EURO 2016

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Éder, el hombre que nunca iba a estar allí

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Las imágenes de los equipos o selecciones levantando los títulos en el palco acostumbran a decir mucho sobre los roles y la importancia dentro de una plantilla. Por ello, resulta muy complicado encontrar a uno de los héroes más inesperados de siempre entre los futbolistas lusos en el momento en el que Cristiano alzó el trofeo al cielo de París.

Éder estaba en su sitio natural, colocado por detrás de todos en una de las esquinas, pasando casi desapercibido y en el lugar exacto que le correspondería si el fútbol fuese un deporte lógico. Ajeno todavía a la magnitud de su obra, asumía su papel de total secundario. Como si todo un país y como si él mismo no fuesen conscientes aún de que ese espigado y desmañado hombre, con más trazas de participar en una roda de capoeira que en un rondo de fútbol, era el que les había permitido poder tomarse esa foto y tocar por primera vez la gloria.

Hasta la final ante Francia, Ederzito António Macedo Lopes -más conocido como simplemente Éder- era ese nueve capaz de hacer que Portugal, tierra baldía de delanteros centro, echase en falta a los ya ausentes Hugo Almeida o Hélder Postiga. Éder sólo estaba allí porque no había nadie más disponible. No en vano, era el único punta central de toda la lista confeccionada por un Fernando Santos que, obviamente, ideó un dibujo de base que prescindía de la figura del delantero en su esquema para aunar velocidad y dinamismo juntando a Nani con Cristiano en el frente de ataque y otorgándoles amplitud y libertad para paliar un déficit enorme.

Trece minutos de juego repartidos entre los dos primeros iniciales de la primera fase ante Islandia y Austria es lo que había disputado Éder en la EURO 2016 hasta que saltó al campo en la final en el minuto 79’. Y quién sabe si ni siquiera la hubiese disputado de no ser por la tempranenera lesión de Cristiano Ronaldo. Pero así es el fútbol, un cúmulo de circunstancias ilógicas, y así reviste de vez en cuando a sus héroes, con el manto del azar y la incredulidad. Y Fernando Santos, como para todos, también tenía un plan para Éder con su enésima variante convertida en genialidad dentro de su fútbol de aprovechamiento tendente a minimizar al máximo a cualquier rival.

Hasta ese momento y en 28 encuentros como internacional, Éder solamente había marcado para Portugal tres goles en sendos amistosos (Italia, Noruega y Estonia), ninguno en partido oficial y ni por asomo había cuajado una actuación relevante en un gran torneo tras su paso aciago por el Mundial de Brasil, donde fue objeto de mofas universales por su nulo olfato y su total impericia con la pelota en los pies. Pero el fútbol ofrece siempre revancha incluso a quien parecen más alejados en condiciones normales de poder tomársela y, además, era la única carta de gol de su entrenador, por lo que Fernando Santos acabó la feroz partida de siete manos dando la muestra definitiva de su maestría y de su inteligencia y aprovechando por el camino el viento a favor de la fortuna, tantas veces esquiva para Portugal.

Únicamente el míster creía en Éder a pesar de la escasez de minutos. El míster y Cristiano Ronaldo. “Tú vas a hacer el gol de la victoria”, le dijo el capitán. Y Éder se lo creyó como nunca antes se había creído cualquier otra cosa. Tanto que fue a decírselo a su entrenador. “Pensé en Éder cuando se lesionó Cristiano pero creí que era mejor cambiar un poco la forma de jugar para aprovechar la velocidad de Nani. Después me di cuenta que Éder podía asegurar muchas posesiones. Y me dijo que él iba a hacer gol. El patito feo se convirtió en bonito”, aseguraba Fernando Santos tras la victoria. Y con ellos tres creyendo aunque sólo uno estuviese en el campo, Portugal tuvo más que suficiente.

Éder acumuló el juego directo, estiró a su equipo, generó espacios entre las fatigadas defensa y la medular francesas, aunque pareciese imposible que el fortín físico galo pudiese resentirse, y se hizo el dueño del descabellado conservadurismo de Deschamps hasta desbordar toda su fe cuando soltó el mejor zarpazo de su carrera en la noche más inimaginable de su vida y restauró dos destinos, el suyo propio y el de Portugal, al mismo tiempo y de un solo disparo para robarle el tesoro al anfitrión cual ladrón de guante blanco.

Nadie podía esperárselo. No lo hizo Koscielny, de quien Éder se despegó como de una pelusa. Tampoco Umtiti, Pogba y Matuidi quienes le flotaron al ver que estaba demasiado lejos del arco y sin apoyos cercanos. Y ni mucho menos Lloris, a quien no se puede acusar de que poder hacer más cuando ni el más fervoroso fan de Éder, si es que existían antes de que armase ese fantástico chut, podía imaginarse que el futbolista nacido en Guinea-Bissau iba a soltar la pierna desde tan lejos y con tanta convicción y puntería, para realizar el gol que nunca pudieron marcar ni Eusebio, ni Futre, ni Figo, ni Rui Costa ni el propio Cristiano Ronaldo y convertirse en el encargado de colocar a Portugal en el lugar de la historia que anhelaba y parecía condenada a perseguir sin suerte.

“No soy brujo pero tenía un presentimiento”, afirmó Cristiano Ronaldo tras el partido en alusión a los ánimos que imprimió en Éder. Como en la fantástica película de los hermanos Coen en la que Billy Bob Thornton encarna a un gris e inadvertido barbero que curiosamente se llama Ed, el nueve de Portugal estaba abocado a un destino mate y despojado de toda relevancia que repentinamente vive un giro inesperado. Éder, el hombre que nunca había estado allí ni se le esperaba, se ha convertido de la noche a la mañana, en el hombre que siempre estará alzando la pierna de forma imponente para bautizar por fin a Portugal como una selección campeona y hacer de la estampa de su imborrable disparo un símbolo imperecedero. La huella de Éder en la historia ha pasado de ser motivo de chanzas y prácticamente inapreciable a histórica e indeleble. Puro fútbol.

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