Deporte con estilo

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Deporte con estilo (Cap. V): Gentilicios que se resisten

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Saber de geografía es una exigencia, más aún si se es periodista deportivo. Y nunca está de más repasarla para evitar la comisión de errores cuando en una crónica tenemos que referirnos a la nacionalidad de un deportista, a la zona del mundo donde su ubica determinado país o a la localización de la sede que alberga una competición.

Lejos de tratarse de una cuestión que ofrezca soluciones consensuadas ni en el ámbito académico ni mucho menos en la redacción periodística, conviene recordar algunos de los usos incorrectos o dudosos de gentilicios más habituales en las páginas deportivas, los cuales, en un alto porcentaje, vienen motivados por la necesidad del periodista de hallar formas sinónimas para evitar repeticiones en las segundas o terceras referencias a un atleta o a un equipo dentro del mismo texto.

Entre los gentilicios que suscitan más vacilaciones, se encuentra keniano. En las informaciones que versan sobre atletismo, donde los fondistas de Kenia son una potencia indiscutible desde hace años, los medios de comunicación adolecen de falta de consistencia al referirse a la nacionalidad de estos deportistas. El verdadero gentilicio de este país africano es keniano y no keniata, que es el apellido del que fuera presidente de Kenia desde su independencia en 1963 hasta 1978, Jomo Kenyatta. No obstante, esta alternativa es recogida por la Nueva Ortografía de la Asociación de Academias de la Lengua Española, que, una vez más, ha acabado admitiendo un nuevo vocablo con su significado por lo extendido de su uso entre los medios de comunicación y los ciudadanos.

En esa búsqueda denodada por el sinónimo, el periodista puede llegar a cometer importantes imprecisiones. Así, por ejemplo, la mención de un deportista o un equipo de México deberá ser siempre la de mexicano y no azteca, que no es un gentilicio sino una referencia histórica, la del ‘individuo de un antiguo pueblo invasor y dominador del territorio conocido después por el nombre de México’, como recuerda la Fundación del Español Urgente (Fundéu BBVA). Más grave resulta referirse al mexicano como centroamericano o, peor incluso, suramericano, en lugar de norteamericano (hay que recordar que México es uno de los tres estados de América del Norte y que se encuentra fuera de la franja territorial de América Central, que es la comprendida entre Guatemala y Panamá, y en la que también se incluyen las islas del Caribe).

De igual forma, el nacido o nacionalizado en Turquía serán turco y no otomano (nueva asociación a un periodo histórico lejano, la dinastía que se extendió desde el siglo XIII hasta 1923); y el natural de Francia será, a ser posible, francés antes que galo (los galos no fueron el único pueblo en el actual territorio francés, en el que también estuvieron los francos, los normandos y los romanos; y la Galia fue una zona que no solo ocupó una parte de Francia, sino también de otros países como Bélgica, Holanda, Suiza, Austria e incluso una pequeña zona del norte de Italia).

Por otra parte, si bien es cierto que la denominación “islas británicas” está muy extendida para designar a Gran Bretaña e Irlanda, esta última no es británica más que en la porción que ocupa Irlanda del Norte. Un irlandés no es británico bajo ningún concepto; el hecho de que haya dos Irlandas en determinados deportes no justifica que se produzca esta confusión. En las competiciones deportivas por selecciones o naciones, como es el caso de los Juegos Olímpicos, hay que hablar de Gran Bretaña, no del Reino Unido, que será la referencia a la forma de organización política, al Estado. Este lo conforman Gran Bretaña, Irlanda del Norte y los territorios de ultramar, muchos de los cuales cuentan también con federaciones deportivas propias en varias modalidades (Gibraltar, Islas Vírgenes Británicas, Bermudas o Islán Caimán, entre otros). Por otra parte, en el fútbol, el rugby o el golf, habrá que especificar siempre si los deportistas son ingleses, escoceses, galeses o norirlandeses, según la federación a la que pertenezcan.

Otros sinónimos de gentilicios habitualmente mal hallados son carioca (de la ciudad de Río de Janeiro; el del estado de Río es fluminense) como equivalente de brasileño; paulista (del estado de Sao Paulo) como sinónimo de paulistano (de la ciudad de Sao Paulo); bonaerense (provincia de Buenos Aires) en vez de porteño (de la capital federal de Buenos Aires); o flamenco en lugar de belga. También en este último caso, el periodismo deportivo hace uso de la metonimia al emplear una parte (la región de Flandes) para referirse a un país entero. Efectivamente, todos los flamencos son belgas pero a la inversa, ya que también los hay valones (región del Sur mayoritariamente francófona, donde se localizan clubes como el Standard de Lieja o el Charleroi, o recintos como el circuito de Spa Francorchamps).

Algunos países como Finlandia y Holanda-Países Bajos suscitan confusión porque las formas para aludir al idioma y la nacionalidad son casi intercambiables. Así, los términos finlandés y finés pueden usarse como sinónimos, pero se prefiere el empleo del primero como gentilicio y del segundo para la lengua que se habla allí. Por su parte, el gentilicio de Países Bajos es neerlandés, que, tal como recoge el Diccionario panhispánico de dudas, también se emplea, como sustantivo masculino, para referirse al idioma. Pese a que Holanda designa estrictamente una región occidental de los Países Bajos, es frecuente oír esta palabra en el habla corriente para referirse a todo el país y, como consecuencia, hacer lo propio con el término holandés como gentilicio.

En otros supuestos, las referencias a una nacionalidad se usan indebidamente cuando se señalan como sinónimos de adjetivos de pertenencia a ciertas religiones. Por ello, no es apropiado llamar hebreo a un deportista israelí – y menos aún a un equipo o selección, cuando no todos tienen por qué ser judíos; de hecho suele haber muchos nacionalizados que no profesan esa religión-. Israelí es el adjetivo con que se conoce a los habitantes del estado de Israel, sea cual fuere su creencia religiosa. De la misma manera, no es correcto referirse a un deportista natural de India como hindú en vez de indio, cuando no todos los habitantes del segundo país más poblado del mundo practican el hinduismo; los hay también cristianos y musulmanes, entre otras creencias. Y entretanto, los conceptos árabe y musulmán se intercambian como sinónimos cuando no lo son. De hecho, países con mayoría de población que profesa el Islam como Indonesia, Pakistán o Turquía no son árabes.

La vaguedad muchas veces se apodera de las informaciones cuando en ellas se recurre a adjetivos que no designan solo un país sino una zona o región, tales como balcánico (no son solo los exyugoslavos, sino también los rumanos, albaneses, búlgaros o griegos) o nórdico, como equivalencia por aproximación del término escandinavo (los islandeses son, desde un punto de vista lingüístico, nórdicos, pero geográficamente no son escandinavos; estos solo son los habitantes de los países que conforman la Península Escandinava, es decir, Suecia, Noruega y, por extensión, Dinamarca).

En cualquier caso, el nacimiento de nuevos Estados (con los –de momento- últimos reconocidos internacionalmente, Timor Oriental y Sudán del Sur, ya son 193 según la Organización de Naciones Unidas), nos exige actualizar nuestros conocimientos para estar al corriente de la situación internacional. Aun así, siempre hay varios gentilicios que suelen resistirse más que otros, ya sea por su rareza o porque están abiertos a ambivalencias. Entre ellos, se encuentran los de Malí (maliense o malí), Angola (angoleño o angolano), Ucrania (ucraniano o ucranio), Bahamas (bahamés o bahameño), Sri Lanka (esrilanqués o ceilandés) e incluso Jamaica (jamaicano o jamaiquino, este último más usado en países hispanoamericanos).

El empleo adecuado de los gentilicios y resto de referencias geográficas en las informaciones sobre competiciones deportivas internacionales no solo dará precisión a los textos que redactemos, sino que además conferirán mayor consistencia y credibilidad a las historias que estemos contando.

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