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Resurrección en Bolonia

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Como si se tratase de la fotografía en una película de Kieslowski, si hubiera que asociar un color a Bolonia, capital de la Emilia-Romaña, ese sería el rojo. Le llaman la ciudad rossa, no solo por el color rojizo de los tejados de sus edificios y de los ladrillos de sus veinte torres defensivas que aún se mantienen en pie, sino también por haber sido y ser todavía uno de los principales bastiones del Partido Comunista Italiano.

No se dejen engañar por la belleza de Irène Jacob porque, aunque la ciudad de los arcos se nos presente a primera vista como una Valentine escarlata posando ante un trozo de tela roja, Bolonia esconde tras este plano inicial siete secretos. Dicen que lo bueno de un secreto es precisamente su carácter misterioso, pero estos secretos boloñeses son secretos a voces y se pueden encontrar en las páginas de cualquier guía turística.

Desde la finestrella en Via Piella que deja al descubierto los canales de una antigua y piccola Venecia hasta las tres flechas asesinas clavadas en la madera y desviadas gracias al oportuno encanto de una dama. En la Piazza Maggiore podrán ver los viriles atributos de Neptuno y acercarse dando un paseo hasta al Arco de los Susurros, donde las paredes oyen y los curas confesaban a los leprosos sin temor al contagio. Cuando el sol está en lo más alto (en los meses que van de noviembre a marzo) en la meridiana de San Petronio se puede ver il sole in un buco y en la Piazza de Santo Stefano el mismísimo Satanás te vigila desde la fachada de una casa. El último de los secretos que esconde Bolonia también debe ser cosa del mismísimo diablo, ya que en los pórticos situados bajo la Torre Scappi se puede leer en un fresco la siguiente inscripción: “panis vita, canabis protectio, vinum laetitia” (el pan es vida, el cannabis es protección, el vino es alegría).

 

Algunos coinciden en señalar un octavo secreto: el reloj de la estación de ferrocarril, que continúa marcando las 10:25h en homenaje a las 85 víctimas del atentado que sacudió Bolonia el 2 de agosto de 1980. Las conexiones entre el servicio secreto militar italiano y las organizaciones neofascistas, responsables de la masacre, se ven reflejadas un capítulo de la exitosa serie “Romanzo Criminale”. Precisamente en una de las más bellas escenas de esta ficción televisiva aparecen los tres capos de la banda de la Magliana, el Libanés, el Frío y el Dandi, jugando al fútbol en la playa con tres desconocidos. Y es que parece haber futbolistas capaces de reproducir este espíritu de pachanga entre amigos ante miles de personas, sonrisa en la boca y pantalones de campana incluidos. En cambio, otros muchos no se pueden permitir tal privilegio, sobre todo si los resultados o su rendimiento personal no son los esperados.

 

Baggio, Signori, Di Vaio y Gilardino

Un puñado de delanteros han hecho su particular peregrinación al Renato Dall’Ara, el estadio del Bologna FC, en busca de un remedio para su mal común: la falta de puntería.

Por orden cronológico y por ser uno de los mejores jugadores italianos de la historia, Roberto Baggio debe ocupar el primer puesto de esta lista. El Divin Codino, un recuerdo vago e infantil del Mundial USA, no entraba en los planes de Fabio Capello para su Milan y, a pesar de las reticencias del técnico rossoblu Renzo Ulivieri, llega finalmente a Bolonia en el verano del 97. Su actuación fue como la de un héroe épico que, desterrado de su reino, ganaba batallas y marcaba goles para tratar de recuperar su honra. Espada en mano, anotó 22 dianas en Serie A que le sirvieron al equipo para alcanzar puesto de Intertoto y al propio Roby para ser convocado por Cesare Maldini para el Mundial de Francia 98. Para el recuerdo queda el doblete firmado frente al Milan, su particular vendetta.

 

Para sustituir al fantasista Baggio se apostó por otro bomber consolidado en el campeonato italiano, Giuseppe Signori. Sus 127 goles en 195 partidos con la Lazio hablan a las claras de la talla de este atacante que, tras una relación conflictiva con Sven-Göran Eriksson y una temporada irregular en la Sampdoria, llegaba al equipo felsineo. En su primer curso con la camiseta del Bologna llevó al club a disputar una histórica semifinal de UEFA en la que cayeron frente al Olympique de Lyon. Su gol con sombrero al defensor ante el Udinese podría incluirse con total seguridad en alguno de los muchos recopilatorios de highlights de Matt Le Tissier.

Marco di Vaio, al que recordamos por su paso por Valencia, ha sido otro de los que relanzó su carrera en el Renato Dall’Ara. Su hoja de servicios contempla 65 goles en cuatro temporadas. En una de ellas consiguió la cifra de 24 y se quedó a solo un gol del capocannoniere ese año, Zlatan Ibrahimovic. Su puesto lo ocuparía otro clásico del Calcio, Alberto Gilardino. Cedido por el Genoa marcó 13 goles en la temporada 2012-1013. Antes de retornar a Génova se ganó con su clase el corazón de los tifosi boloñeses y sus conciertos para violín resuenan todavía a través de los arcos de la ciudad.

 

Mattia Destro, ave fénix

Quizá tengamos que acudir a otro punto de la geografía de la ciudad, el Teatro Anatómico del Archiginnasio, para saber lo que pasa por la cabeza de Mattia Destro. El delantero marchigiano es un atacante muy completo y una de las grandes esperanzas del fútbol transalpino, pero no ha sabido todavía consolidarse como un punta de primer nivel. El ex de la Roma busca en Bolonia al menos igualar los guarismos alcanzados en su temporada en Siena mientras sueña con la llamada del seleccionador Antonio Conte.

El inicio de campaña no ha sido bueno, pero la llegada de Donadoni al banquillo parece haber cambiado las cosas y Mattia recupera su confianza a base de goles. Suma ya seis y en Bolonia confían en lograr la permanencia. La ciudad que ha visto nacer al poeta delle ceneri espera también que Destro, su particular ave fénix, resurja de sus cenizas e imite la trayectoria de antiguos ídolos que resucitaron en Bolonia.

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