos se encuentran ante una situación problemática. Mismo contexto, sensaciones completamente diferentes… ¿qué ha pasado en esas seis temporadas? Una UEFA Europa League, una Supercopa de Europa, una Copa del Rey, una Liga, una Supercopa de España y dos subcampeonatos de UEFA Champions League tienen la culpa.

El éxito suele tener un compañero inseparable que, de vez en cuando, puede ensombrecer las buenas sensaciones que aquel provoca, y el Atleti es un gran ejemplo: hablamos de las expectativas.

Diego Pablo Simeone llegó a un club que llevaba 15 años sin quedar entre los tres primeros clasificados en Liga, 12 años sin vencer en un derbi frente al Real Madrid y 15 años sin llegar a los cuartos de final de la Champions. ¿A alguien le parece disparatado que ocurra esto en la temporada 2017-2018? La respuesta es no, de hecho, son tres logros que ahora se pueden ver como algo común, para nada sorprendente. Y esto es lo que le está poniendo las cosas tan cuesta arriba al Cholo.

El técnico argentino se encontró en su día con un club que trataba de recuperar su identidad y su sitio en el salón de la fama del fútbol español. Una plantilla humilde, sin grandes estrellas, pero con muchas ganas; y fue de ahí de donde surgió el cholismo. El fútbol vistoso quedó a un lado para dejar paso al sacrificio físico y táctico, el corazón se impuso a la cabeza y algo empezó a funcionar de manera inmediata. Pasaban las semanas y el Atlético de Madrid se erigía, más y más, como uno de los huesos más duros de roer del fútbol español, primero, y europeo, después.

De pronto, ese sentimiento de inferioridad ante el eterno rival cayó desplomado; el orgullo colchonero afloró con una fuerza pocas veces vista y la afición tuvo algo a lo que agarrarse. Como si de una religión se tratase, cualquier seguidor rojiblanco se proclamaba cholista y expresaba su fe ciega en el líder del proyecto. Los títulos parecían caer del cielo y la palabra del míster se convertía en mantra incuestionable. Sin embargo, todo ese éxito estaba sembrando la semilla de la crisis que ahora se vive en el club: las expectativas no paraban de crecer.

Aquel estilo aguerrido -quizá feo- que tanta pasión despertó, parece no ser suficiente unos años después. Se recuerda con cariño, admiración y la convicción de que gracias a él, el Atlético de Madrid es uno de los grandes del fútbol mundial; pero lo que ilusionó antes, ahora cansa. Y es normal.

Como en todo, evolucionar es necesario; por mucho éxito que se haya conseguido, uno no puede quedarse anclado en aquello que le hizo mejorar. Ese conformismo no pega, para nada, con la forma de ser de Simeone, que parece predicar siempre la superación. Pero él no está consiguiendo cumplir sus propios consejos.

Con el aumento del prestigio del club, también aumentó –y mucho- su capacidad económica, pudiendo así crear una plantilla con un nivel con el que ni siquiera se soñaba en aquel diciembre de 2011. Esto significa, irreductiblemente, que el juego colectivo puede –y debe- mejorar conforme la calidad individual crece, y aquí se presenta el principal problema: el técnico argentino no está sabiendo adaptarse a este nuevo rol; sigue encallado en el papel del equipo humilde, sin capacidad de igualar técnicamente a los grandes, que tiene que tirar de corazón para sacar adelante los partidos. Pero a la gente ya no le vale eso.

El partido del pasado 22 de octubre en Balaídos ejemplifica a la perfección esta nueva exigencia de la afición. El Atleti se llevó los tres puntos, fuera de casa y contra un equipo de mitad de tabla, ¿se puede pedir más? Pues sí. El apabullante dominio del Celta durante todo el partido pesa más, hoy, que el marcar un gol a balón parado y mantener la portería a cero; premisa con la que se consiguieron éxitos como la Liga de 2014. Con toda la razón del mundo, los seguidores colchoneros empiezan a cansarse de que los suyos se atasquen cuando toca proponer –salvo algunas brillantes excepciones que confirman la capacidad creadora de la plantilla-, que sufran con balón y que no sean capaces de generar peligro suficiente cuando la batuta del encuentro está en sus manos.

La brecha entre el perfil técnico de la plantilla y la idea de juego de su director se está agrandando, y los fallos son cada vez más evidentes. De hecho, es altamente probable que la acuciante falta de gol de la que tanto se habla no sea más que una de las consecuencias de este inmovilismo estilístico. Griezmann, Vietto, Gameiro, Correa o Carrasco son jugadores cuyas prestaciones crecen conforme más contacto tienen con el esférico. Atrás quedaron –al menos hasta enero- la brega interminable de Diego Costa y los centímetros de Mandzukic, eso ya no vale; los atacantes actuales necesitan asociarse, sentirse libres para permutar entre ellos, crear espacios… y eso solo se consigue llevando el peso de la posesión.

El Cholo llegó, impuso su estilo y triunfó. Triunfó como pocas veces se ha visto en el fútbol. Alzó a un club y una afición enormes a lo más alto del fútbol en un momento muy difícil para ellos; y se convirtió en religión. Su estancia en el banquillo colchonero puede calificarse con una sola palabra: ÉXITO. Y, con él, llegaron las expectativas.

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