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Di María, por mí y por todos mis compañeros

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Hay en el perfume una fuerza de persuasión más fuerte que las palabras, el destello de las miradas, los sentimientos o la voluntad. La fuerza de persuasión del perfume no se puede contrarrestar, nos invade como el aire, invade nuestros pulmones, nos llena, nos satura, no existe ningún remedio contra él. Ángel es el perfume que nos invade cada día de partido y nosotros somos los pulmones que la fragancia invade.

Su ímpetu por conseguir lo inalcanzable, sus galopadas por tierras vírgenes para otros, todo ello deja una dulce esencia por el camino, una suave fragancia que nos invade. Equiparable al olor a jazmín, a gasolina, a coche recién comprado o al simple mate propio de Rosario. Di María hace de obrero, bombero, ideador, arquitecto y diseñador si hace falta, rellena todos los huecos vacíos, completa todo lo incompletado y recorre todo lo que queda por recorrer. Su última gota de fragancia aún perdura en esencia y olor escupida en la madera de una de las porterías de La Castellana.

Cerraba la noche, era la Copa de Europa, jugaba el Real Madrid y Di María fue el mejor. Esta vez lo hacía como rival, vestido de negro y era su vuelta al feudo blanco tras dos años de su marcha. El Madrid cumplió y ganó por la mínima asegurándose así el billete para Octavos de final como líder del grupo A y Di María, una vez más, fue el mejor en el Santiago Bernabéu.

El Madrid, sedado por las bajas, arrancó con Casemiro, Modric y Kroos en el centro del campo, arriba con Isco caído a banda izquierda y Jesé en derecha, se situaba en punta de ataque, Cristiano en el centro. Laurent Blanc fiel a su estilo, no cambió el sistema, arrancó con su 4-3-3 y Di María caído a banda, solo por momentos. Con la recaída de Verratti en el meridiano de la primera mitad y la entrada de Rabiot en detrimento del italiano, el PSG cambió su dibujo sobre el campo. Pasó al rombo en el centro del campo, Motta atrás, Rabiot caído en derecha, Matuidi en izquierda y el fideo como punta de este rombo enlazando con los de arriba. Este pequeño cambio, cambió mucho. Gano en balón y a base de pases por dentro, abrió por fuera. El PSG consiguió profundidad y encerró al Madrid de Benítez en los últimos minutos. Di María se hizo grande y nadie pudo frenarlo.
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La exhibición del Fideo en su regreso a la capital es una de las mejores exhibiciones hasta la fecha en la presente edición de la Copa de Europa. El abanico que presentó el argentino da lugar a una infinidad de ejecuciones puestas al goce y disfrute del respetado. Alguien se levantó, no me cabe la menor duda, pensaba que era de los suyos. Sentó a Isco, mareó a Nacho, dejó a Cavani solo ante Keylor y dibujó una curva perfecta con su zurda que acabó escupida en el larguero de la portería de Keylor. Levantó paredes y derrumbó muros.

El Bernabéu no rindió pleitesía, fue indiferente ante la vuelta del jugador de la Décima, si bien saben que de bien nacido es ser agradecido, esta noche el majestuoso y respetado público madrileño no lo fue. A cambio, Di María les hizo recordar, husmear una dulce fragancia que ya casi no recordaban. Y vaya, Madrid huele a mate de Rosario y eso que ganaron.

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