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Cuestión de respeto

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Salía Griezmann pitado tras ser sustituido en el derbi y amigos venían raudos a preguntarme que si tan genial es la afición del Atlético cómo es que silba a un jugador suyo. Esa ignorancia, de quien vive el fútbol como un mero deporte o del que quiere largar a su delantero por fallar dos mano a mano es la que lleva a hacer este tipo de preguntas.

En el Atleti las cosas no funcionan como en otros sitios. Y, eh, desconozco cómo va el tema en las gradas de Mestalla o de San Mamés, pero sí sé cómo van en las del Metropolitano, y antes en las del Vicente Calderón. Allá, el hincha no quiere al que más marca, al que más para o al que más regatea. Se las sabe todas y ya han sido demasiados los desprecios como para dar el corazón a cualquiera que se vista de rojo y blanco. En el Manzanares (siempre será en el Manzanares aunque ahora el río quede lejos) se valoran más otros aspectos. Claro que marcar, parar o regatear suma, pero no define. Lo que define que a un jugador se le acabe guardando cariño, se le recuerde o se le eleve al santuario histórico del club es la pertenencia. Y no, no hablo de amar al escudo o ir de populista. Hablo del respeto a la entidad y a toda la gente que la forma, de saltar al terreno de juego y que el aficionado sienta que viendo a ese que lleva el 9 es como si se estuviese viendo él. Al jugador se le quiere por el fondo y no por las formas.

Sólo así se puede entender que los seguidores rojiblancos guarden más simpatía por un portero que fue eternamente suplente, como Don ‘Pechuga’ San Román, y recuerden con tanto desapego a futbolistas que jugaron muchísimo más y dieron más tardes de gloria, como son los casos de Arda Turan o Sergio Agüero, pero que se pasaron el escudo del Atlético y el cariño de la hinchada por el arco del triunfo. Aquí siempre valdrá más un Juanfran que un Hugo Sánchez, habiendo jugado ambos con el Real Madrid. Y no va a haber discusión posible porque sólo siendo hincha del Atlético se entiende algo así.

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Y es por eso mismo que Antoine Griezmann, hasta este verano, tenía el cariño de toda la afición, más allá de por sus goles o regates, por lo que dentro del campo se veía. Un futbolista implicado, un hombre que no paraba de ayudar, un jugador que relegaba su ego personal a una posición menos ventajosa para favorecer al colectivo en la pelea por los objetivos. Ese era el Griezmann que amaba la hinchada colchonera. Lo de ahora es una caricatura que él mismo se ha encargado de dibujar. Porque la afición del Atlético de Madrid tiene claro que, de ir a una guerra, iría con los suyos. Y esos son los que saben dónde están y juegan (mejor o peor) con el corazón a las mismas revoluciones que lo haría cualquiera de los que allí se sientan. No se trata de ser los mejores o los peores, se trata de una cuestión de respeto. De respeto al Club Atlético de Madrid. Te llames como te llames.

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