Fútbol francés

article title

El breve paso de Ronaldinho por París

Tweet about this on TwitterShare on FacebookShare on Google+Share on LinkedIn

La reciente tormenta ocasionada por el caso Neymar ha sido devastadora. Son numerosas las reacciones por parte de prensa y aficionados, quienes mayoritariamente no comparten su decisión de salir del F.C. Barcelona para proseguir su carrera en el Paris Saint-Germain. Dejando sentimientos al margen, procede incidir en la relación del club parisino con los jugadores brasileños. El ya ex del Barça se convirtió, tras firmar su contrato, en el trigésimo primer carioca en vestir la elástica del conjunto capitalino. Y a día de hoy, que andamos algo saturados de artículos sobre lo que deja Neymar y lo que puede deparar su futuro, diría que repasar esta historia resulta más interesante. La de esa notoria relación que une a tantos hijos de Brasil con el equipo francés. Yo recuerdo, por edad, especialmente a Rai portando el ’10’ en la ciudad de la Torre Eiffel. Pero si hay alguien que sobresale por lo especial, es justamente aquel compatriota que hizo el camino inverso al de Neymar.

Se intuía. Ese chaval era especial. Solo que nadie sabía cuánto. Su padre, en su juventud jugador de buen nivel que militó en las filas del Cruzeiro, y que alcanzados los ochenta compaginaba su trabajo de soldador con el de vigilante en el párking del Gremio de Porto Alegre, y su hermano mayor, quien parecía destinado a ser una gran estrella de este club, le habían contagiado el amor por el fútbol. El Gaúcho nace casi respirando fútbol y durante su niñez se alimenta de fútbol. Para él, ningún juguete significó más que un balón, ninguna prenda fue más importante que unas botas. No era cuestión todavía de hasta dónde podría llegar, sino de cuál era el camino escogido en la vida. El chico siempre lo tuvo claro…

En 1986 sigue los pasos de Roberto, ídolo además de hermano, y se une a la escuela de fútbol de Porto Alegre. Solo dos años más tarde padece el mayor infortunio al que se ha enfrentado: su padre fallece a los escasos 42 años, accidentado en la piscina de la casa que el Gremio había entregado a la familia como parte del contrato de Roberto. Luego, en 1990, otro revés: su hermano sufre una grave lesión de rodilla que lo mantendría apartado de los terrenos durante un año. A pesar de poder reanudar su carrera, formando más adelante en varios equipos brasileños y de lograr ganarse la vida dando patadas al esférico en Japón, Suiza o incluso Francia, jamás alcanzaría ese nivel que previamente se le adivinaba. Así pues, viendo que el pequeño Ronaldo apuntaba maneras, se convierte en su agente cuando este apenas cuenta con diez años de edad. Una presión sobre las espaldas de un crío que no desaparecería hasta tocar el cielo, momento de liberación en el que nuestro protagonista abandonaría el barco del sacrificio para entregarse por fin a la vida, sin más. Su salida del F.C. Barcelona, con apenas 28 años, cerraba uno de los capítulos más bellos de la historia del balompié. Corto, pero difícilmente  superable. Esos cinco años que permaneció en la ciudad condal sirvieron para reflotar a un equipo a la deriva, ganar todo lo posible y cambiar la cara del club. Fue el cénit de Ronaldinho, el rey que no quiso cargar más la corona. El que abdicó antes de tiempo.

LEER MÁS: Carta al Gaucho

Pero antes de aquellos gloriosos años, antes del declive en Milan (donde aún dejaba pinceladas de genio), antes de su resurrección en Brasil, y antes de su dejadez tras salir de Atlético Mineiro, hubo una historia. El comienzo de la fábula más hermosa. Una historia que nos lleva a París. A un club hoy ligado al blaugrana y desde hace un tiempo a los brasileños. En una era en la que los petrodólares todavía no se imponían a las tradiciones, el Paris Saint-Germain pudo disfrutar de dos años fugaces del Ronnie con hambre, ese que iba camino de convertirse en el mejor jugador del planeta.

En 1997 Ronaldinho firma su primer contrato profesional con el Gremio de Porto Alegre. Viendo su inmediata adaptación, al término de esa misma temporada revisan su contrato, incluyendo una cesión de derechos de imagen que vendría acompañada de los primeros roces entre ambas partes. En la cancha su crecimiento es extraordinario, y ya en 1999 es la máxima figura de un equipo que gana su primer torneo con Ronaldinho en sus filas. Los vídeos del jugador se expanden y los grandes clubes europeos se interesan por el jugador. En la final del campeonato estatal, donde Gremio se impondría a Internacional, deja un recuerdo por encima del resto. En dos momentos de partido se encuentra cara a cara con Dunga, capitán del aquella selección campeona del mundo en 1994 y conocido por su gran capacidad como centrocampista de contención. En ambas ocasiones, el veterano jugador queda en evidencia ante ese sobrenatural talento de apenas 18 años, incluyendo una icónica elástica en la que poco le falta para irse al suelo.

En verano de 1999 se disputa la Copa América en Paraguay. Ronaldinho es convocado, pero tiene por delante a un tal Rivaldo, que ya había sido balón de oro, y que acabará como pichichi y será elegido mejor jugador del torneo. Sin embargo, la puesta en escena de la joven promesa no puede ser más espectacular. En el primer partido de la competición, sale desde el banquillo, con el choque ya decantado, para firmar un gol antológico del que se dice que fue la puntilla para que Nike se lanzara a por él. Brasil se alzaría con el trofeo y el brillo de la estrella de Ronnie se dispara a nivel mediático.

Durante las siguientes dos temporadas en Gremio su nombre aparecía en la prensa internacional como objetivo de grandes clubes europeos. Desde el Real Madrid hasta el Inter de Milan, pasando por el Barcelona, Borussia Dormund o Arsenal. Se llegaría a filtrar incluso una oferta del Leeds que hubiera significado en ese momento el traspaso más cuantioso de la historia. En su último curso en Gremio, las cifras goleadoras del Gaúcho se dispararon: 41 goles en 49 encuentros. A sus veinte años ya estaba preparado para un siguiente paso.

En diciembre de 2000, Ronaldinho firma un acuerdo previo con el PSG. Su hermano militaba entonces en el Montpellier y la posibilidad de estar tan cerca era un acicate importante. El presidente del club brasileño, José Alberto Guerreiro, se entera de la existencia del documento y ofrece al jugador una renovación de dos años. En enero, el club parisino anuncia que el futbolista formará parte de la escuadra las siguientes cinco campañas. Y ahí comienza una guerra. El Gremio se levanta contra el PSG, alegando que estos jamás se han puesto en contacto con ellos, y en los partidos ofrece brazaletes negros a los seguidores. Además, Roberto Assís es tildado de traidor. Una teoría muy extendida argumentaba que el movimiento fue un acto de venganza por parte de Roberto, dolido porque, tras su grave lesión, el Gremio no le había renovado el contrato. Mientras, en uno de sus últimos partidos, Ronaldinho es abucheado por su propia afición tras marcar de falta directa.

Gremio y PSG llevaron su disputa a los tribunales y la FIFA dictaminó que Ronaldinho no podría jugar hasta la resolución del asunto. El propio organismo fija una indemnización de 4,3 millones de euros que los dirigentes del club brasileño tildan de ridícula. Los lazos con el que había sido su equipo de toda la vida parecen del todo rotos. Los ultras lo acusan de mentiroso y lo repudian alegando que el club le había dado todo y él se marchaba sin dejar nada. Aislado, el jugador entrena por su cuenta y aprende francés en su tiempo libre. Todo a más de mil kilómetros de la que había sido su casa. Finalmente, la justicia brasileña reconoce a Ronaldinho el derecho a ejercer su profesión donde le plazca, pero impide al jugador comprometerse con otro club a menos que no se pague por su traspaso. La cantidad marcada roza los 46 millones de euros. En febrero de 2001 finaliza el contrato que tenía en vigor con el Gremio y el propio jugador reclama la acción judicial para poder jugar en el extranjero. La CBF rechaza la emisión de la carta de salida e informa de ello a la FIFA. Pese a todo, en abril Ronaldinho comienza a entrenar con su nuevo club y firma oficialmente su contrato en junio. El enfrentamiento entre Gremio y PSG no cesa, pero finalmente, en 31 de julio de 2001, el Tribunal Laboral de Porto Alegre cifra en 12,2 millones el importe que puede reclamar el equipo carioca. La CBF mantiene su postura, pero la FIFA autoriza a la FFF a inscribir provisionalmente al futbolista en su club de destino. El acuerdo final no se produce hasta febrero de 2002, pero por entonces ya Ronnie era protagonista en el verde.

Quizá la elección de Ronaldinho pudo haber sido otra. Perseguido por los grandes clubes europeos, el PSG parecía un destino un tanto menor. ¿Quién sabe? Tal vez fue estrategia. Jugársela yendo a un equipo de máximo nivel tenía su riesgo. En el Parque de los Príncipes la titularidad estaba prácticamente garantizada y 2002 era año de mundial. Cuando llegó a la capital francesa llevaba cuatro meses sin competición. Y esperando por el transfer, contempló desde la grada como sus nuevos compañeros se alzaban con la Copa Intertoto.

Cuando arranca la Ligue 1, Ronaldinho es habitual en el banquillo. En el ataque galo formaba Nicolas Anelka, acompañado de Jay-Jay Okocha y Aloísio. Como muestra de que aún no se había ganado el sitio, la derrota de finales de septiembre ante el Girondins de Burdeos. Perdiendo por 1-0, su entrenador no recurrió a él para tratar de alterar el resultado que reflejaba el electrónico. En ese momento tan solo había sido parte del once inicial en dos ocasiones. De pronto se sentía fuera de lugar. Venía de brillar con luz propia durante dos años en su país natal, de una guerra abierta por hacerse con sus servicios y de escuchar cómo muchos de las grandes escuadras europeas se interesaban por él. En los estadios de Brasil era la mayor atracción. Y sin embargo, en Francia pasaba más tiempo sentado que sobre el césped.

Con 21 años y el Mundial a la vuelta de la esquina, se veía en el alambre. Las cosas no marchaban como él hubiera deseado. El PSG tampoco terminaba de carburar, pese a los Pochettino, Heinze, Arteta (cedido por el Barça), Hugo Leal, o los mencionados anteriormente Okocha, Anelka y Aloísio. Todos futbolistas de renombre. El plan inicial era simple: aprender de Jay-Jay, quien lo recibió con los brazos abiertos, y surtir de balones a un Anelka que volvía del Madrid sin haber podido rendir como de él se esperaba en la Casa Blanca. La temporada anterior había sido nefasta en la capital francesa (noveno puesto en la competición doméstica) y su mejor jugador (Laurent Robert) había sido traspasado al Newcastle United. Alcanzado octubre, la escuadra parisina apenas era octava en la tabla. Nada iba como deseaban los mandamases. El equipo precisaba que Ronaldinho mostrase su mejor cara.

Pero el brasileño parecía no encontrarse. Poco preciso a la hora de elaborar y durante muchos momentos desaparecido en el terreno de juego. En las gradas se cuestionaba la salida de Robert si era esto todo lo que la joven promesa podía ofrecer. Desde Brasil además llegaban noticias sobre un muchacho de 19 años que la estaba rompiendo en el Sao Paulo. Kaká se postulaba como la nueva figura emergente. Jugaba en la misma posición que Ronaldinho y opositaba a ser el complemento ideal para la dupla Ronaldo-Rivaldo en la Copa del Mundo.

Todo cambió el 13 de octubre. Cayendo en casa frente al líder de la liga, el Olympique de Lyon, Ronaldinho salta al campo con poco más de un cuarto de hora por disputar. En el minuto 79 es objeto de un discutido penalti, y mientras los jugadores del Lyon rodean al árbitro, él se dirige hacia el balón para colocarlo en el punto fatídico. Su primer gol era una liberación. “Llevo mucho tiempo esperando por esto. Todo va a cambiar ahora”. No hablaba en vano. La siguiente semana anotaba dos tantos ante el Rapid de Viena en Copa de la UEFA, incluyendo un excepcional lanzamiento de falta. Con la ventaja que le proporcionaba el 4-0 de la ida, Ronnie jugó ese partido sin presión. Numerosos detalles de calidad, incluida su primera elástica en el viejo continente (sello del jugador), ponían de manifiesto que por fin había empezado a divertirse. Su partido ante el Nantes (campeón entonces), semanas después, fue el último impulso. Por fin se había soltado, y los highlights eran eficientes y no gratuitos. Es entonces cuando una pequeña lesión lo aparta hasta el parón navideño, pero Ronaldinho ya se sentía por fin importante.

Tras el parón se dio un cambio significativo. Okocha marchó a la Copa de África y esto fue aprovechado por Luis Fernández, técnico parisino, para hacer algunos ajustes debido a la mala relación entre Anelka y el nigeriano. La idea de Fernández era clara: el ataque giraría en torno a Ronaldinho. Así, poco a poco su juego va a más y en la retina va dejando partidos para el recuerdo, como ante el Guingamp, en el que anota un gol tras una espectacular galopada. A partir de ese duelo, marcaría un gol por cada dos disputados. Los fans del PSG habían encontrado a su Mesías. Y frente al Troyes lo vieron desatado. Quienes asistieron al Parque de los Príncipes presenciaron dos goles de crack y una asistencia. Sería una constante en lo que quedaría de curso. El equipo concluiría en cuarta posición, pero la galería de regates, pases y goles de Ronaldinho lo eximían de toda culpa. Su rendimiento era óptimo.

Habían pasado siete meses desde que se había visto impotente en Burdeos. Ahora era el gran referente del grupo. Se había ganado a las masas y ya nadie pensaba que su fichaje hubiera sido un error. Máximo goleador del equipo, pese a ser titular solo en la mitad de los partidos de liga, y elegido en el mejor once de la temporada. Luiz Felipe Scolari no iba a prescindir de él en la gran cita de Corea del Sur y Japón. Allí la Canarinha se proclamaría pentacampeona, con un gran Ronaldinho jugando tras la temible “Doble R” (Rivaldo y Ronaldo).

Se suponía que la segunda temporada en París iba a ser la que le hiciera llegar al último escalón. Ese en el que habitaban por entonces Ronaldo, Zidane, Henry, Nedved y otros ilustres. Pero no fue así. En cierto modo, su ascenso no solo se detuvo, sino que vivió a ojos de muchos un pequeño retroceso. Sus números fueron similares a los de su primera campaña, pero su estatus de líder se vio dañado por continuas desavenencias con su entrenador. “Parece que le molesta que sea feliz”, comentaba entonces Ronnie. Incluso algunos medios dudaban de que el jugador tuviese la capacidad para dar el siguiente paso, tratándolo como a otra más de esas promesas que acaban quedándose por el camino.

Un sinsentido. Cuando saltaba al campo era libre. Y entonces brotaba el verdadero Dinho. La sensación de facilidad cuando encaraba a un rival, la percepción de que si de su cabeza apartaba esos nubarrones emanaba de sus botas un juego diferente era palpable. En realidad todos eran conscientes, incluido el técnico, de que estaba en otro nivel. A Luis Fernández lo que le disgustaba era todo aquello que no tenía que ver con los partidos. En verano de 2002 Ronnie descubrió París. Y también sus múltiples opciones de entretenimiento. En septiembre de 2016, Jerome Leroy, compañero del brasileño en el PSG admitió que “Ronaldinho aparecía los viernes y jugaba los fines de semana. Él era así, siguiendo los pasos de Romario, pero sin el mismo éxito”. Supongo que con aquello de éxito se refiere al Ronaldinho posterior, no al que compartió vestuario con él.

Ronaldinho participaría en 27 partidos de liga en su segunda temporada en París, uno menos que en la anterior, y en 38 sumando todas las competiciones, diez menos que en la 2001-02. Ocurrió que se quedó a medias. Que su exuberancia y plasticidad no bastaron. Ocurrió que pese a los destellos, en la memoria del aficionado parisino sobresaldría su primer curso y el impacto del carioca. Ocurrió también que acabó saliendo rumbo a la Catalunya. Y ocurrió además que el cénit, el punto más alto de su carrera, coincidió con su regreso a la capital francesa, para disputar en 2006 la final de la Champions League. El propio Ronaldinho, en una entrevista concedida en enero de 2017, concluyó que en París comenzó todo. Así pues, ¿qué mejor lugar para poner la guinda a un sueño pendiente?

Yo, si fuera aficionado del PSG, recordaría a Ronaldinho no tanto por lo que hizo, sino por cómo lo hizo. Porque nadie aunó más talento y fundió mejor el juego con el espectáculo. En París también deben sentirse felices por ese breve paso del genio. Porque a Ronnie hay que valorarlo por lo que siempre logró hacer sentir a quienes lo observaban.

Tweet about this on TwitterShare on FacebookShare on Google+Share on LinkedIn

Artículos relacionados