Deporte con estilo

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Deporte con estilo (capítulo II): El fútbol es así

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Llega el Mundial de fútbol y con él el momento más esperado del cuatrienio para muchos millones de personas que, durante un mes, vivirán pendientes de la pantalla de televisión y supeditarán su estado de ánimo a la actuación de once jugadores que les representarán bajo un himno (son letra o sin ella) y una bandera. La cita, que cobra especial trascendencia en España ahora que el modelo territorial del Estado está en entredicho, convierte a los medios de comunicación en portavoces amplificadores de un sentimiento patriótico que últimamente solo se recarga a base de éxitos deportivos y en instigadores de un sueño que quiere volver a ser realidad después de que la selección lograse lo que se denominó -con más o menos acierto- “triple corona” al encadenar tres títulos consecutivos en sendos campeonatos internacionales.

Y para transmitir el sueño de que “un póquer histórico” es posible y contribuir a que la catarsis de la colectividad prosiga un tiempo más para hacer olvidar momentáneamente los muchos problemas que nos rodean, los medios de comunicación nacionales no dudarán en enfundarse la camiseta del “jugador número doce” – ahora de “la Roja”, qué lejos quedan los días de “la Furia”-, en apelar a la épica frente al “rival a batir”, aunque se sabe que en el fútbol “no hay enemigo pequeño”, ni mucho menos.

El advenimiento de un nuevo Mundial -o Copa del Mundo, si se prefiere- propicia la consagración de los viejos tópicos futbolísticos, clichés vacíos de contenido que empobrecen el texto al no aportar riqueza léxica ni información alguna, pero cuyo uso tranquiliza y contenta a la mayoría. Las frases manidas son hasta esperables en un contexto pasional como el fútbol, donde las expresiones de toda la vida son códigos comúnmente aceptados y sirven de excusa a algunos periodistas para no elevar demasiado el nivel de su léxico y ampararse en fórmulas muy coloquiales para hacerse entender mejor.

Lo cierto es que no hizo falta esperar mucho para colegir que este no será un Mundial diferente desde el punto de vista informativo. Apenas unos minutos después del sorteo celebrado el pasado mes de diciembre en Costa de Sauipe, en el estado de Bahía, los primeros tuits y flashes de agencia ya destacaban que a España “le había tocado bailar con la más fea” al quedar encuadrada nada menos que en “el grupo de la muerte”, junto con “la Naranja Mecánica” (Holanda) y “la otra Roja” –Chile era “la Roja” mucho antes de que lo fuera España-. Se trata de dos “rivales de envergadura” o, lo que viene a ser lo mismo, dos “huesos duros de roer”, mientras que el papel de “cenicienta” en este grupo corresponde de forma unánime a los “socceroos” (Australia).

Otros grupos también se adueñaron de similar calificativo trágico, especialmente el formado por tres selecciones que han sido campeonas del mundo – “los charrúas” (Uruguay), “la squadra azzurra” (Italia) y los “pross” (Inglaterra)- además de los “ticos” de “Tricolor” (Costa Rica). También se prevé igualdad en el integrado por “Die Mannschaft” (Alemania), las “estrellas negras” de Ghana, la “Seleçao das Quinas” (Portugal) y Estados Unidos.

En Brasil no estarán los ‘plavi’ (los azules de Serbia, que heredaron el sobrenombre de la antigua Yugoslavia) ni otros como “los hijos del desierto” de Arabia Saudí, pero a cambio tendremos a “los diablos rojos” de Bélgica, los “leones indomables” de Camerún o “los tigres de Asia” (Corea del Sur), que se sumarán a los fijos, los que nunca o casi nunca fallan: “la canarinha” (o “verdeamarelha”), “la albiceleste”, los “Bleus” o la “Tricolor” de México.

Lógicamente, “la suerte va por barrios” y de otras selecciones se dice que “les ha sonreído la fortuna” al tener en su grupo rivales más “asequibles”, los cuales aspiran a “dar la campanada” en la primera fase. No obstante, técnicos y futbolistas “se quitan presión” diciendo que en ningún caso son favoritos, que en un partido “son once contra once”, que cada choque “será a cara o cruz” y “dura noventa minutos”, que en un encuentro mundialista “todo es posible”, que en cualquier caso “lo importante es no perder” en el debut, “que habrá que poner toda la carne en el asador” y, llegado el momento, habrá que “tirar de oficio” para sacar adelante los partidos más complicados, ante equipos “pertrechados atrás” y con “defensas inexpugnables”.

Porque en un campeonato con estadios “llenos a rebosar”, “hasta la bandera” y “con el cartel de no hay billetes”, dar espectáculo es lo de menos. Lo realmente importante es ganar “sí o sí” y clasificarse, aunque sea “a trancas y barrancas”, con un “gol psicológico” “al filo del descanso” (“sobre la bocina”) o “salvando los muebles” en “un final de infarto” de un “partido no apto para cardíacos” y a ser posible “en el último suspiro”, “atacando a la desesperada” y enviando “balones a la olla”. Porque, en realidad así es más emocionante que hacerlo “sin despeinarse” en un “partido de guante blanco” donde el oponente, ‘un esparrin” o “una perita en dulce”, “tira la toalla a las primeras de cambio” y ni siquiera puede marcar el “gol del honor”. Los partidos emocionantes son los que, de verdad, “crean afición”.

Pero tarde o temprano las cosas se tuercen. Y los árbitros cometen “errores garrafales”, también denominados “de bulto”, lo que hace que algunos los quieran “mandar a la nevera”; algunos futbolistas clave en sus selecciones tienen la mala suerte de “romperse”, los entrenadores mandan a “chupar banquillo” a los más indisciplinados del vestuario, los delanteros “tienen la pólvora mojada” y no son capaces de “hacer un descosido” a la zaga rival, “un muro infranqueable”, ni de “robarle la cartera al defensor” porque están sometidos a “marcajes férreos”; o bien llega “la bestia negra”, ese equipo temido que históricamente inflige “duros correctivos” y logra “reverdecer laureles” con “victorias sin paliativos”.

Llegado el momento, por muchas excusas que esgriman unos y otros, la eliminación cae como “un jarro de agua fría”, como “un palo toda regla”, y en todo caso “lo peor es la cara de tonto que se te queda”. Aunque si se juega bien, al menos, el técnico de la selección victoriosa “se deshará en elogios” hacia el perdedor, quien se consolará entonando la célebre sentencia de “jugamos como nunca y perdimos como siempre”. Al fin y al cabo, “el fútbol es así”.

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