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El Atlético y el ‘9’: qué difícil es ser colchonero

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GUILLERMO G.M. – Es entendible que un Fernando Torres cansado tanto de ocupar el papel de estrella y salvador como de esperar la reedición de un doblete que no llega opte por irse a la Premier (paradójicamente este verano se ha conjeturado sobre su regreso, aunque de “Niño” vaya quedando poco), donde le fue realmente bien al comienzo: rompió marcas de Michael Owen, metió muchos goles, logró nominaciones -hace seis añazos quedó tercero detrás de Cristiano Ronaldo y Messi en el FIFA World Player- y su papel estelar como anotador de la selección española en la final de la Eurocopa crearía tal poso que, años después, reducido a niveles ínfimos su rendimiento y su confianza, seguiría contando con oportunidades tanto en la selección como en el Chelsea de un siempre exigente Mourinho.

Tras vender a Fernando Torres el Atlético ficharía a Diego Forlán, delantero uruguayo desaprovechadísimo en el Manchester United de Ferguson y convertido en ese momento en Bota de Oro en el Villareal. Tras años buenísimos, años de UEFA, otra Bota de Oro, una Bota de Oro Mundial y el respeto de la afición, acabaría malvendiéndose al Inter de Milán al ir llegando a él los años.

El verdadero relevo de Torres fue el Kun Agüero. Al venir Forlán ya estaba por el Calderón Sergio Agüero, delantero que, como los que estarían por venir, se consagrararía en tierras madrileñas. En su mejor momento coquetearía con el Madrid, pero un Florentino Pérez hastiado de hacerse enemigos preferiría dejarlo pasar y cedérselo al Manchester City, que con fajos de billetes iba trayéndose jugadores en pos del éxito europeo. Fracasando siempre en Europa, el City ofrecía sin embargo uno de los mejores ataques del continente, donde a pesar del movimiento de jugadores siempre habría una escuadra mortífera. Hablamos de un equipo en el que estuvo Balotelli de suplente, por el que pasó un Robinho que aún creía que podía ser el mejor jugador del mundo (acabaría en el City tras presionar todo el verano al Madrid para poder irse al Chelsea, quien a última hora lo desechó). En ese City Agüero fue titular. Conseguiría saborear la Premier League en dos ocasiones, la segunda este mismo año, y sin duda los citados fajos no ocuparon papel menor en el fichaje.


El Kun Agüero celebra uno de los muchos goles que marcó en el Calderón | Getty

Para reemplazar a Agüero se optó por Radamel Falcao, un tigre de Oporto por el que se soltaron 40 millones. El Tigre estaría dos temporadas pero demostraría una potencia colosal. Por supuesto, una vez más, el Atlético de Madrid tendría que vender a su delantero. Éste, tras coquetear con el Madrid -nuevamente se habla estos días de un renacido interés- optaría por irse al Mónaco, que al igual que el PSG representa la nueva ola de fajos franceses, clubes que a golpe de talonario quieren conseguir a los mejores jugadores, al estilo presidencial que una vez originó Abramovich. Sin lugar a dudas, por muy prometedor que pudiera ser el potencial del Mónaco, el dinero, nuevamente, fue lo que originó la marcha de Falcao, quien después de su larga lesión y de descubrir que la ley francesa ha alterado la tributación de los furbolistas franceses parece estar repensándose eso de quedarse en la ciudad de los casinos.

Tras Falcao llegó Diego Costa. Fíjense en lo curioso de la historia. Diego Costa pertenece al Atlético desde 2006, pero precisamente por tener tantos y tan buenos delanteros el Atlético de Madrid, el bueno de Diego ha sido cedido durante muchas temporadas. Ha pasado por Celta de Vigo, Valladolid, Rayo Vallecano o Albacete. Y ojo, que algunas veces ha sido cedido sencillamente por ocupar plaza de extracomunitario. Forjado en equipos menores, su nivel aumenta y se queda por fin con una plaza en el equipo rojiblanco, que en ese momento sigue teniendo a Falcao. Con la venta de éste el panorama se esclarece y obtiene la titularidad definitiva.

Y llega el gran año. Se consigue la Liga. Se consigue el subcampeonato -y no el campeonato por muy poco- de Champions. El Atlético viene de confiarse al cholismo. El equipo se equipara y hasta supera a Barcelona y Real Madrid con su actitud y su garra. ¿Qué mejor momento para asentar el modelo? Y sin embargo Diego Costa, el mercenario forjado a base de cesiones, el jugador que lleva 8 años perteneciendo al Atlético de Madrid, se va al Chelsea. Podemos imaginar una mejora de contrato, pero cuesta pensar en una exorbitante cantidad, en que Diego se vaya por un sueldo muchas veces mayor. Podemos pensar que no se va por dinero solamente, ¿verdad? Porque lo otro sería peor. Sería peor que Diego Costa se hubiera ido por el modelo deportivo. Dejar al ganador de Liga y subcampeón de Champions por el Chelsea de Mourinho, cada vez más sólido pero aún no consolidado -pese a que este curso prometa hacerlo con Cesc y con la segura llegada de Courtois- es un síntoma clarísimo del mal que aqueja al Atlético de Madrid desde hace años: no parece un equipo que pueda mantenerse en la elite mucho tiempo.

Y lo malo del asunto es que podría hacerlo. Pese a que el Sevilla está de capa caída -ilustrativo el detalle de ver a Del Nido ingresando en la cárcel con una gorra del Sevilla puesta para atrás- hubo un tiempo en el que sabía vender jugadores y amortizar el dinero fichando a otros. Este ritmo, impuesto por un Monchi sagacísimo, le permitió al Sevilla codearse con los grandes y lograr cinco títulos en un año, hecho ensombrecido por los siete que conseguiría el Barcelona después. Años después el Sevilla se ha alejado ya de sus mejores niveles europeos, incapaz de haber consolidado el ritmo, perdido el ojo astuto de Monchi. Pero se ha establecido. El Sevilla no ha bajado de la décima posición en Liga en los últimos diez años. Hace catorce estaba en Segunda División.

El Atlético de Madrid no tiene el presupuesto de Real Madrid y Barcelona, no puede ahora mismo competir a largo plazo con ellos. Pero sí podría crear un modelo estable a medio plazo. Cada vez que el Atlético vende a su delantero estrella está arriesgándose a caer de nuevo en la medianía. Y algún verano su delantero dejará de valer 40 millones.
 

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