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Dirk Nowitzki: feo, fuerte y formal

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Hay algo místico en esa mirada perdida que muestran sus ojos. Da igual que se deje barbas de naufrago, melena alocada o mueva el protector bucal con lentitud y parsimonia. El secreto de su baloncesto se encuentra en sus ojos, esos mismos que pierden el sentido una vez que el balón sale despedido de sus manos. Una mirada fría, a ratos silenciosa, pero tan mortal como el mejor de los venenos. Sus brazos no se mueven con la velocidad de antaño, su infalibilidad no es tan regular como en los mejores días de su carrera, sin embargo, hay un aspecto de su persona que no ha dejado de crecer: el respeto por su legado. Hoy, Dirk Nowitzki es leyenda, pero hubo un tiempo en el que sólo fue un alemán anónimo.

El deporte, como todos los hábitos saludables para la mente y el cuerpo de los seres humanos, suele ser herencia familiar. Es más fácil entregar tus mejores años a una causa si has visto a alguien a quien admiras hacerlo con anterioridad. En el caso de Dirk, su familia. Jörg-Werner, su padre, fue jugador profesional de balonmano y llegó a defender los colores de la selección. Su madre, Helen, se dedicó al baloncesto y también logró jugar para su país. Hasta su hermana Silke probó suerte en el baloncesto tras coquetear brevemente con el atletismo.

Aquel joven desgarbado de 213 centímetros empezó a causar sensación en su primera etapa en el instituto. Tal es así que, Holger Geschwindner, leyenda del baloncesto teutón, vio en él, en una etapa muy temprana de su formación, un abanico inmenso de posibilidades. Eso sí, todo pasaba por mejorar sus cualidades técnicas, las cuales calificó como nulas. La voz se corrió a gran velocidad y las ofertas llegaron a la puerta de Dirk. Lideró al DJK Würzburg al ascenso, mientras terminaba sus estudios obligatorios. Pero Nowitzki tenía que cumplir con las obligaciones militares que Alemania imponía a sus jóvenes y tuvo que perder su tiempo realizando el servicio militar. Todo eso pasó y volvió a practicar el baloncesto con plena libertad. Había perdido, eso sí, su aura de talento en ebullición. Aunque no por mucho tiempo.

El Nike Hoop Summit es un torneo que organiza la marca de ropa Nike, donde se enfrentan un combinado de jóvenes jugadores de los Estados Unidos contra un equipo del resto del mundo. En 1998 se celebró en San Antonio (Texas), y Dirk participó. Bueno, decir que participó sería mentir. Brilló con luz propia. 33 puntos, 13 rebotes y dos asistencias, haciendo las delicias de cada aficionado allí presente. En una butaca impar, de apariencia incómoda, estaba sentado Donald Arvid Nelson, mundialmente conocido como Don Nelson, técnico y gurú (de los de verdad) de la NBA. En aquellos años se encontraba entrenando a los Dallas Mavericks, donde llevaba poco más de una temporada. Se quedó enamorado de todo lo que Dirk, un tallo blanco que parecía tener la bilirrubina descontrolada, desprendía. Le volvía loco. Veía en él la evolución del baloncesto. Lo quería draftear a toda costa.

Pero la jugada para hacerse con Nowitzki no sería fácil. Las previsiones apuntaban a que sería, como poco, TOP-10 del Draft de 1998, por lo que Milwaukee Bucks le había prometido el cielo con total de que se fuese con ellos. Boston, como siempre en estas elecciones, le tenía echado también el ojo, con lo que ello implica. Ya conocemos como es la persistencia verde. Don Nelson planeó y ejecutó. Actuó a dos bandas, pidiendo a los Bucks que eligiesen al rubio, para después traspasarlo junto a Pat Garrity por Robert Traylor, y que Phoenix les entregara a Steve Nash por el propio Garrity. Una jugada maestra.

Dios ya estaba en Dallas, sólo que aún ni él mismo lo sabía con certeza. No dio lo mejor de sí en sus primeros meses, incluso aprovechó el lookout de 1999 para perfeccionar su juego en Alemania. Las temporadas fueron pasando y Dallas empezó a ganarse el derecho a ser llamado contender. La llegada de Mark Cuban a la presidencia de la franquicia ayudó muchísimo al despegue. Fichó a Michael Finley y los Mavericks juntaron una especie de Big Three. El rubio dio un salto de calidad en la 1999/2000, llegando a quedar segundo en la carrera por el premio al jugador más mejorado, tan sólo superado por Jalen Rose.

Nowitzki jugó, por orden y deseo de Don Nelson, desde el primer momento en Dallas, por fuera. Su físico pedía una mejora de músculo para dominar bajo los aros, sin embargo, su talento para el tiro exterior y la libertad que tenía le hicieron afianzarse en esa zona de la pista. Un jugador indescifrable. A pesar de los primeros éxitos, todos a pequeña escala, el proyecto no daba el paso adelante necesario para colarse en las rondas finales de los playoffs. Su pico llegó en la 2002/2003, llegando a la final de Conferencia en el Oeste, perdiendo ante San Antonio Spurs por 4-2.

En la 2004/2005, Nash salió del equipo camino a los Suns, pero eso no impidió que Dallas se reforzara de forma magnífica con las incorporaciones de tipos como Devin Harris, Alan Henderson, Jason Terry o Jerry Stackhouse. Nelson también dejó el puesto y, su segundo, Avery Johnson, cogió las riendas. El destino quiso que en semifinales de Conferencia, Phoenix y Dallas se vieran las caras, cayendo eliminados lo texanos a manos de los de Arizona. El destino.

La temporada soñada fue la siguiente, cuando Dallas llegó a la final de la NBA. Tan buena fue su campaña que a Avery lo nombraron técnico del año, terminando con un récord de 60-22. En primera ronda cayó Memphis, después San Antonio en una eliminatoria a siete partidos memorable y, por último, la vendetta contra Phoenix se consumó.

Miami esperaba en la final. Los Heat de O’Neal, Jason Williams, Dwyane Wade, Gary Payton…dirigidos por el maestro Pat Riley. La cosa empezó de maravilla: dos partidos, dos victorias. Dallas estaba jugando de maravilla, circulaciones rápidas de balón que siempre encontraban a Dirk solo en la cabecera para tirar de tres. Uno tras otro. Arqueado y en posición antinatural, el balón siempre caía dentro. Cuando la telaraña de Riley le prohibía lanzar con comodidad, se introducía en la zona, usaba dos botes, se giraba y con comodidad dejaba el naranja en la cesta ante la mirada perpleja de un Udonis Haslem superado.

De repente, la cosa se torció. Miami ganó cuatro partidos seguidos y el Larry O’Brien ocupó las vitrinas de los Heat. ¿La razón? Con una de las mayores exhibiciones individuales jamás vistas en unas finales, Dwyane Wade rompió todos los esquemas texanos: anotando y defendiendo, un estado de forma letal que arruinó las esperanzas de un desolado Nowitzki. ¿Habían fracasado? Sí. ¿Tenía remedio? También, pero después llegó la hecatombe.

Nuestro teutón favorito se propuso ganar el anillo la temporada siguiente, dejando una fase regular memorable, que le valió un merecido MVP de la temporada. Con el cartel de favoritos enmarcado y crucificado en sus espaldas, los Mavericks se dieron la madre de todas las hostias en primera ronda: cayeron ante Golden State Warriors en primera ronda por 4-2. Este fracaso condujo a tres derrotas tempraneras más: en 2008, perdieron ante New Orleans en primera ronda, en 2009, hicieron lo propio en semifinales de Conferencia ante Denver, culminando en 2010 otra sonrojante derrota en primera ronda ante San Antonio por 4-2.

Temporada 2010/2011. Casi sin querer, Dallas termina tercero en la Conferencia Este. Digo sin querer porque todos los focos estaban puestos en tres equipos: Miami, por el Big Three que habían juntado (LeBron, Wade y Bosh), San Antonio (la supremacía en el siglo XXI y una idea de juego tan preciosista les otorgaba siempre favoritismo) y Oklahoma City Thunder, el joven proyecto en el desierto que prometía maravillas.

Con OKC y Spurs devorándose en semifinales, a Dallas se le presentó un camino a la final bastante asequible: Portland, Lakers y unos Thunder que pecaron de novatos tras la machada ante San Antonio. Algó cambió en la mentalidad de un Dirk taciturno y depresivo. Era la oportunidad de su vida. El Big Three había pecado de chulería durante toda la temporada, encabezada por un LeBron James demasiado fanfarrón, nada que ver con el guía espiritual que reina en Cleveland ahora mismo.

Durante la temporada promedió un total de 27,7 puntos por partido, dígitos que bajaron hasta los 26 tantos en playoffs, promedio brutal. Pese a que fue Nowitzki contra todo, las actuaciones de Barea, Kidd, Marion, Terry y Chandler resultaron decisivas. La imagen fue épica. Primero golpeó Miami, respondió Dallas, contestó el Big Three y tres partidos maravillosos del 41 decantaron el título.

De todas las jugadas de aquella serie, una se grabó en mi memoria a fuego. Game 5. El marcador señala iguales a 100 con dos minutos y 47 segundos por jugarse. Terry encuentra a Dirk en la pintura, éste destroza a Bosh con una finta y machaca en la cara de Mike Miller. Todo esto mientras se vuelve con cara póker. Bendito genio. Aquel partido decidió la final, les dejó a tan sólo un tanto más, que lograrían sin encontrar respuesta. ¿Por qué no celebró con rabia aquel soñado anillo? Pues porque, cuando uno se libera del peso que cargan sus hombros, siente satisfacción y no euforia. La gloria se disfruta lentamente, la eternidad se lleva puesta encima.

Esta es la historia del mejor jugador europeo que jamás ha pisado la NBA. No hay debate, es único. Líder, anotador, innovador, carácter…Dirk cumple todos los requisitos para ser llamado a la mesa de los elegidos. Pero había algo que no tenía, una misión por terminar. Hay un club muy selecto, no sé si habrán oído hablar de él, el club de los 30.000 puntos. Sólo habían entrado cinco tipos hasta el momento: Kareem Abdul-Jabbar, Karl Malone, Michael Jordan, Kobe Bryant y Wilt Chamberlain. Todos nacidos en suelo estadounidense. Pero Dirk, el flaco sin técnica ni fe, ya es un miembro más. Y lo logró como ha logrado ser historia de este deporte, es decir, sin pretenderlo. Podría describir cómo llegó a esa cifra, pero mejor que lo vean ustedes.

Dirk, no viniste aquí para hacer amigos, pero saben que siempre pueden contar contigo. Dicen de ti que eres un tanto animal, pero en el fondo eres un sentimental. Todo el mundo te admira, cada uno de ellos quiere ser como tú. ¿Y cómo es Nowitzki? Simple. Feo, fuerte y formal.

 

 

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