Motociclismo

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DragonBall y el renacer del sol

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Ser niño y aficionado al motociclismo en la década de los 90 conllevaba, de forma casi inevitable, una inexplicable conexión con un remoto país de curiosa bandera, cuyos habitantes se comunicaban de forma ininteligible mientras miraban con unos rasgos oculares que parecían tan graciosos como extraños.

Países como Marruecos, Mauritania o Portugal parecían muy lejanos, incluso desconocidos. Por el contrario, Japón estaba ahí, al lado. Era una visita semanal, para algunos incluso diaria. Llegaba el domingo, el único día de la semana en el que resultaba placentero madrugar para escabullirse al sofá y encender la televisión, burlando el marcaje de unos progenitores que aprovechaban la condición festiva para tratar de compensar las horas de sueño perdidas durante la semana.

“Volando, volando, siempre arribaaaaaa…”. Escuchar esa melodía llevaba un brillo único a los ojos, que sólo podían evocar aquellos superhéroes con kimono que liberaban al mundo de monstruos de formas y colores peculiares, de nombres tan inverosímiles como Freezer, Célula o el díscolo Buu, cuya técnica de convertir a los buenos en chocolatinas para comérselos llegaba a causar cierta empatía.

Kaito Dragon Ball - Sphera SportsAun así, el deseo era ser Son Gohan, convertirse en el liberador de esa humanidad cuya sede se situaba en Japón y reunir las bolas de dragón para resucitar a Goku, que aprovechaba su muerte para entrenar junto a ese entrañable ser azulado llamado Kaito mientras esperaba el momento de volver a la tierra, con o sin aureola. Era DragonBall, la serie de animación que marcó a toda una generación.

Un capítulo podía durar menos que una honda vital sostenida entre buenos y malos; y la conclusión del mismo propiciaba una sensación de vacío… que duraba unos segundos: los necesarios para cambiar de canal y escuchar la voz de Valentín Requena. Era el momento de cambiar de serie, sin saber muy bien si se había logrado escapar de la ficción y si esas bestias pertenecían al mundo real o habían salido también de la imaginación de Akira Toriyama.

Aquel punto rojo sobre fondo blanco actuaba de hilo conductor. La honda vital dejaba paso a la Honda SF125, que volaba de una forma mucho más realista que la nube kinton. Y los héroes también recibían nombres extravagantes: Kazuto Sakata, Noboru Ueda, Takeshi Tsujimura, Haruchika Aoki, Masaki Tokudome, Tomomi Manako, Masao Azuma, Youichi Ui…

Norick Abe - Sphera SportsEl octavo de litro fue suyo durante los últimos años del siglo XX, donde sólo Valentino Rossi y Emilio Alzamora se colaron en el palmarés; pero donde, sobre todo, era habitual verles poblar los puestos de honor carrera tras carrera. Aquel círculo rojo estampado sobre una tela blanca ondeaba en el podio un gran premio tras otro.

También se dejaban ver en las categorías mayores, aunque nunca llegaron a replicar tal monopolio. Norick Abe, Tetsuya Harada, Tadayuki Okada, Tohru Ukawa, Shinya Nakano y -por supuesto- Daijiro Kato proyectaban en máquinas más grandes aquel dominio, consolidando al país nipón como la gran potencia de las dos ruedas, con permiso de Italia.

Hasta 1992, Japón había logrado 32 victorias entre todas las categorías. Entre 1993 y 1995, sumaron otras 32. Si se amplía el espectro entre 1993 y 2001, la cuenta se elevó a la friolera de 121 triunfos. El sueño de conquistar la categoría reina parecía estar cada vez más cerca; cimentado en la exportación de un gran número de pilotos al Mundial y personificado en la figura de su mayor talento: Daijiro Kato.

Daijiro Kato - Sphera Sports

2001 fue el punto de inflexión, pero al revés de lo esperado: hasta 23 veces sonó el himno japonés: 11 a cargo del propio Kato -que se proclamaba campeón de 250cc-; 6 por parte de Ui –subcampeón de 125cc tras Manuel Poggiali-; 3 de Harada, 2 de Azuma y 1 de Ueda. Cinco pilotos distintos y el cielo del futuro abierto de par en par.

Apenas tres triunfos la temporada siguiente fueron un serio varapalo, y el trágico fallecimiento de Kato en Suzuka lo cambió todo. En 2003 no hubo ni un solo triunfo y, a partir de ahí, las escasas victorias japonesas daban la sensación de ser más excepciones que norma. Una percepción que permaneció inamovible incluso con el título de Hiroshi Aoyama en 2009, el último año del cuarto de litro. Apenas había relevo.

Un jovial e imberbe Shoya Tomizawa, triunfante en el estreno de Moto2 en Losail, suponía un halo de esperanza; pero la fatalidad volvió a cruzarse en el destino del país del sol naciente, dejando al astro escondido tras una oscura nube de tragedia y desamparo. El país de las grandes fábricas afrontaba una árida travesía en el desierto, y ni el más optimista era capaz de vislumbrar un oasis.

Ese mismo 2010, Montmeló fue testigo del último triunfo japonés, a cargo de Yuki Takahashi en la misma Moto2. Años después, otro risueño joven, Takaaki Nakagami, estaría a punto de lograrlo en diversas ocasiones, pero siempre se quedaba a las puertas.

Victorias japonesas - Sphera Sports

En esa tesitura, Dorna acudió al rescate. Consciente de la importancia del mercado asiático en general y del nipón en particular, se lanzó a la creación de la Asia Talent Cup, poniendo al frente a un contrastado cazatalentos como Alberto Puig. Los resultados no se han hecho esperar.

La edición inicial tuvo lugar en 2014, y el ganador fue el jovencísimo Kaito Toba. Con 14 años, el niño que un día acudió vestido por completo de Ducati a conocer a su ídolo, Casey Stoner, demostró un desparpajo inusual para derrotar a chicos más mayores que él y dar el salto a Europa. De su misma quinta, Ayumu Sasaki le sucedió en 2015, acompañándole en el viaje continental.

Ambos brillaron la pasada temporada en la Red Bull Rookies Cup, especialmente Sasaki, mucho más fiable que el intrépido Toba –que también disputó el Mundial Junior de Moto3 a tiempo completo-; capaz de deslumbrar con su velocidad pero muy propenso a errores y caídas.

En este 2016, ambos disputan el Mundial Junior con el Asia Talent Team, junto a su compatriota Kazumi Masaki, el tailandés Nakarin Atiratphuvapat y el indonesio Andi Izdihar. Un masivo desembarco asiático cuyo objetivo no es otro que medir sus fuerzas con los adolescentes europeos desde la edad más temprana posible.

Sena Yamada, Hiroki Ono o Tatsuki Suzuki son los ejemplos más recientes del problema que ha lastrado a los talentos japoneses en la última década: una llegada demasiado tardía al viejo continente. Dominadores en su país, al dar el salto se encontraban una diferencia de nivel exagerada, lo cual retardaba su progresión, truncada de forma irreversible. Aquello se acabó.

Sasaki ya subió al podio en su debut en el Mundial Junior la pasada temporada; y en este año su compañero ha ido más allá. En la primera carrera de este 2016, ambos luchaban por el podio entre los pilotos europeos; pero Toba cometió un error y Sasaki se quedó a las puertas.

En la segunda manga, Toba fue el único capaz de seguir el tirón del español Marcos Ramírez, que en la primera se había impuesto en solitario. Tuvo la paciencia de dejar hacer al gaditano y esperar a la última vuelta para superarle en el momento preciso y hacerse con la victoria. Era la primera para Japón en un campeonato mundial desde la lograda por Noriyuki Haga en la ronda alemana del Mundial de Superbike en 2010.

Kaito Toba Marcos Ramírez FIM CEV Moto3 Junior Valencia - Sphera Sports

Fue un pequeño paso en la imparable evolución de Toba, pero un gran paso en el renacer del sol japonés, falto de luz y brillo desde hace mucho tiempo. Tiene 16 años recién cumplidos, y un nombre que inevitablemente evoca a aquel dicharachero ser azul con antenas que gobernaba aquel planeta celestial de DragonBall de impresionante fuerza gravitacional mientras entrenaba al fallecido Goku: Kaito.

Dorna encontró las siete bolas, Alberto Puig invocó al dragón dormido, y Kaito Toba respondió a la llamada para luchar contra los ‘monstruos’ europeos y resucitar el motociclismo japonés al grito de ‘Kame Hame Ha’. No se pierdan el próximo capítulo. Toba es pequeño, pero valiente.

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