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El Ancelottismo Ilustrado

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LA VOZ DE LARRA Al mediados del siglo XVIII, la situación de España distaba mucho de ser idílica. Con una guerra mitad civil y mitad mundial que se había encargado de abrir alguna herida que en pleno siglo XXI todavía supura, con un cambio de dinastía amenazando los cimientos de un imperio colonial recién construido y con una población más preocupada en probar bocado que en saborearlo, la llegada de Carlos III al trono se antojaba cuanto menos peligrosa.

Este rey llevaría a cabo una forma de gobierno que sería conocida como Despotismo Ilustrado, consistente en mezclar las ideas liberales ilustradas con las tradicionales medidas absolutistas. A pesar de que sufriría numerosas críticas, su reinado resultó extremadamente provechoso, con medidas que ayudarían al país a crecer económica (creó el Banco de España), política (fundó el Consejo de Ministros), social (introdujo el Plan de Beneficencia) e incluso artísticamente (levantó el Museo del Prado). Poco a poco los ciudadanos fueron saciando su sed de sangre, lo que España aprovechó para vivir uno de las épocas más productivas de su historia moderna.

Precisamente estos dos fueron los pilares de su gobierno: no descuidar ningún aspecto de su política y apaciguar a un pueblo beligerante.

Como si de un heredero Borbón se tratara, pocos confiaban en Carlo Ancelotti cuando se hizo cargo de la ingobernable nave blanca. También el madridismo vivía su propia guerra civil, con dos bandos etiquetándose como “pros” y “antis”, con jugadores discutidos sin haber errado, con periodistas tomando parte por uno u otro bando y un presidente más preocupado por el clima agresivo que por la falta de títulos.

El italiano aterriza, además, precedido de una injusta fama de blando y poco resolutivo en la estrategia, de haberse aprovechado únicamente de una serie de plantillas estelares que habían traído consigo los títulos que su currículum atesoraba. Algo parecido le había ocurrido a otro mito con difícil desembarco: Vicente Del Bosque. Al charro le recriminaron su falta de iniciativa táctica hasta el último día, como si no hubiera sido capaz de ganar una Champions con cinco defensas, instaurado el lateral de largo recorrido en forma de Roberto Carlos o reinventado al discutido Zidane como interior. Solo cuando se hubo ido fue valorado en su justa medida.

Como Del Bosque, Ancelotti carga con el estigma de no utilizar el exabrupto como forma de estimular a las masas. Lejos de los terremotos provocados por los otrora entrenadores de los equipos punteros de nuestra competición, el italiano se ciñe a un guión estudiado a la hora de hacer frente a las preguntas. Cruza la puerta de la sala de prensa aparentemente pensativo, con una pose reflexiva que es, probablemente, el único aspecto no premeditado que nos mostrará.  El periodista de turno escupe la pregunta envenenada sin imaginar que el cejudo de Reggiolo ya ha imaginado cómo esquivarla. Así una tras otra hasta que termina otra rueda de prensa más sin un titular que llevarnos a la boca, apaciguando a las revolucionadas masas merengues.

No es menos importante su labor puramente técnica. El Madrid de Ancelotti (como la política de nuestro primer y regio protagonista) busca no descuidar ningún aspecto del juego. Es capaz (al contrario que el Madrid de años atrás) de alternar momentos de fútbol de toque con su temido y letal contragolpe. Para mí, es ésta la principal virtud que ha traído consigo el italiano: dedica minutos a buscar el control del partido hasta que un pase interior de Modric o un centro de James encuentren rematador a la vez que espera ese segundo en el que se desate la estampida de sus mastodónticos delanteros. El juego por alto y la defensa son dos puntos que no por menos vistosos son poco importantes, hasta el punto de que estos dos aspectos permiten que la Décima adorne hoy las vitrinas del Bernabéu (todavía se recuerdan los cabezazos, tanto en las semifinales como en la final, de Ramos así como las escasas ocasiones creadas por Bayern y Atlético respectivamente). Se ha ganado profundidad por banda con la irrupción de Carvajal y Bale, sigue siendo uno de los equipos más productivos en libres directos, también uno de los que más goles marca de golpeo lejano, qué decir de las individualidades… En resumen, un equipo que basa su juego en pulir todos los aspectos del mismo. Así transcurren los títulos (ya van tres en año y poco) mientras el público parece no valorar el peso del técnico en ellos.

Como en el caso de Carlos III, sus principales méritos son la tranquilidad popular y el cuidado profesional. Como ocurrió con “el mejor alcalde de Madrid”, quizás sea necesario que lleguen tiempos peores para calibrar el verdadero mérito del Ancelottismo.

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