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Luka Doncic y el baloncesto: un romance perfecto

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30 de abril de 2015. Palacio de los Deportes, Comunidad de Madrid. 1:28 para el final de un Real Madrid – Unicaja de Málaga en el que los blancos dominaban a placer. En mitad de una jugada del Unicaja, la gente se pone a aplaudir. Hay gente que se pone de pie. Las cámaras de televisión dejan de enfocar el encuentro. En pantalla, un chico rubio, introvertido como el que más. Se dispone a debutar en el primer equipo del Real Madrid y ya lo hace entre aplausos, con la gente de pie. Y eso que aún no había tocado el balón.

Se queda en la esquina. No tenía suficiente con haber debutado, quería más. Chacho lo busca. Recibe, arma el brazo. Ya sabéis como acaba la historia. ¡Chof!. Diez segundos le bastaron para conectar a los dos amores de su vida: el balón y la red. Un sonido que llevaba escuchando desde bien pequeño. Una sinfonía perfecta. Sonrisa de oreja a oreja. El público gritaba eufórico. Estaban contemplando el nacimiento de una estrella. Venía para quedarse. De nombre, Luka, de apellido, Doncic. Recuerden su nombre.

Hay historias de amor irrepetibles. Las hay en las que las mariposas no fluyen. Y luego está la de Luka Doncic y el baloncesto. Un romance perfecto, destinado a triunfar. Todo empezó con una mopa en Ljubljana, Eslovenia. Concretamente en el Olimpija de Ljubljana, club donde Sasa Doncic, empezaba a ver como su carrera se terminaba. Luka también quería estar presente en los partidos de su padre. Quería estar allí, y no solo para verlo. Quería ser el mopa. Sí, han leído bien. Con siete años quería ser el mopa de los partidos del Olimpija de Ljubljana para así poder lanzar durante los descansos de los partidos. Para poder escuchar la sinfonía que tanto le gustaba. Cogía el balón, armaba el brazo y conectaba la pelota con la red. Sus dos eternos amores. ¡Chof! ¿Os recuerda a algo?

Cuando Solomon Vandy (Diamante de Sangre) encontró la preciosa piedra rosada, supo perfectamente que lo que tenía entre manos no era normal. Acababa de dar con algo único, probablemente irrepetible. Eso mismo debió pensar Grega Brezovec cuando lo entrenó por primera vez. Luka tenía diez años. Lo entrenó quince minutos. No más. Era mucho mejor a todos los chicos de su edad por lo que tuvo que empezar a quemar etapas. ¡Y vaya si las quemó!

Con diez años, jugaba con los de doce. Cuando tenía doce, con los de catorce. En 2012, en el prestigioso torneo Lido di Roma, llevó a su equipo a conquistar el título contra gente mayor que él. Lo hizo por la puerta grande. 54 puntos, once rebotes y diez asistencias. El Olimpija se le quedó pequeño para todo el talento que tenía en sus manos.

Leer más: La increíble jugada de Doncic de la que todo el mundo ha hablado

Se trasladó a Madrid. Exhibición tras exhibición ese pequeño diamante que empezó a jugar en 2010 se fue haciendo mayor. El Madrid sabía que tenía entre sus manos a un jugador único. Seis años le bastaron para debutar como profesional tras haber empezado a jugar en 2010. Seis años que le sirvieron para ir puliendo su juego y convertirse en una joya, una joya de valor incalculable. Debutó con 16 años y dos meses. Una edad en la que su ídolo, nada más y nada menos que Dražen Petrović, aún no había debutado. Una edad en la que la mayoría de adolescentes empiezan a pelearse con los libros de historia, mientras que Luka Doncic empezó a escribir su propia historia en los libros. Casi nada.

Solo Luka Doncic sabe dónde está el límite de Luka Doncic, aunque todos sabemos que aún no ha sacado todo el talento que lleva dentro. Es como un mago haciendo sus mejores trucos. Cuando crees que ya no puede sorprenderte más, se saca un conejo de la chistera que te deja sin palabras. Lo mismo hace Luka. Cuando crees que ya lo has visto todo, se pasa el balón por debajo las piernas y lo eleva por encima del defensor para hacer sonar su sinfonía favorita.

Y es que el concierto de Luka no ha hecho más que empezar. Empezó siendo uno más en la orquesta, pero ahora ya es el maestro de ceremonias. Ahora ya las dirige. Mientras que antes era él el que soñaba con coger el balón y ponerse a tirar, ahora somos los aficionados, los que soñamos con que lo haga, para poder escuchar una nueva sinfonía del repertorio del esloveno. Y es que hay historias de amor que son irrepetibles. Las hay en que las mariposas no fluyen. Y luego está la de Luka Doncic y el baloncesto. Un romance perfecto, destinado a triunfar.

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