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David Villa, Sin Perdón

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Amigo, sé que no te despedimos como merecías. Fue un adiós gélido, pocos días después de aquella final y, compréndelo, todavía andábamos retorcidos de dolor, apestando a fado y derrota cuando lo anunciaste. A duras penas nos habíamos levantado de la lona. Pero, muchacho, sé que no es excusa, merecías una despedida sin aroma a la sala de espera de un aeropuerto. Y vayan estas letras para desagraviarte.

Fichaste por el Atleti sólo un año antes, aún manejando ofertas más suculentas llegadas de ligas lejanas, de las que te exigen tener dos cuentas en el banco para dar cabida a todo el dinero. Pero cuentan que una charla con Simeone te ganó para la causa Atlética. Pagaría por la caja negra de aquella conversación, porque la figuro con el Cholo, de negro impecable, en una suerte de Yul Brynner, persuadiéndote para que fueras el 7 de sus Magníficos a cambio de “veinte dólares, comida y seis semanas disparando por unos granjeros”. Le imagino conversando contigo, enrolándote en una última misión, explicando que un delantero como tú sólo está retirado dos temporadas después de que le hayan hecho su partido homenaje. Y aceptaste sabiendo lo que implicaba: que cada partido es una batalla y en cada balón está la oportunidad de demostrarlo. A cambio te ofrecía una nueva aventura, posiblemente la última.

 

Muchacho, nos sedujiste pronto. En el primer envite importante, la Supercopa, nos enfrentábamos al Barcelona, tu ex-equipo, y te bastaron doce minutos para exponer que lo tuyo son los goles y no las nostalgias. Era tu debut en el Calderón y dejaste claro que llegabas al Atlético a no regatear una gota de sudor. Que cuando te uniste a la banda del Cholo tenías claro que contrataban a un asesino del área y no a la fama del asesino de área. Esa fama que ya te habías ganado mucho antes, la primera vez que nos cruzamos. Cuando nos despeñamos a Segunda División y se decoloraban las rayas rojiblancas por las lágrimas. Tú eras la nueva joya de Mareo, en un Gijón atascado en la categoría de Plata. Ahí me fijé en ti por primera vez, porque ya se notaba que eras el más listo de la clase, el tipo que podría robar la cartera a un carterista. En Zaragoza estuvieron rápidos para comprar tu repertorio de goles: de falta, de cabeza, con las dos piernas y algunos goles tan elegantes que parecía que los metías de usted. Y en Valencia aún más hábiles al prever que eras capaz de superar los 32 goles en 2 ligas de La Romareda: 129 goles lograste en Mestalla en cinco temporadas y una reputación de asesino de redes y porterías, con la dificultad que lleva siempre hacerlo desde un equipo alejado de los focos. Y a la vez, con la selección, cimentabas tu récord como goleador. Aunque al principio hubo cierto debate sobre quien debía ser el 7 de la Roja, éste quedó zanjado con la contundencia que da siempre apoyar tus argumentos en las estadísticas, las balas de un revólver o unos ojos verdes a juego con sonrisa. A día de hoy no existe discusión. Máximo goleador histórico y pieza clave en dos entorchados: Eurocopa y Mundial. Y sólo una fractura de tibia te privó de una segunda Eurocopa. Y siempre, cada vez que podías, un guiño a tu Sporting y un recuerdo para un símbolo como Quini. Y yo pensaba que por muy pocos escrúpulos que tuvieras con el “revólver” tipos con tus principios los quiero siempre en mi equipo.

Jugando a ese nivel parecía claro que saldrías del Valencia. Incluso te llegaron a vestir con la camiseta del Real Madrid con el sello de fichado, pero lo cierto es que quedaste varado un año más en Mestalla, con la salida pactada al final de la temporada aunque con diferente destino: Barcelona. Pero seamos claros, llegaste a un club en el que nunca terminarías de encajar. Aunque en esas tres temporadas seguías sudando talento, por el motivo que sea, te convertiste en un jugador de reparto en un club con más estrellas que el teatro Kodak la noche de entrega de los Óscar. Lograste títulos, pero siempre diste la sensación de no disfrutarlos, como si no sintieras que fueran tuyos. Y decidiste marchar. Y apareció el Cholo.

 

Para cuando llegaste al Calderón, amigo, seamos sinceros, estabas en el otoño de tu futbol. Cargabas más pasado que futuro. Habías perdido chispa y ya no eras el delantero capaz de solventar un partido en el sorteo de campos. Pero te adaptaste, igual que en Barcelona, asumiendo un rol diferente al de tus mejores tiempos, pero esta vez por el bien del equipo, no por el lucimiento de un compañero. Fajándote como segundo delantero, abriendo huecos en un papel desenfocado y dejando el más lucido de la delantera a Diego Costa. Con un esfuerzo tan grande que en algunos partidos debías cambiarte las botas porque estabas desgastando los tacos. Y es que cuando uno viene de familia de mineros no hace falta explicarle que el esfuerzo no se negocia.

Tu última aventura como asesino acabó bien. Con quince muescas en tu revólver y celebrando una Liga por la que nadie apostó. Pero igual que a William Munny no te salió gratis. Él dejó a su amigo muerto decorando el bar de Big Whiskey. A ti, en tu último partido con nosotros, te tocó vivir la Noche más dolorosa: la derrota en la Final de la Champions, el partido que dejó magullada la memoria de los Atléticos. Ajada de tanto rebobinar aquel córner, tratando de esquivar el maldito final. Escribiendo estas letras vi de nuevo aquel duelo. La sensación que se tiene es la de Marcellus Wallace cuando Zed sacó al tarado y lo empujaron a aquella habitación cerrada a practicar el medievo con su culo. Es doloroso. “Uno de los peores momentos de mi carrera”, llegaste a decir. Pero, amigo, revisando aquellas imágenes es entrañable ver tu entrega. Se me abre el alma cuando te vuelvo a ver, exhausto, peleando cada jugada, tirando de mañas con más recursos que una navaja suiza para proteger cada balón y arañar segundos al maldito reloj, cuando casi ya no podías ni arrastrar las botas. Muchacho duele verlo, pero créeme cuando te digo que aquel día, aunque perdimos una final, te ganaste un hueco en nuestra memoria.

 

Y te mencioné a William Munny porque en Sin Perdón se mostraba la fealdad de la muerte con toda su crudeza. Desmitificada y patética, limpia del misticismo habitual de otros westerns. La película recrea el sufrimiento y los detalles infames de los tiroteos, los aspectos más mezquinos de un duelo. Los rincones morales donde nunca alcanza la conciencia. Y yo siempre pensé que, aunque en Lisboa no llevaba sombrero ni revolver, aquel 7 portugués, en la final de Champions League, se exhibió de forma grotesca y ventajista, ostentando musculatura ante un rival agonizante, cuando a éste a duras penas le restaban fuerzas para seguir vivo. Como si de Little Bill se tratara, ensañándose con Bob el Inglés de forma ignominiosa, para que un maldito biógrafo tomara notas de su hazaña.

Y en vísperas del primer plato de tristeza llegó tu adiós. Una despedida como la de los buenos amigos, en las que dicen más los silencios que las palabras. En las que el tiempo alejados sólo hace que fortalecer los vínculos. Nos dejabas para marcharte a la MLS, como el que se retira a su rancho para entretenerse disparándole a las latas.

Sé que estas letras de homenaje llegan tarde, pero amigo, sólo busco que no nos dejes Sin Perdón.

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