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Djokovic y el peaje de las leyendas

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La derrota de Novak Djokovic en la segunda ronda del Abierto de Australia ante el uzbeko Denis Istomin ha provocado un terremoto en torno a la situación del serbio, intocable hasta hace unos meses, pero vulnerable tras derrotas ante rivales de menor entidad como Cilic, Bautista o bombazos como sus fiascos ante Querrey o el citado Istomin. ¿Está en declive el balcánico? ¿Ha perdido la motivación tras cerrar el círculo al ganar su primer Roland Garros, tras muchos intentos fallidos?

Lo cierto es que el diagnóstico es, cuanto menos, borroso. Es evidente que Djokovic ha bajado el listón, pues ha pasado de ser el vigente ganador de los cuatro majors a perder consecutivamente en tres de ellos, siendo sólo ‘justificable’ su derrota ante un inspirado Wawrinka en la final del pasado US Open. Pero, sin embargo, en este periodo de tiempo, Novak ha ganado un Masters 1000, el de Toronto, ha sido subcampeón en Nueva York y en el prestigioso Masters de Londres y le ha ganado al actual número 1 en el torneo inaugural torneo de Doha. El foso que se ha cavado en torno a Djokovic no es del todo real.

Los cambios que ha experimentado el campeón de 12 grandes en su equipo técnico no han surtido, de momento, el efecto deseado. Su relación profesional con Boris Becker, el hombre que le devolvió al número 1 y le hizo invencible en 2015 y parte de 2016, era un ciclo acabado y el serbio decidió prescindir de él, entendiendo que el aspecto tenístico no era tan importante y debía tener de nuevo más cerca a Marian Vajda, su hombre de confianza de toda la vida. Vajda ha sido siempre, mostrado con Djokovic, un experto en la motivación, y el serbio esperaba tener rendimiento inmediato. Pero el fiasco de Australia ha frenado sus ilusiones por completo.

Sin embargo, este proceso que está viviendo el jugador balcánico no es nuevo. No son pocas las leyendas del tenis que han vivido, en algún momento de sus carreras deportivas, algún bajón tenístico, físico o mental, por falta de motivación tras haberlo ganado todo. Algunos de ellos consiguieron levantarse, y otros siguieron en caída libre hacia un declive que desembocó en la retirada profesional.

Roger Federer en el Open de Australia 2017 | SAEED KHAN/AFP/Getty Images

En activo, precisamente, hay dos ejemplos evidentes. El primero, el de Roger Federer, ha vivido con críticas en cuanto a sus bajones desde 2009, cuando ganó Roland Garros. Al año siguiente, el suizo sufrió duras derrotas en París (perdió ante Soderling) y en su idílico Wimbledon (ante un joven Berdych). Era un caso similar al de Novak y el diagnóstico determinaba que el suizo necesitaba un estímulo. Lo encontró en Paul Annacone, que le ayudó a conseguir, dos años más tarde, su 17º y hasta ahora último torneo de Grand Slam, en Wimbledon’2012. Al año siguiente, el helvético tuvo varios problemas físicos, especialmente en la espalda, y abandonó el top-5 por primera vez en una década. Nuevamente, se levantó, con un estilo de juego más agresivo, siendo Stefan Edberg el principal artífice, volviendo a llegar a finales de majors, quedándose a las puertas del 18º en varias ocasiones.

El otro ejemplo es el de Rafa Nadal, uno de los rivales generacionales de Djokovic. En el caso del español, la falta de motivación no ha sido nunca el problema, incluso cuando, a los 24 años, consiguiendo cerrar el Grand Slam -más joven que nadie en la historia de este deporte-. Los problemas físicos le obligaron a frenarse hasta en tres ocasiones: en 2009, en 2012 y en 2016. En las dos primeras, volvió siendo el número 1 al año siguiente. En 2017, sin que haya ganado nada todavía, parece que también ha vuelto con buen pie.

El caso más llamativo sea quizás el del estadounidense Andre Agassi, que, tras su bajón -físico y mental- regresó siendo incluso mejor que nunca. Antes su de declive, en 1997, había ganado tres torneos de Grand Slam. Tras un periodo de lesiones e incluso depresión, que le llevó a consumir sustancias prohibidas, el de Las Vegas, ganó otros cinco majors, muchos de ellos con más de 30 años, consiguiendo cerrar incluso el círculo del Grand Slam con su triunfo en Roland Garros’1999.

Estos tres casos, en los que tuvieron bajones más pronunciados que Djokovic, salieron adelante para seguir ganando, pero hay ejemplos que muestran lo contrario. El más claro es el de John McEnroe, que pasó de ser un absoluto dominador en 1984 -ganó dos Grand Slams y sólo perdió tres partidos en toda la temporada-, para sólo volver a pisar una final de Grand Slam, la del US Open de 1985, con sólo 25 años. A partir de ahí, la motivación de McEnroe cayó en picado, ganando sólo torneos menores y derivando su éxito en la modalidad de dobles. Un ejemplo más drástico es el de su coetáneo Borg, que, ante la falta de motivación por haberlo ganado todo, decidió retirarse a los 27 años, renunciando a ser, quizás, el tenista más laureado de la historia.

Son sólo algunos ejemplos que pueden ser, o no, extrapolables al caso del jugador de Belgrado. Es evidente que no es un problema físico, con lo que la salida de este bache debe ser, en teoría, más sencilla. Se trata de volver a encontrar un estímulo para ser altamente competitivo. Quizás pueda serlo la recuperación del número 1 o seguir la estela de Federer en la lista de torneos de Grand Slam, pero Djokovic necesita tener algo a lo que agarrarse para volver a ser una bestia. Y si no lo consigue, tampoco tendrá nada que demostrar a nadie. Porque es una leyenda.

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