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Draymond Green, susurros del alma

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Susurro para divinizar mediante la melancolía que todos merecemos aquello por lo que desvivo mis carnes, dijo, mientras sonaba un viejo blues de BB King. ‘Sweet little angel’, si no recuerdo mal. La agarró, y desde el alma, inmadura y destrozada a sus 15 primaveras, afirmó que nada sería igual. Desde la distancia, lo bueno estaba por llegar. Prometió, sin reparos, con el único fin de proteger el motivo de sus alegrías, penurias y ser en sí mismo. Ella, bajo la imagen de vil sargento arrebató y otorgó, aunque el afectado solo apreciara el arrebato. Sincerándose, siempre con la vista fijada en el pasado, aclaró que su éxito, en gran parte, lleva el nombre de Mary Babers-Green. Madre del héroe, para muchos otros villano que colma de gracia mis palabras: Draymond Green. La odisea del remordimiento comienza.

Pobreza y ambiente estricto. Así se crió nuestro protagonista en una ciudad llamada Saginaw. Considero necesario indagar en las raíces del individuo para comprender sus actos del presente. Los malos no siempre han sido malos, y quizás los buenos pertenecían a un gueto o enfundaban una AK-47. No es el caso. La anécdota enunciada en el párrafo introductorio hace referencia al instante en el que Draymond fue capturado ‘copiando’ en un examen. Acto seguido, Mary canceló todo tipo de viajes con semblante baloncestístico por el pro de su hijo. A raíz de semejante fechoría, la ética del joven creció. Purificó su ser, sin olvidar esa ‘picardía‘ que le acompañará por el resto de sus días y le diferenciará del resto.

Tras un exitoso periplo en la universidad de Michigan State, aterrizó en la Bahía. ‘Hogar, dulce hogar’, como se solía cantar en la ópera ‘Clari o la doncella de Milán’ allá por 1823. Para los más curiosos, ese es el origen de la expresión. Agradezcamos a John Howard Payne su buen hacer a la hora de redactar la letra del tema en cuestión. Tras este pequeño salto temático cuya única intención era indagar en nuestra brillante odisea, regresemos al carácter de esta dramatis persona. Sus comienzos fueron cuanto menos esperanzadores. No hay nada peor que llegar sin un prototipo definido. Era demasiado lento como para ser un alero, pero era impensable situarle como ala-pívot. Sufrió, aguardó y, sobre todo, trabajó. Su ética impedía el sosiego. El vil sargento desapareció para convertirse en él. No sabemos quienes somos hasta que nos vemos inversos en una batalla. No podía verse así. Llamémoslo egocentrismo, amor propio o expectativas. Cada cual es libre de calificar tal conducta como desee. El resultado llegó con la pérdida de unos 20 kilogramos. A raíz de ahí, apareció el Draymond Green que todos conocemos.

Un hijo de puta sin forma definida. O quizás sí. Palmadas al aire de sonoridad breve y chocante, ceño fruncido y boca entreabierta, musculitos bien marcados y, no menos importante, desestabilizadores susurros del alma. Un canchero enamorado, así me gusta definirle. Amor en innumerables ocasiones no recíproco. La contrariedad del individuo achaca de forma directa contra nuestra racionalidad. Por eso somos especiales, únicos. Existen héroes y villanos, pero siempre subyugados a los caprichos del subconsciente. Conciencia alterada con su simple presencia sobre la cancha. Algunos esbozamos una sonrisa como gesto de aprobación mientras que otros sienten que sus venas comienzan a dilatarse irreparablemente. Como cuando ves a la chica popular del lugar. O chico, no malpenséis. La odias, pero ansías estar a tu lado, o eso trata de mostrarnos la sociedad actual.  En todo caso, cosquilleo con aspiraciones de grandeza manifiesto del sinsentido que simbolizamos todos y cada uno de nosotros. Algunos más que otros, todo sea dicho. Sus aliados viven con el cosquilleo.

Él es el motor del mejor récord de la historia de la NBA, de unos Golden State Warriors que siguen revolucionando el baloncesto a pasos agigantados. Incansable, insaciable. Ofensivamente borda ‘la pausa’ (valor preciado) del juego y adapta su estilo a la horizontalidad que determina el baloncesto actual. Él es la pieza sobre la que orbita todo lo demás, siempre acompañado de desequilibrantes ofensivos (Steph, KD y Klay, en ese orden) con una magnitud insultantemente efectiva. A su vez, equipara aspectos defensivos de una versatilidad aplastante. Intimidación, corrección ante posibles cambios que le lleven a enfrentarse a exteriores, conocimiento táctico, espacial y ‘su alma’, siempre presente. Combinación que termina por pulir uno de los mayores ases defensivos del deporte. Porque en la Bahía si se defiende, amigos. No os dejéis engañar por el despampanante nivel ofensivo que lucen o los ‘bailecitos’ que les caracterizan.

Comanda ese ‘club de los poetas muertos’ que tanto se critica, pero cuya esencia no quiere ser borrada del parqué. Ya sabéis, instigadores cuyo imponente acto de presencia melancoliza ilusiones, agranda vivezas y enerva arrebatos. Adoro las comparaciones, pero en esta ocasión el resultado sería odioso. Me niego rotundamente a enunciar nombres ejemplificadores de tal conducta. Son todos los que son y están todos los que están. Cada cual con su estilo, en su momento determinado y con sus propios métodos para afectar a las emociones rivales. Unos alcanzaron la gloria, otros la relamieron con desvanecida euforia. Bajo mi percepción de triunfo se encuentra el ser recordado y haber alterado el devenir del juego. Así, todos pueden aguardar sosegados por el resto de sus días. El legado no marchita, es más, toma valor con el paso del tiempo, como el arte.

Suele achacarse contra su esencia más ‘pandillera’: las patadas. Defenderlas sería desatender a la razón, apoyar algo que choca clamorosamente contra mis principios. Hasta ahí, todos de acuerdo. Desestimar toda su labor por tales infracciones me parece propio de un ciego que no quiere dejar de no ver. Ahí es cuando entramos en fanatismos absurdos, resentimientos y cuestiones de odio que nos privan del pleno disfrute de este bello (y tan puro) arte. Siempre engrandecido si se mira con buenos ojos. A fin de cuentas, no os culpo, o no debería hacerlo, pues este Draymond Green enfrenta moralidades llevándolas a sus respectivos extremos. Amor u odio. Solo hay dos opciones. Ahí su magnificencia.

Su grandeza se resume en 48 minutos. En un encuentro fatal, pero brillante. Histórico, pero en su contra. Remontémonos al séptimo partido de las pasadas Finales. El casi triple-doble. El recital ofensivo. La defensa con cuerpo y alma de su feudo e integrantes. El trash talking. Esa última acción de ganar o morir frente al mismísimo baloncesto (LeBron). Una sincera congratulación especialmente sentimental viniendo de quien viene. Un partido (y serie) que, al igual que las grandes obras, jamás será olvidada. Un equipo que flaqueó ante el repentino impacto de un predador que sigue persiguiendo a un fantasma. Ese fantasma jugó en los Bulls, y lucía el número 23. No queda tan lejos.

Podría relatar todas y cada una de sus hazañas, pero no lo haré. Son actuaciones sin brillo propio, en ocasiones, pero son precisamente las obras determinadas por los intangibles las que hacen una distinción especial y otorgan una marca propia al individuo. Él es especial, único, vanguardista, ‘pandillero’ y ciertamente sentimental. Solo encuentro una flaqueza en su ser: el miedo a perder. Le estimula el miedo al fracaso. En sus pesadillas no hay muerte, ni hombres del saco, solo el olvido de un guerrero criado en las entrañas de la competitividad. Bendito miedo, oigan.

Ideales recubren a un héroe. Para muchos otros villano, y no os culpo, pues este Draymond Green corresponde a una de las más brillantes obras de tragicomedia del baloncesto actual. Quizás algún día de la historia.

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