Fútbol inglés

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El día que todos lloramos por Steven Gerrard

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Steven Gerrard se retira del fútbol profesional el 24 de noviembre de 2016. Un día especial, un día para recordar siempre, el día que la carrera del gran ‘8’ del fútbol murió. Stevie y Liverpool han ido de la mano desde su infancia y lo harán hasta su senectud. Como lo hicieron desde los nueve años hasta los 35. Momentos buenos, malos, peores, un breve exilio en Los Ángeles y una vuelta a casa que, tarde o temprano, llegará.

Un rastrillo, un empleado del Liverpool y la pelota. Siempre la pelota

“Aquel descampado era una mezcla de Anfield, Goodison y Wembley”. Así describe Steven en su autobiografía el descampado que pudo acabar con su carrera antes de ser profesional. En aquel vertedero de Merseyside jugaban los niños del barrio de Ironside. Entre ellos, cómo no, Steven Gerrard. Su pasión por la pelota era tal que no quiso abandonarla entre las ortigas: “Era imposible verlo. Me remangué los calcetines, metí mi pierna derecha entre las ortigas y golpeé con todas mis fuerzas. Fue una agonía”. Un rastrillo atravesó un dedo del pie de Gerrard y los médicos quisieron amputárselo. El por aquel entonces empleado del club, ahora héroe, Steven Heighway propuso una solución alternativa que salvó la carrera de aquel niño inocente que tan solo deseaba seguir jugando.

El niño que destrozaba porteros, una gran amistad y el debut

“Michael vino a este mundo para destrozar porteros”. La amista que unía a Michael Owen y Steven Gerrard era irrompible. Excepto para algún ojeador de la Escuela de Lilleshall. Owen fue aceptado en aquella prestigiosa institución pero Gerrard fue rechazado por “bajito”. Owen también lo era, incluso más, pero lo salvaba su gran velocidad. Sin velocidad ni altura no se puede dominar el mediocampo, claro. Ningún problema. A Steven siempre le quedaría Liverpool. Siguió en la ciudad donde nació, en la academia red y llegó a ser convocado con el primer equipo. Owen ya llevaba más de una temporada en el primer equipo cuando debutó Gerrard. Fue el 30 de noviembre de 1998 contra el Blackburn Rovers. Un niño tímido, delgado, que aún no sabía que se convertiría en el dios de Anfield. “Steven Gerrard es el Liverpool”, es la frase más repetida en los alrededores del feudo red. Vayas cuando vayas, preguntes a quién preguntes. No importa la edad.

Leer más: ¿Cuánto sabes sobre Gerrard?

La consagración, Estambul y el resbalón más triste jamás imaginado

Steven Gerrard se ha convertido en leyenda del Liverpool. 710 partidos, 186 goles, una Champions, una Copa de la UEFA, dos FA Cup, una Community Shield y tres Copas de la Liga. Para muchos, el mejor centrocampista de la historia de la Premier. Un box to box devastador llegando desde segunda línea, un francotirador desde fuera del área, infalible a balón parado y un arquitecto construyendo desplazamientos de 30 metros. Y capitán. Sobre todo capitán.

Su salto en Estambul para marcar de cabeza el 1-3 fue la clave de la remontada red. Se hubiera elevado hasta el mismo cielo si hubiera hecho falta para marcar ese gol. El momento más feliz de su carrera, un partido que hace cobrar sentido a todos los esfuerzos y malos momentos vividos desde aquella patada al rastrillo, su rechazo o desde Hillsborough.

En contraposición, cerca del ocaso de su excelsa carrera le tocó vivir su peor momento como futbolista. 27 de abril de 2014. Era un soleado domingo. Anfield a reventar y el You’ll never walk alone había retumbado hasta en Londres. El Liverpool se enfrentaba a un Chelsea plagado de suplentes con la mente puesta en Champions League para ganar y acariciar la Premier con las yemas de sus dedos. Hasta que en el tiempo de alargue de la primera mitad, un mal control revolucionó el corazón de Stevie que tratando de alcanzar la pelota antes que Demba Ba, resbaló y sirvió para que el delantero blue adelantara a los visitantes. Un golpe del cual no pudo recuperarse y como corazón del Liverpool, sus compañeros tampoco. Aquella liga se la llevó el Manchester City. Había estado tan cerca…

Un adiós necesario

Gerrard ya no era el mismo. Pero no lo era ni tan siquiera en aquella campaña 2013/14. Su cuerpo le impedía ser el llegador letal que era otrora y había mutado en un mediocentro de contención y organizador. Para colmo, la salida de Luis Suárez y las múltiples lesiones de Sturridge -mejores jugadores reds de aquel subcampeonato- mermaron las posibilidades del Liverpool de luchar por el título. La actuación del club, cuanto menos cuestionable, en el tema de su renovación, el dolor crónico de aquel resbalón y la falta de competitividad provocaron su salida rumbo a Los Ángeles. Nuevos retos y una necesaria desconexión para superar lo acaecido en Anfield aquel fatídico domingo de 2014.

El porqué de su grandeza

Para comprender de verdad la trascendencia de Steven Gerrard hay que remontarse al 15 de abril de 1989. A Hillsborough, Sheffield. Cuanto él tan solo tenía nueve años. Era un encuentro entre Liverpool y Nottingham Forest de semifinales de Copa. Las vallas cedieron y 96 aficionados reds murieron aplastados. Entre ellos, el más joven del grupo; John-Paul Gilhooley. El primo de Steven Gerrard. Tan solo un año mayor que el ‘8’, la conexión entre ambos no tenía explicación. Eran uña y carne. Inseparables. Hasta que el destino los quiso separar. “Nunca lo había dicho antes: yo juego al fútbol por John-Paul”. Las lágrimas derramadas por un niño cruelmente arrebatado de su primo, las correspondientes a todos los días que lo ha recordado, las posteriores al resbalón y las de su despedida, acompañado por sus hijas en el césped de Anfield. Esas lágrimas son las que hacen a Steven Gerrard único.

“Abran mis venas y sangraré el rojo del Liverpool”. Su lealtad infinita. Su amor por unos colores, por un escudo; por sus colores, su escudo. Sí, Steven Gerrard es Liverpool. Todos deberíamos guardar un minuto de silencio. Cuando muere el hombre nace la leyenda, dicen. La carrera como jugador profesional de Gerrard ha muerto y su grandeza infinita merece un minuto para parase a pensar, reflexionar, aceptar que nada volverá a ser como antes.

Un minuto en el que todo se detenga, un minuto en el que cada pelota del mundo deje escapar una lágrima sabiendo que nunca más volverá a ser acariciada por la bota derecha de Stevie, en el que cada cámara asuma, entre llantos, desconsoladamente que no habrá más besos, en el que cada aficionado del Liverpool deje de soñar con su regreso, en el que el trofeo de la Premier League se dé cuenta de que lo suyo es un amor imposible, como el de Romeo y Julieta, y en el que cada ser humano se identifique con él, con su drama, con John-Paul, porque todos hemos sufrido y sufriremos una pérdida alguna vez en la vida, reconozca su grandeza. Pero sobre todo un minuto -aunque merezca una eternidad- para que cada amante del fútbol le diga: gracias, de corazón, Steven Gerrard.

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