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Déjà vu inglés en Riazor

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Estuve el pasado año en Inglaterra, soñando despierto, saboreando la Premier League y su ambiente. Mis ojos, mis oídos y mi alma fueron conquistados rápidamente, en sintonía. El balón se bailaba al ritmo de las voces que unían todo un estadio, alentando a su equipo de una forma irracional. La liga inglesa es realmente indescriptible, e invito a todo ser enamorado del deporte rey que intentar vivir una experiencia así, es la única forma de captar la esencia del país que inventó el fútbol, y notar como la afición ha ido evolucionando, pero jamás bajando la intensidad de su voz.

Deja vu es un término francés que significa “ya visto”. El concepto describe la sensación que experimenta una persona al pensar que ya ha vivido con anterioridad un hecho que, en realidad, es novedoso.

Este sábado, a las 16:15 de la tarde en La Coruña, el saque inicial haciendo la función de un botón que da comienzo a todo, dio permiso a las gargantas gallegas a iniciar el canto que da fuerza las piernas deportivistas en Riazor. En ese preciso momento en el que empieza todo, tuve el déjà vu más real que he tenido nunca. Vi la misma ilusión que había visto en los ojos de los niños ingleses, vi la misma intensidad de canto que un día vi en las gargantas inglesas, vi la misma fidelidad indiscutible que mis ojos habían analizado en las almas del aficionado inglés. La afición gallega me había vuelto a llevar allí, tenía una sensación tan parecida a la vivida en el estadio inglés que me costaba creerlo.

El partido fue contra el Atlético de Madrid, un encuentro en el que realmente el conjunto colchonero no brilló y decepcionó de nuevo, y el Deportivo con un Cartabria desequilibrante y un equipo muy coordinado y serio consiguió plantar cara y hacerse notar. Los gallegos en defensa estuvieron sólidos, y se encontraron muy cómodos para elaborar combinaciones y llegar a puerta, pero como durante toda la liga les faltó gol y finalización, que al fin y al cabo es lo más importante para poder conseguir puntos. La última palabra la tuvo el Atlético de Madrid, que no había prácticamente llegado a puerta con una falta al borde del área que definió Thomas tras un pase corto de Gabi.

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En ningún momento del encuentro la gente que ocupaba los azules asientos me permitió escuchar al aburrido silencio, y gritó aún más fuerte cuando su equipo fue goleado. Esa fue otra de las cosas que me emocionó y me hizo volver a Inglaterra, las grandes aficiones están en las buenas, pero en las malas apretan aún más, como aquel Liverpool en la final de la copa de Europa, que pudo remontar un 3-0 al Milán en tan solo una parte con la ayuda incondicional de su afición, que con cada gol en contra parecía que cogía más fuerza.

Ningún pito ni abucheo, eso no cabe en Riazor. 

Antes de abandonar el estadio, cerré los ojos e intenté imaginar el ambiente en aquel estadio en los mejores días de Bebeto, en la goleada al Milán en la copa de Europa, o en aquella inolvidable semifinal contra el Porto. Riazor me enamoró con los 5 sentidos, pero también con la cabeza, siendo consciente de que la historia del fútbol puede ser mucho más bonita con aficiones así.

No dejemos que las aficiones y los jugadores sean cada día más agua y aceite, separados involuntariamente sobretodo en los grandes equipos por los altos precios que la afición tradicional no se puede permitir. Intentemos que todas las aficiones sean igual de mágicas, intentemos tener sensaciones mágicas todas las semanas, en todos los escenarios. Que la afición no muera, que se unan cada día más gargantas en una sola voz, gritemos gol, lloremos derrotas y celebremos títulos, pero hagámoslo todos juntos, así todo es mejor.

Que el silencio no se apodere de las gradas.

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