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Diego Costa, delantero salvaje

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Me gustan los villanos, es un hecho. Los chicos buenos que se meten temprano en la cama me aburren, porque de la biografía de cualquiera lo que más suele interesarme son los borrones. Lo mío son los tipos de mirada con antecedentes y mala reputación, que arrastran un pasado de mujeres que aún la tienen peor. Los tipos de mirada blanca y aséptica pertenecen a otro bando, al otro lado del río. Diego Costa nació en Lagarto (Brasil), pero perfectamente podría haberlo hecho en el Bronx, porque se acerca tanto al canon del jugador brasileño como un estibador polaco. No es un fino estilista, es un fajador. Sus partidos no necesitan reporteros que haga las crónicas de sus gambetas, sino un forense que practique autopsias y estime daños.

Cuando De Niro presentó a Scorsese el guión de Toro Salvaje, el director receló porque no tenía claro que la historia funcionara. Como desconfía de todo fichaje cualquier aficionado atlético, desde que se instaló el Gilismo en el Calderón. Si el que llega es un desconocido, a mitad de temporada y de la mano de Gestifute, para los colchoneros huele a peli con De Niro y Joe Pesci en el reparto, guion de Mario Puzo y varios miembros de la familia Gambino en la producción. Pero lo cierto es que entre la maraña de agentes, representantes, intermediarios, fondos de inversión y zahoríes, el Atlético encontró un diamante en bruto, un delantero salvaje. De estilo tosco en el cuadrilátero, un fajador alejado de estilismos, pero con la contundencia que da siempre apoyar tu reputación en un elevado número de goles. Porque Diego Costa encuentra el camino del gol por caminos abruptos, pero lo encuentra. Apuntémoslo, esta vez sí, en el haber del entonces Director Técnico, García Pitarch. Por la de veces que se lo hicimos en el debe.

Toro Salvaje, obra maestra protagonizada por Robert de Niro y dirigida por Martin Scorsese

Toro Salvaje, obra maestra protagonizada por Robert de Niro y dirigida por Martin Scorsese

Jake LaMotta tuvo muchas dificultades para que le ofrecieran los combates importantes, los que brindaban la oportunidad de aspirar al cinturón de campeón. Para lograrlos tuvo que anestesiar sus escrúpulos y ponerse en manos de la mafia, que le cobró un costoso peaje, en un episodio de su carrera tan sospechoso como regresar a casa apestando a alcohol y la conciencia manchada de carmín. Quizás no lo habría necesitado si hubiese tenido un representante como Jorge Mendes. El agente portugués logró que Diego Costa cruzara el Atlántico hasta la liga portuguesa, desde un casi desconocido equipo brasileño. Casi un milagro para un jugador que prácticamente hasta los dieciséis años no tuvo su primera ficha como futbolista. El Atlético le presentó en el mercado invernal de la temporada 2006/2007, con aspecto cargado de humildad y faltas de ortografía, tras pagar por él alrededor de un millón y medio de euros al Sporting de Braga, donde continuó cedido hasta final de temporada. A partir de ahí fue enlazando distintas cesiones, como el boxeador aspirante que despacha rivales a la espera de retar al campeón. Esas temporadas le valieron para forjarse y mejorar su rendimiento, hasta conquistar su sitio en el verano de 2010, venciendo a Salvio en la pugna por la tercera plaza de extracomunitario. Su papel en el equipo, con Agüero y Forlán por delante, era claramente de secundario.

Esa temporada mostró su potencial con un hat trick en Pamplona, pero fue una víctima más de otro proyecto rojiblanco con alas rotas. A la pretemporada siguiente, cuando tenía cerrada su marcha al Besiktas, le llegó sobre la campana una rotura de ligamentos de la rodilla que la mandó al traste. No arrojó la toalla y, tras la lesión, salió cedido al Rayo Vallecano en el mercado invernal, logrando diez valiosos goles en tan solo dieciséis partidos.

Llegó el siguiente verano y a Simeone se le iluminó la mirada cuando vio al brasileño y su futbol sin burocracias. Encontró un jugador capaz de convertir un congreso filatélico en una Intifada. El Cholo supo que había hallado su Bud White para el escuadrón que estaba forjando. Costa desbancó a Salvio, que partió de nuevo al Benfica, y no tardó en convertir a Adrián, que había maravillado la temporada anterior, en un vulgar sparring con quien hacer guantes. Formó ese año junto a Falcao la luna azul de la delantera del Atleti, que alcanzó su cenit en la final de la Copa del Rey de 2013, cuando los goles de Diego y Miranda mandaron a la lona al Real Madrid.

Diego Costa y David Villa, un año en el que rompieron la historia rojiblanca | Getty Images

Diego Costa y David Villa, un año en el que rompieron la historia rojiblanca | Getty Images

Nueva temporada y nuevo compañero en la delantera: David Villa. Y qué temporada. Cuanto más importantes fueron los combates mejor rindió. Pero cambiaron los roles: Diego lleva los galones y es el delantero de referencia; Villa quien trabaja para él, en una muestra del asturiano de jugador de equipo como pocas. Costa emerge así como un delantero formidable, capaz de amoratar un saco de boxeo con sólo una mirada y noqueando un portero tras otro. Se logró la liga y, a punto estuvo de llegar una Champions, en una de sus noches más grises, cuando se rompió al inicio del partido tras una esperpéntica recuperación de una lesión muscular.

Tras la final de Champions en Lisboa, Diego Costa ya tenía pactado su futuro en Stamford Bridge. Cuentan que intentó dar marcha atrás en el último momento, arrepentido, pero para cuando lo hizo el árbitro ya había finalizado la cuenta y tuvo que marchar a Londres. Desde entonces varios amagos de vuelta, el último este mismo verano. Y seguramente no será el último.

Como la de Jake LaMotta, la carrera de Diego Costa siempre ha estado enmarañada por la periferia del juego. Si De Niro engordó treinta y dos kilos para interpretar a LaMotta, Diego Costa regresaba cada pretemporada aparentando haberse comido el verano. Y algún trocito de otoño; si la mafia estuvo vinculada al boxeador en algún oscuro combate, Gestifute, para bien o para mal, es la agencia que ha gestionado la carrera del jugador. Con episodios surrealistas, como “la milagrosa recuperación” tras tratarse con placenta de yegua antes de la Champions. O sus trifulcas con Kondogbia o David Navarro, que fueron a las pugnas barriobajeras lo que los diálogos de Aaron Sorkin al cine.

Diego Costa, salvaje y noble | Getty Images

Diego Costa, salvaje y noble | Getty Images

Quizás sea ese el motivo por el que, para una parte de los medios, Diego nunca ha gozado de reconocimiento. De que siempre haya estado bajo sospecha, hasta cuando renunció a Brasil para jugar con España en el mundial de su país de nacimiento. Se utilizó su patina de jugador díscolo y pendenciero para ningunearle, incluso dudar de su compromiso con España. Los hay que hasta afirmaban que si te ponías en televisión un partido de Diego hacia atrás, podías escuchar mensajes satánicos.

La realidad es que Diego Costa ha sido uno de los mayores alborotadores que han pasado por la liga española. Y que en sus dos últimos años en el Calderón demostró ser un formidable jugador, dispuesto a romperse la cara por su equipo. Igual que cuando, con mayor o menor fortuna, ha jugado con la roja. Jake LaMotta se cruzó en el camino con uno de los mejores boxeadores que se recuerdan, Ray Sugar Robinson. A pesar de las derrotas que sufrió contra él, le plantó cara, logró derrotarle y jamás llegó a tumbarle. Diego Costa, en cambio, coincidió en la liga con dos de los mejores jugadores de la historia: Messi y Cristiano, y pese a las derrotas con ambos, que las hubo, levantó una Copa del Rey y una Liga frente a ellos.

Y eso muy pocos pueden decirlo.

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