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Dimitrov apunta a la cima

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Se le ha esperado, quizás más de la cuenta, pero parece que ya está aquí. El eternamente predestinado Grigor Dimitrov comienza a trazar la trayectoria que numerosos expertos predijeron hace varios años que tendría, por sus especiales cualidades técnicas que tantas veces le llevaron a ser comparado con el mismísimo Roger Federer. Ahora, lejos ya del pseudónimo de Baby Federer, el búlgaro se ha desmelenado en el inicio de 2017, consiguiendo dos títulos ATP 250, volviendo a unas semifinales de Grand Slam, y apuntando al regreso al top-10, que se confirmaría en el caso de que ganase esta misma semana el torneo de Rotterdam.

Hace nueve meses, Dimitrov disputaba la final del torneo de Estambul, ante el argentino Schwartzman, un jugador de un perfil muy inferior al que debería ganar. Comenzó por delante el partido, pero de manera increíble, el título se le escapó y ofreció un espectáculo lamentable en los instantes finales del encuentro, rompiendo varias raquetas y mostrando una imagen de ansiedad que distaban de la versión virtuosista que debería ofrecer en cada torneo.

El búlgaro bajó a los infiernos del ránking ATP, llegando a estar en el puesto 40 durante el verano de 2016. Fue en ese momento cuando decidió contratar a Daniel Vallverdú, que ya había trabajado -con éxito- con Andy Murray y Tomas Berdych. El objetivo era evidente: volver a unificar el puzzle, haciendo que todas las piezas -el talento, el físico y la cabeza- volviesen a estar unidas. No daría resultado a la primera, pero era un proyecto a largo plazo en el que Dimitrov depositaba sus esperanzas. Quizás sería la última antes de caer profundamente en un estado en ansiedad por no cumplir las expectativas generadas hace años.

Y sí, las sensaciones fueron positivas desde el primer momento. Pese a salir apalizado de los octavos de final del Abierto de Estados Unidos ante Murray, el búlgaro alcanzó la final del torneo de Pekín, primer torneo de perfil 500 en el que disputaba la ronda final desde hacía dos años y medio, y acababa la temporada instaurado, de forma sólida, entre los 20 mejores jugadores del planeta. Con mes y medio para desconectar y prepararse físicamente, el de Haskovo apuntaba en 2017 al retorno al top-10 y a volver a ganar títulos, algo que le había sido esquivo en 2015 y 2016, perdiendo tres finales por el camino.

Y su carta de presentación en la nueva temporada, con apenas mes y medio de competición disputado, ha sido excelente. Se han disputado tres torneos, saldándose con dos títulos, unas semifinales, un 14-1 de balance y victorias de prestigio ante cuatro top-15 diferentes. No sólo su nivel tenístico es espectacular, sino que es capaz de mantenerlo de forma constante durante largos periodos de tiempo, perdurándose incluso durante una semana completa de torneo. Algo que, hasta la fecha, era inédito en Dimitrov.

Dimitrov celebra su triunfo en el torneo ATP de Sofia | NIKOLAY DOYCHINOV/AFP/Getty Images

Su título en Brisbane, al comienzo de la temporada, supuso el regreso a la senda ganadora del búlgaro dos años y medio después de su éxito en Queen’s 2014. Lo hacía ganando por el camino a Thiem en cuartos de final, a Raonic en semifinales y a Nishikori en una bonita final. El impulso anímico por ganar a tres jugadores top-10 de forma consecutiva le hizo ser aún más peligroso en el primer major del año, en Australia. Allí se consolidó la idea de que Dimitrov estaba de vuelta.

Cierto es que el fiasco de Novak Djokovic, eliminado en la segunda ronda a manos de Denis Istomin, le allanó el camino -habría chocado con el serbio en cuarta ronda-, pero la forma por la que pasó por encima de jugadores de renombre como Gasquet o Goffin, como un auténtico huracán, avecinaba una gran batalla ante otro renacido como Nadal. Y no defraudó. Dimitrov propuso, además de sus habituales golpes ganadores a las cuatro esquinas, una guerra física de la que el español sólo salió airoso gracias a su habitual fe, que le hizo llegar a la final tras cinco horas de partido.

Dimitrov fallaba ese último revés, entregaba el partido a Nadal, pero no bajaba la cabeza, no rompía raquetas ni torcía el gesto. “He vuelto”, se decía a sí mismo. “Ganarás pronto un Grand Slam”, le confesaba Nadal. Dos semanas después de ello, Dimitrov sigue enrachado. Ahora, con un triunfo en casa, en su torneo, en Sofía, tras exhibir un tenis perfecto. Cuando está en forma y la cabeza la tiene en su sitio, como ahora mismo, prácticamente nadie puede frenarle. Ya es 12 del mundo y, en caso de ganar en Rotterdam esta semana -donde, pese a ser el quinto cabeza de serie, es el favorito en todos los pronósticos- regresaría al top-10 dos años después.

Aunque sólo llevemos unas semanas de competición, Dimitrov ya ha opositado a candidato a todo este año. ¿Hasta dónde puede llegar el búlgaro? ¿Cuál es su objetivo real esta temporada? Es complicado planteárselo, puesto que también hay que reconocer que, de momento, todo le está yendo de cara. Ha disputado tres torneos: dos de ellos en Australia, donde las pistas son ahora más rápidas, y otro en pista cubierta. Habrá que ver cómo se adapta a las hardcourts lentas y, especialmente, a la tierra batida. Será ahí cuando veremos si Dimitrov puede ser top-5, o algo más, este año, o debe ir lentamente, paso a paso. De momento, ya apunta a la cima.

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