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Lágrimas dulces

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Hay derrotas que duelen menos. Lloras, pero son lágrimas de sanación. Efecto balsámico en el alma y vitaminas para el cerebro una vez este haya asimilado lo sucedido. En ocasiones te topas con alguien que en el encuentro de turno ha sido mejor que tú y te apea de la competición en la que estás inmerso. Y sin embargo, sales por la puerta grande porque entiendes que de nuevo eres capaz de hacer frente a aquellos que parecían inalcanzables no hace tanto. Las lágrimas de Juan Martín del Potro son poesía para los románticos.

¡Qué verano el del argentino! Soy de los que se alegró sobremanera del campeonato realizado por ‘La Torre de Tandil’ en los pasados Juegos de Río. Incluso tras su victoria sobre Rafa Nadal, tuve que sonreír. Incluso sabiendo que la paliza que se habían dado esos dos gladiadores les penalizaría en el último partido, aquel en el que se iban a repartir las medallas. Pero haber ganado esa batalla aseguraba un metal que en este caso tiene más valor que la mismísima presea dorada. Una plata con sabor a gloria, a justicia, a redención. Y es que Delpo lo ha pasado mal, muy mal, antes de volver a verse como un igual en el circuito ATP. El torneo olímpico además, significó su regreso a Nueva York, pues los organizadores del evento le ofrecieron una “wild card” para ser de la partida en su evento fetiche.

Cuarto set del partido de cuartos de final del USA Open de 2016, el mismo torneo que conquistó hace ya 7 años, a sus tiernos 20, para confirmar todo aquello que venía apuntado por entonces. Stan Wawrinka se dispone a cerrar el duelo con su servicio. Con el 5-2 y saque, yendo 2 a 1 en el marcador, se sabe semifinalista. Del Potro también. Y el público asistente, lo mismo. Y es en ese instante cuando sucede. La magia del deporte. Los premios invisibles. En un arrebato colectivo, los aficionados que copan la grada se ponen en pie y aplauden hasta que las palmas se enrojecen. Silbidos, vítores. “Oé, oé, oeeeeé, Delpo, Delpo, Delpo…” Y la mente de Juan Martín, ese argentino que un día estuvo destinado a ser alternativa a los más grandes, por un momento toma un billete de ida a cualquiera de las estaciones que ha frecuentado estos últimos años. Tanto sufrimiento, tanto dolor…

Ese casi minuto y medio de reconocimiento prolongado que se mete por los poros y alcanza el alma. Con más peso que la copa que levantó en 2009. Se lleva las gargantas de una afición que algo sabe de este deporte. Porque en Flushing Meadows se respira tenis. Y se entiende de tenis. Allí, el hombre más querido ahora mismo del mundo de la raqueta se derrumba, y no parece tan grande. Deja paso a una vorágine de sensaciones encontradas. Aquellas que le llevaron a plantearse seriamente la retirada frente a las otras que le decían que no bajara los brazos, que continuara la lucha. Y cada lágrima que nubla su vista es un día del calendario marcado a fuego en sus entrañas. Es una mañana que no invita a levantarse porque por la ventana asoma el gris de otra jornada en la que no recogerás fruto alguno. Es ver los partidos de los que fueron tus rivales por la televisión, y no saber si apagarla o dejarla encendida para continuar flagelándote. Es un nuevo revés en una recuperación interminable, cuyo horizonte parece cada vez más lejos, como en esas películas de suspense en las que intuyes un desenlace fatal y te tapas la mirada con los dedos entreabiertos, tratando ingenuamente de minimizar los daños. Es el saber que estabas destinado a marcar una época y sentirte preso de algo que supera tu predisposición, y te pone contra la pared en el rincón del olvido.

Pero tú sabes quién eres. Recuerdas que un día ganaste al más grande de todos los tiempos tratándolo de tú a tú y siendo superior. Almacenados en el archivo de tu cabeza tantos partidos ante esos monstruos del tenis a los que lograste imponerte. Y saberte un jugador de aquellos que el resto no desea en su lado del cuadro cuando se sortean los emparejamientos antes de arrancar el torneo de turno. Y de pronto, crack. La muñeca te dice que ella se baja, que te quedas solo, mientras le susurra a tu intelecto tratando de convencerlo de que rendirse es la mejor opción. Al quirófano y parón que se hace eterno. Vuelves. Con todo, para seguir donde lo dejaste. Entonces la misma articulación, pero del otro brazo también quiebra. A la sala de operaciones otra vez. Regresas, como ya hiciste. Pero el dolor no desaparece. De modo que tras varias cirugías en ese antebrazo maldito, tu aspiración no va más allá de no pelearte con el juego, no llegar a odiar al deporte que te dio y al que le has dado tanto, y tan solo tomarte el tiempo necesario para recuperarte como persona, dejando a un lado al tenista.

No sé qué puede pasar por la cabeza de un hombre que sabe de su potencial y no tiene la oportunidad de mostrarlo. Tiene que ser duro, muy duro. Ya no solo en el aspecto físico. Cuando en apenas 12 meses, y tras poder salir a la pista únicamente 6 veces durante ese período, pierdes 480 puestos en el ránking mundial. Cuando te repones hasta retornar a la élite, logrando una medalla en unos Juegos Olímpicos (bronce en Londres, 2012), y, ya instaurado de nuevo entre los grandes, caes a los infiernos por enésima vez. Cuando te dicen, al arrancar la temporada, que hay 1.041 jugadores profesionales mejores que tú. No sé qué clase de belleza existe en la locura de intentarlo de nuevo. Tiene que ser amor, no encuentro otra explicación razonable. El amor que te provoca insomnio, que te eleva el ritmo cardíaco, que te hace ser valiente a pesar de que todo está en contra. Debe ser pasión. La pasión de los que desean con todas sus fuerzas, de aquellos que luchan agotando sus reservas sin guardarse nada para luego, y no desisten hasta convertirse en inmortales.  No sé a ciencia cierta que clase de lunático volvería a empezar de cero, en serio; pero qué bueno que lo hayas hecho tú, Juan Martín.

Hoy Delpo deambula por el circuito sin entrenador, sin ataduras, viviendo libre. Como él mismo afrimó recientemente, “sin instrucción específica para jugar contra otro rival”. Viaja con el equipaje indispensable, sin ambiciones más allá de disfrutar del instante, de saberse parte de algo mayor. “Voy a ir hacia donde el tenis me lleve”. Esta semana el deporte de la raqueta le ha recompensado con algo que llenaría tantas maletas como pudiese adquirir en la capital del mundo, y que sin embargo, caben en el corazón de un gigante. “Es algo difícil de describir con palabras. Nunca olvidaré esto. Es más grande que ganar cualquier partido. Estoy muy orgulloso de recibir esto de la gente, porque hice un gran esfuerzo para jugar de nuevo al tenis. Me hicieron muy feliz esta noche, tanto que no importa el resultado. Es el mejor premio y lo más fuerte que me llevo de este US Open”.

Tal vez Del Potro esté visualizando un sueño. Ese que se tiene de niño, y esté divirtiéndose como tal. Existe un profesor español que hoy es referencia mundial en educación infantil. Cuando se le pregunta, comenta que una de las claves de la vida, de la felicidad, y del entendimiento con los niños, está en un tubo que nos conecta con nuestra infancia, ya que todos hemos sido pequeños alguna vez. Sostiene que cuando más se disfruta es cuando uno es capaz de recordar cómo eras en tu infancia y vuelves a vivir con esa alegría, sin determinadas leyes muchas veces autoimpuestas que tanto te condicionan en tus quehaceres. Puede que el sufrimiento haya despejado el tubo del tandilense. Y quizá le haya recordado lo verdaderamente importante: ser capaz de alegrarse con lo que uno hace.

Como yo me alegro de poder dedicarle estas líneas a Juan Martín Del Potro.

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