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El Camp Nou reclama que no se eche el freno de mano

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Fermín SUÁREZ – Tras los tropiezos consecutivos ante Ajax y Athletic, y el maquillaje en forma de números y goles del tramo inicial de temporada, el Barça necesitaba una segunda mitad como la vivida ante el Villareal, una reverencia catártica y redentora hacia un público poco acostumbrado últimamente a los manantiales de juego, y sí a los riachuelos de caudal discontinuo. Es cierto que el Camp Nou ha presenciado esta temporada goleadas atronadoras (7-0 contra el Levante, 4-1 contra la Real Sociedad o 6-1 contra el Celtic) pero, hasta la fecha, no había percibido, de forma tan acentuada, esa comunión entre jugadores y afición que parecía olvidada.

Es evidente que la satisfacción del público no es directamente proporcional a la fiereza del marcador (aunque ayuda), sino que su divertimento pasa más por ver a sus jugadores desteñir la camiseta en cada partido y jugar sin reservas, como campeones del Mundo y de Europa que son. Nada de frenos de mano: compromiso con el espectador. No me sirven las rotaciones sobre el césped. Quien salte al tapete, debe dejarse el alma. 

Por primera vez en la temporada, observé aspectos corales del juego de Barça que echaba de menos: la presión voraz y en bloque, el repliegue defensivo intenso, el asedio constante al arco de Asenjo, la continuidad en los ataques y la fiabilidad atrás (más allá del gol de Musacchio, una jugada de pizarra perfectamente ejecutada por el Villareal en que hay más mérito del rematador y de Trigueros que demérito de Bartra; eso sí, no estaría nada mal que Martino recurriera de vez en cuando a la pizarra porque los saques de esquina del Barça son lamentables).

Tras el partido, en rueda de prensa, Martino esbozó una frase bastante clara y demoledora, seguramente inocua a ojos del propio entrenador, pero que contenía un mensaje incontestable: “La presión, más allá del orden táctico necesario, depende de la voluntad de hacerla”. Ésta es una sentencia que evoca la autocomplacencia con la que los jugadores, según Xavi Hernández, gestionaron sus esfuerzos con Jordi Roura al mando durante la temporada pasada. La presión, y bien lo sabía uno de los mayores ingenieros tácticos de la historia (Pep Guardiola), es la gallina de los huevos de oro.

Si presionas bien, recorres menos metros, cambiando esfuerzos aeróbicos de carrera hacia atrás (siempre más pesados mentalmente) por esfuerzos anaeróbicos (prioritarios; aquellos en los que prima la explosividad y no se controla la respiración). Además, sale mucho más a cuenta porque el centro del campo no sufre tanto al ejecutar tan sólo el acompañamiento activo. En cambio, los extremos suponen la primera línea de fuego y deben enseñar los dientes cuando el balón llega a las bandas (tampoco podemos obviar que es más fácil substituir a un extremo en el minuto 60, que a un centrocampista del que depende el pilotaje del partido). Si presionas bien, recuperas balón más cerca del área rival, con lo que se generan más opciones de ataques continuos y se propicia el desasosiego de un rival que no puede salir de su campo. Y, en el fútbol, salvo excepciones, nada frustra más a un futbolista que correr sin balón y perderlo nuevamente tras haberlo recuperado con mucho esfuerzo. 

Pese a la comprensible versión institucional de Martino, Celtic y Cartagena no me sirven como hilos de continuidad de la recuperación azulgrana (partimos de la premisa de que debe haber una evolución). Sin embargo, el Getafe, con un Luis García Plaza tan analítico y obsesivo de la táctica como Marcelino García Toral, será una piedra de toque interesante para comprobar la evolución de un equipo que hasta hace pocas semanas daba muestras evidentes de estancamiento.

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