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El camino a la redención de Zach Randolph

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Tenía apenas 23 años cuando Billie Holiday interpretó por primera vez una pieza única por lo terriblemente dolorosa de la misma. En el “Café Society” de Nueva York, las 200 personas que presenciaron la actuación no aplaudieron; estaban en shock. La artista salió del escenario velozmente para vomitar en el lavabo. En otras ocasiones huía para llorar a escondidas. En su biografía cuenta cómo esta canción la dejaba sin fuerzas, y le afectaba hasta el punto de ponerla enferma. El mismo impacto tenía entre aquellos que eran testigos cada vez que los acordes sonaban. “En la vida escuché algo tan hermoso, se podía oír volar a una mosca en la sala”, le espetó una mujer entre lágrimas tras dar con ella en el baño del local de turno. El tema era “Strange fruit”, y surge a raíz de un poema que en su día escribió Abel Meerpol para que su mujer lo cantase en reuniones de amigos. Un buen día se lo pasaron a Laura Duncan, quien en 1938 lo interpretó en el Madison Square Garden. Y un asistente al espectáculo esa noche, trabajador del “Café Society”, le sugirió a Holiday que lo entonara. A partir de una foto nace la composición. En ella, dos negros colgados en un árbol tras ser linchados en Marion, Indiana, en 1930.

Curiosamente, Marion había sido refugio para los negros del norte antes de la Guerra de Secesión, pero poco a poco el racismo fue creciendo en el lugar, y en la década de los 20, el Ku Klux Klan se había hecho fuerte en la zona. El linchamiento de Thomas Shipp, Abram Smith y James Cameron se llevó a cabo bajo sus directrices, tras acusarlos de violación y asesinato. Sólo Cameron lograría escapar, consagrando su vida a la lucha por la igualdad y recibiendo una disculpa oficial por el estado de Indiana en 1993 y del senado de Estados Unidos en 2005.

Cinco décadas después de aquel lamentable suceso, en verano de 1981, llegaba al mundo en esa pequeña ciudad Zachary McKenley Randolph. Mae, su madre, tuvo que criar a sus cuatro hijos sin la figura de un padre, tratando de enseñarles el valor de la lealtad y el amor. Era lo único que no le faltaba, puesto que la familia convivía con la miseria. Los chicos llevaban los mismos pantalones al colegio día tras día, lo cual les hizo ganarse el apodo de “Los crujientes”. Una tarde, Zach, avergonzado, robaría unos vaqueros en un Waltmart. Tras ser pillado, estuvo bajo arresto juvenil durante un mes. El chico simplemente trataba de no ser excluido. Pero a ojos de la justicia, ya tendría una mancha en su aún corta vida.

Las cicatrices del pasado se mantuvieron presentes en el subconsciente de la urbe, ya que algunos ancestros de los hoy habitantes de la misma fueron miembros del Ku Klux Klan. Y eso marca. Un niño negro que crece en la pobreza no entiende su situación, y cuando en el aire aún se respira racismo existe un motivo para la ira. Sin ser siquiera un adolescente, en la propia calle donde se encontraba su casa, Zach, sin provocación alguna, recibiría improperios por un policía que le cerraría el paso con su coche. El odio despierto en un muchacho que poco sabe del mundo.

Mitch Sturm se graduó en Administración de Empresas en 1986 y en seguida se hizo cargo de un negocio familiar de artículos para el deporte. Pero su inquietud y altruismo le hizo ir más allá, organizando actividades de caridad y fundando el programa MVP de baloncesto juvenil. A mediados de los 90, una tarde cualquiera observó a un grupo de chavales jugando en la calle. Como en otras ocasiones, se acercó a ellos para aconsejarles sobre la necesidad de tener un entrenador, y les dio su número de teléfono, por si estaban interesados. Lo estaban. Así que llamaron. En ese grupo estaba Zach Randolph. Pronto montaron un equipo que sería patrocinado por MVP Sporting Goods, Inc, nombre de aquella tienda propiedad de la familia de Sturm. Horas y horas de trabajo sentaron las bases de todos esos movimientos al poste que hoy en día reconocemos en Z-Bo.

El siguiente paso fue el High School, donde sería entrenado por Pat Mullin, primero, y Moe Smedley, después. Su baloncesto fue creciendo a la par que su apetito, y era habitual ver a Zach devorando comida basura entre las clases y entrenos, y también después de los mismos. Unos entrenamientos que, por otra parte, tampoco se tomaba muy en serio. Llegaron las dudas sobre su figura. Era un proyecto de gran jugador con nula ética de trabajo. A esto se sumaron amistades peligrosas. Herb McPherson entraría entonces en su vida para trabajar algunos aspectos de su juego y, de paso, advertirle sobre los errores de cuando te rodeas de gente que no es la más apropiada. Claro que Zach, a todo esto, seguía siendo un chaval de la calle…

En el segundo año de Randolph en el instituto, Marion fue subcampeón del campeonato estatal. Y justo en ese instante, ocurrió uno de los episodios más abruptos en la vida de nuestro protagonista. Al enterarse de que un tipo trataba de deshacerse de varias armas, Zach se hace con tres de ellas, buscando una venta que le propiciara cierto dinero a su madre. Nunca pudo colocarlas, no tuvo tiempo. La policía se presentó en la puerta de su casa sabiendo ya que el chico estaba en posesión de pistolas que habían sido robadas. Inocentemente, condujo a los agentes a las mismas y pidió disculpas, esperando que su buena predisposición saldase el caso sin ir más allá. Pero claro, el asunto trajo consecuencias. En el ámbito deportivo, Randolph se perdería su temporada júnior. Asistía a los partidos de su equipo para ser otro observador más en la grada.

Volvió en su último curso con más ganas que nunca, y, esta vez sí, con mucho trabajo detrás, para llevar a Marion al campeonato estatal, venciendo a Bloomingtons North High School, donde jugaban Jared Jeffries y Sean May. Tal vez por ese aura de muchacho conflictivo, el premio de Mr. Basketball en Indiana iría a parar a las manos de Jeffries y no a las suyas. La venganza llegaría en el McDonald’s All American, donde sería elegido MVP. En ese momento, en su cabeza brotaría la idea de presentarse al draft de la NBA. Una conversación con su amigo Darius Milles como último empujón para optar por el sí. Sin embargo, teniendo incluso los documentos preparados, tras hablar con su madre decide ir a la universidad al menos un año. Hoy, cuenta que es una de las mejores decisiones que ha tomado.

Zach Randolph en Michigan State junto a Tom Izzo (2001) | Getty

Michigan State fue el destino de Randolph. Tom Izzo seduciría al joven presentándole un proyecto del que ya formaba parte un tal Jason Richardson. Pese a las dudas iniciales de este, pronto se harían grandes amigos, haciendo Richardson de consejero y guía del novato. Era habitual ver a Jason ir hasta la clase de Zach al final de la jornada lectiva para hacer juntos el trayecto que les conduciría al pabellón. Un día, intercambiando opiniones sobre su futuro, decidieron que había llegado el momento de dar el salto al profesionalismo. Jason Richardson sería seleccionado por Golden State Warriors en el quinto puesto del draft de 2001. Randolph caería al 19. Pocas franquicias se fiaban de su personalidad, pese a que Izzo siempre manifestara que jamás tuvo un problema con él, y que rodeado de las personas adecuadas se trataba de una apuesta ganadora.

Portland Trail Blazers había sufrido una derrota durísima en el séptimo partido de la final de conferencia de 2000 ante Los Angeles Lakers. Una ventaja de 15 puntos antes de comenzar el último cuarto de la serie se fue por el sumidero del Staples Center. El gran proyecto de Paul Allen se daba de bruces con el mejor Shaquille de siempre. Y se rompió la baraja. Antes de comenzar la temporada 2001-02 habían salido del equipo Jermaine O’Neal, Steve Smith, Arvydas Sabonis, Brian Grant, Rod Strickland, Stacey Augmon y Detlef Schrempf. El nuevo rumbo lo marcaban Rasheed Wallace y Damon Stoudamire, piezas angulares del reciclado plan. Llegaron a Oregon, además, Shawn Kemp, Ruben Patterson, Steve Kerr (que inteligentemente regresaría a San Antonio Spurs la temporada siguiente para retirarse) y Derek Anderson, entre otros. Y se mantenían en el grupo Bonzi Wells y un Scottie Pippen de pronto fuera de lugar. No era el entorno ideal para un muchacho de dudosa reputación.

Bob Whitsitt era el General Manager de la franquicia, y pensó que, con la ayuda de Maurice Cheeks, su entrenador, podría desarrollar al prometedor ala-pívot de la misma forma que en años pasados moldearon a Jermaine O’Neal. Pero Randolph seguía siendo un chiquillo. Y actuaba como tal. Se rodeó de malas influencias y su estilo de vida pasó a ser muy cuestionable. Buscando admiración por la vía rápida adoptó la actitud de un gánster, y deseaba ser visto de ese modo. Era su manera de sentirse respetado en una ciudad en la que no pasaba desapercibido. Además, en el vestuario Zach aprendía de los compañeros equivocados. Por si fuera poco, Ruben Patterson, que había sido detenido varias veces, chocó de manera directa con Randolph. Las burlas del alero eran habituales, hasta que en mitad de una práctica Z-Bo salió en defensa de su compañero Qyntel Woods, quien estaba siendo avasallado por Patterson. Toda la frustración concentrada en sus puños y un directo que fracturaría la cara de Ruben. Cuenta Dale Davis que muchos temieron entonces que Patterson disparase a Randolph los días siguientes al suceso.

Cuando Whitsitt renunció a su cargo, John Nash, su sustituto, renovó a Zach Randolph, firmándole un contrato por valor de 84 millones de dólares y seis años después de una temporada en la que el ala-pívot había sido elegido jugador con mayor progresión. Con 23 años Zach era un joven con una enorme cantidad de dinero. Tras haber pasado por tantas penurias de niño, de repente, era el puto amo. Y se comportó de manera inmadura. Su círculo de amigos respaldaba su conducta, de modo que, en cierto sentido, seguía sin ser del todo consciente de sus actos. Para Zach, su proceder estaba legitimado. Realmente no sabía que se estaba equivocando. Aquella nociva espiral trajo arrestos por conducir bajo los efectos del alcohol y en posesión de marihuana, problemas con la bebida, peleas y, por encima de todo, estar acusado de dar falso testimonio en relación a un tiroteo en una discoteca y por el cual su hermano pasó tres años en prisión. Demasiado como para no tomar conciencia.

Randolph en los ‘Jail’ Blazers | Getty

Deportiva y socialmente, los Trail Blazers eran una calamidad. Caían siempre en primera ronda de playoffs y estaban las 24 horas en el ojo del huracán. El calabozo era zona de paso común para los Stoudamire, Patterson, o Woods. Los demás miembros de la plantilla tampoco eran precisamente angelitos. Cuando no era la policía, era el propio equipo quien les sancionaba. No, el sobrenombre de Jail Blazers no fue un capricho de la prensa. Iba como anillo al dedo. Eran un puñado de mafiosos con un don para jugar al baloncesto.

Tal vez la condena de su hermano hizo que a Randolph se le accionara un interruptor en su cabeza. Como gota que colma un vaso. Bill Bayno, asistente de Mike Dunleavy, su entonces coach en Portland, lo acompañaría a Atlanta para entrenar en verano. Sabiendo de las limitaciones físicas de Randolph (no es rápido, apenas salta, sus manos son pequeñas), potenciaron aquellos puntos en los que ya estaba por encima de la media. Claro que no se trató solo de mejora deportiva. Bayno es un ex alcohólico que hablaría a Z-Bo sobre la necesidad de vivir con moderación. Y la terapia hizo efecto. Al premio de jugador más mejorado se le unió un estatus en la liga del que nunca antes gozó. Estaba metido de lleno en un pozo colectivo, pero individualmente asomaba la cabeza.

Bajo el timón de Nate McMillan, Portland firmaría una campaña desastrosa en 2007, que dio lugar a un premio inesperado: la elección número 1 del draft. Con Greg Oden en el horizonte, los Blazers enviaron el contrato de Randolph a Nueva York. Tras un año desastroso en la capital del mundo (no suyo, sino del grupo), donde jugaría principalmente como center, sería traspasado a Los Angeles Clippers. Allí vive una temporada aún peor en lo deportivo que en la Gran Manzana. Por contra, para sorpresa de muchos, durante sus años en las dos urbes con más distracciones del país se aleja de los líos, pese a que las franquicias en las que militase no le dieran demasiadas alegrías. Antes de comenzar el curso 2009-10, los Clippers deciden deshacerse de él, intercambiándolo con Memphis Grizzlies por Quentin Richardson, dejando su hueco para la flamante primera elección del draft, Blake Griffin. Hueco que el rookie no podría llenar hasta la siguiente campaña debido a una grave lesión de rodilla que lo apartaría un curso completo.

En Memphis recuperó la sonrisa, su juego y olvidó los problemas | Getty

A sus 28 años, Zach Randolph aterrizaba en Memphis. Los Grizzlies eran una franquicia joven que había tocado techo entre 2004 y 2006, cuando, de la mano de Pau Gasol, alcanzaron los playoffs durante tres primaveras consecutivas. Rudy Gay, O.J. Mayo, Mike Conley y un hombre con un apellido muy ligado al estado de Tennessee, Marc Gasol, eran la inexperta columna vertebral de un boceto que pintaba bien.

Memphis es una ciudad con un porcentaje superior al 60% de habitantes de raza negra y, en palabras de Chris Wallace, General Manager del equipo, un pueblo oprimido que no se preocupa por su pasado, sino que se centra en la lucha por el futuro. Y Memphis es un lugar donde eres bienvenido si arribas para sumar. A Zach le quedaban dos años del contrato que había firmado en Portland. Aun sabiendo que tras cumplirlos, Randolph sería libre para elegir su destino, Wallace decidió apostar por el talentoso jugador. Y salió bien desde el principio. La comunidad en seguida abrazó a su nueva estrella, y resultaba habitual ver a Z-Bo firmando autógrafos y fotografiándose con los fans, sin importar el tiempo que le llevase. Era como si por fin se hubiese liberado y dejado definitivamente atrás aquellos tiempos de nubarrones.

En su primer año en la franquicia, Randolph era elegido para participar en el All-Star, un reconocimiento tardío quizás por toda esa polémica imagen que le había acompañado desde que era miembro de la liga. Pero sería en la 2010-11 cuando el equipo explotaría definitivamente. Formando un tándem casi perfecto con Marc Gasol, no solo alcanzarían la post temporada, sino que fueron capaces de apartar de la carrera por el anillo a los siempre favoritos San Antonio Spurs de Gregg Popovich. Oklahoma City Thunder, en una dura serie que alcanzaría los siete duelos, frenaría las aspiraciones de los Grizzlies. Dos años prometedores que le proporcionaron una renovación por cuatro años y 71 millones de dólares.

Zach Randolph había encontrado por fin su lugar. “Esta ciudad tiene una relación especial conmigo. No los negros, o los blancos. Son todos los habitantes. Aquí la gente trabaja duro y hay personas buenas por todas partes. Son solidarios y no discriminan a nadie por haber tenido problemas legales antes. Entienden que nadie es perfecto”. Su ética de trabajo terminó por imponerse. Esa que le ha dado dos contratos por el máximo. Hoy es ejemplo y explica a los jóvenes que tu salario tienes que ganártelo, que debes acumular méritos para ello. Para esto, considera clave tomar las mejores decisiones fuera del parquet. “Yo me hice daño e hice daño a otros. He estado con la gente equivocada en el pasado”.

Los reyes de los tableros, los ídolos en Memphis | Getty

Zach se ha ganado el amor de Memphis en la cancha, pero sobre todo en la calle a partir de sus iniciativas solidarias. Durante los inviernos ha costeado la electricidad a muchas familias con problemas económicos, tiene un refugio para perros abandonados, compra pavos para los menos favorecidos cada día de acción de gracias o, simplemente, pone a profesionales a hacer manicuras y pedicuras a mujeres sin medios en fechas como San Valentín. Los niños, además, lo adoran. Más de en una ocasión ha manifestado que si los Grizzlies lo traspasan, el siguiente verano va a estar en la ciudad, porque se siente conectado a sus habitantes más allá del deporte.

Randolph tiene un hijo que aspira a seguir sus pasos. A este, Zach le recuerda constantemente que el baloncesto no lo es todo, y sus conversaciones se centran en las consecuencias que tienen las decisiones que tomas a lo largo de tu vida. Él, que no tuvo una figura paterna en su vida, entiende la importancia de ello. “Hablo con mi hijo, o con los niños que me encuentro porque yo he hecho ese trayecto. He estado muy arriba y también muy abajo. Se trata de intentar ser siempre la persona que eres”.

Y mientras, su vida se desarrolla en la ciudad que lo ha acogido, con el rabillo del ojo sigue mirando al lugar que le vio nacer, Marion. Wayne Seybol también creció en sus guetos. Y, del mismo modo que Zach, albergaba un talento natural. Junto a su hermana Natalie destacó en patinaje, llegando a competir en los Juegos Olímpicos de 1988. El éxito lo movió a Los Angeles, pero un día sintió la llamada de su lugar de origen. Desplazó a su familia a Indiana y se presentó a la alcaldía de su localidad. Tras ser elegido, por primera vez en su historia la metrópoli tuvo un sheriff de raza negra, y en la actualidad hay varios negros trabajando en el Ayuntamiento. En 2003, las familias descendientes de quienes sufrieron el linchamiento fueron reunidas para una expiación pública. No se puede cambiar la historia, pero sí está en la mano de cada persona poner los medios para que no se repita. Z-Bo se congratula con todas esas decisiones, y se ha unido a la causa. “Quiero ver el cambio, quiero igualdad en el trato. Antes estaba enfadado con el sistema judicial, pero desde que llegó el nuevo alcalde las cosas han cambiado. Sigue habiendo mucha delincuencia, sin embargo, poco a poco, se va reduciendo”. Zach tampoco ha perdido el contacto con Mitch Sturm y su familia. Suele pasarse a verlos cada vez que regresa a Marion.

Hoy, quienes conocen a Randolph se refieren a él como “un buen chico, un buen padre, y una persona que busca siempre mejorar”. “Es un camaleón. Con esto quiero decir que si tú y yo nos sentamos a hablar, y Zach se une a la conversación, encajará a la perfección. Y si acto seguido sale a la calle, y da con otros dos tipos que llevan un rato paseando, también se va a integrar. Porque sólo tiene que ser él mismo”. El propio Z-Bo lo tiene claro: “Siempre he tratado de ser leal con quien lo ha sido conmigo. No hablo a espaldas de nadie, trato de ser honesto. Tampoco miro a nadie por encima, o desde abajo. Intento ser un igual. Quien quiera puede venir a estrecharme su mano”.

El estatus de Zach Randolph ha cambiado en los Grizzlies. Ha pasado de formar la mejor pareja interior de la liga con Marc Gasol, a ser el sexto hombre que todo entrenador querría en su banquillo. A sus 35 años siempre está dispuesto a sumar. Tras varios asaltos sin éxito (siempre surge algún contratiempo en Tennessee), Z-Bo hará lo que sea buscando el bien colectivo y la gloria de la franquicia.

El 25 de noviembre de 2016, día de acción de gracias, fallecía Mae, la madre de Zach. Antes de marcharse pudo contemplar con sus propios ojos cómo Zach, su hijo, se había convertido no sólo en un exitoso jugador de baloncesto, sino en una persona ejemplar. Todos tenemos un pasado, y puede ser más o menos turbio. Pero también todos tenemos un futuro. Randolph pensó en el suyo antes de que fuese demasiado tarde. Un camino de redención en el que aun hoy sigue inmerso.

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