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DeMar DeRozan: De hijo del sur a rey en el norte

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El sol se pone en el salvaje oeste, alumbrando la comida de los habitantes al otro lado del pacífico. Así día tras día. Y durante esas 24 horas, sin descanso alguno, una ciudad al sur de Los Ángeles navega a la deriva. Entre los problemas raciales, la pobreza, la marginación, la delincuencia, y los abusos policiales que agitan y conmocionan al estado de California, nace en Compton, un 7 de agosto de 1989, Demar Derozan.

Silencioso, pulcro, tranquilo y sobretodo leal, palabra que lleva tatuada en su mano izquierda, The Blessed One (el bendito) como le apodó su abuela, es un chico sencillo, que desde pequeño miró el baloncesto con entusiasmo, entregándole su tiempo, sin conocimiento de una posible recompensa por ello. Una historia como muchas otras, pero solo en la fachada, por dentro tiene sus matices. Todo empieza siendo un juego, pero para algunos, este juego acaba siendo el centro de su vida.

Si hiciésemos caso a la estadística, DeRozan es un “superviviente”. Se salvó de caer en el mundo de las bandas callejeras y trabajó duro para situar a Compton en el mapa, como el mismo dijo a su primer entrenador de baloncesto en el instituto.

Desde pequeño fue un “héroe” local. Entre un tumulto de gente que vive condicionada por un lugar, un joven discreto en casa y ruidoso en el parqué, se propuso intentar cambiar las cosas, y salirse de la estadística, para llevar la sonrisa, aunque fuese por unos instantes, a un rincón maltratado del planeta. Hasta los más peligroso criminales de la ciudad paraban sus fechorías por verlo jugar. DeMar reflejaba la esperanza en una pequeña urbe donde es difícil encontrarla.

Fue allí, en Compton, donde comenzó su andadura. Tras sus años de instituto, del que se marchó siendo All American, la universidad del sur de california (USC) se encargó de abrir sus puertas y sacar la alfombra roja, para que un chico tan prometedor, vistiera cada encuentro de la temporada 2008-2009 en la NCAA, la camiseta de los Trojans.

Un año allí fue suficiente para confirmar lo visto hasta entonces. DeMar, promedió 13,9 puntos y 5,7 rebotes, y la NBA tiro su puerta, se coló en su casa, lo engatusó con solo mencionar su nombre, y le llevó al draft, para que Toronto le reclutase. Entre el resto de jóvenes talentosos enfundados en sus costosos trajes y queriendo ser el nuevo Michael Jordan en la mejor liga del mundo, los canadienses escogieron al californiano.

Lejos del cálido estado en el que creció, el norte grito su nombre, y Derozan, ante tal reclamo (numero 9 draft 2009) hizo las maletas y puso rumbo a su nueva casa, su nuevo hogar. -Las calles de Toronto son muy distintas a las de Compton– debió pensar nada más llegar, pero eso no fue problema, pronto se adaptó al entorno.

Desde su desembarco en Canadá, ha ido creciendo como jugador. Nunca ha dejado de ser ese escolta que cautiva en cada mate, pero no se ha quedado solo en eso, ha evolucionado, y se ha ganado un sitio en el firmamento de las estrellas NBA, justo al lado de la estrella polar. Siempre apuntando al Norte.

Curso tras curso, y ya van siete, ha defendido a los Raptors, se ha ganado el respeto y el calor de una afición cansada de ver como sus jugadores insignia abandonan el barco antes de llegar a la orilla y pisar tierra firme. Son pocos los que se mantienen al pie del cañón en Toronto, y el más destacado de los últimos tiempos ha sido él, el diez. Al igual que los cierzos que mecen las aguas del lago Ontario o la aurora boreal, Demar se deja ver cada cierto tiempo paseando por las avenidas de la metrópoli.

Pudo abandonar y volver a casa este pasado verano, para de nuevo, con el calor del sur, llevar las riendas de una franquicia histórica como los Lakers. Ser el nuevo Kobe en los Ángeles. Sin embargo no lo hizo. Él no es la “Mamba”, es “The Blessed One”, y su corazón es rojo como la camiseta de los Raptors. Tras esta sabia decisión, por lo que estamos viendo, se ha propuesto, un año más, llevar a su equipo lo más alto posible. Quiere alcanzar la cima con ellos, y solo con ellos. Estuvo cerca de ello el pasado curso, y este vuelve con más fuerza que nunca para lograrlo.

DeMar ha iniciado esta campaña batiendo récords de la época de Michael Jordan (anotar al menos 30 puntos en ocho de los primeros nueve partidos del curso), y su nombre ha salido en cada conversación dedicada al baloncesto.

No somos conscientes, pero cada vez que lo pronunciamos, hablamos de un monarca, pues es suyo el trono, hasta ahora sin dueño, de la ciudad canadiense. De hijo del sur a Rey en el Norte, un rey que un día dejará su silla para volver a Compton, su ciudad, ahora sí, situada en el mapa del baloncesto como el mismo dijo años atrás.

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