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Cuatro días en Vitoria

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Habíamos pactado desde el pasado jueves en Sphera Sports hacer, al término de esta edición de la Copa ACB, un breve resumen del torneo. Hay que empezar por lo evidente: el mejor equipo (con diferencia) del país, ha cumplido el pronóstico. Pablo Laso engrandece su figura tras sumar 17 finales de 23 posibles, metiéndose en el bolsillo todos los títulos que ha disputado en, al menos, una ocasión. Lo de la Copa, a mis ojos el evento deportivo más bonito de cuantos se celebran en España, es dominio absoluto (van cuatro consecutivas). Pero no ha sido un camino fácil para el conjunto blanco. De hecho, estuvieron con un pie fuera en sus dos partidos previos y, siendo justos, el famoso campo atrás no pitado, que se convirtió en cántico de guerra el resto de las jornadas en el Fernando Buesa Arena, los hubiera dejado en la cuneta a las primeras de cambio.

El Morabanc Andorra tenía grogui a los de la capital. El Madrid había besado la lona, pero la cuenta de protección, a modo de infracción no señalizada, permitió que se levantase gracias a un triple de un enorme Randolph. Su duelo con Shermadini, tan opuestos en estilo de juego, fue el aperitivo de un campeonato mágico para el estadounidense. Y fue entonces cuando leí el tweet definitivo: “Instant Replay sí, pero flojito” (@juditvegavet). Tiempo extra con sensaciones muy diferentes en uno y otro banquillo. ¿Saben cuando despiertas de un sueño en el que te quedarías a vivir? Los esfuerzos posteriores que hacemos para volver a los brazos de Morfeo, y continuar donde lo dejamos, siempre son en vano. Esos fueron los cinco minutos de más para la cenicienta del torneo.

Fue el gran partido de cuartos, que superó en emoción al que abriría horas antes la competición. Baskonia, anfitrión, se imponía a un Iberostar Tenerife que vendió cara su derrota pese a ir siempre a remolque. Shane Larkin opositaba desde el primer minuto a MVP, mientras que por los insulares Grigonis ofrecía su mejor versión y Bogris se agigantaba bajo los tableros. Los de La Laguna viven y mueren desde el 6,75. Siendo uno de los mejores en liga, firmaron un pobre 7/33 que fue una losa. Vitoria se venía arriba tras apear a los segundos de la tabla clasificatoria en el torneo de la regularidad.

El viernes Valencia Básket presentó sus credenciales. El Gran Canaria, que llegaba en línea ascendente tras su desastroso arranque liguero (aunque, eso sí, había iniciado la temporada llevándose la Supercopa), se dio de bruces con Bojan Dubljevic y la pizarra de Pedro Martínez. La carga al rebote ofensivo sería una constante para los del Turia en todos sus duelos disputados. Nada menos que 15 segundas oportunidades. Y en las pocas ocasiones en las que el Granca parecía poder asomar la cabeza, no hubo nervios por parte taronja. Todo el amarillo de las gradas borrado en apenas dos días. Canarias, única comunidad autónoma que había enviado a dos representativos a la cita vasca, veía congelados sus anhelos de gloria.

Bojan Dubljevic, una Copa extraordinaria | @ValenciaBasket

El segundo cuarto del último partido de primera ronda mandó a la cama a muchos aficionados que asistían atónitos a un nuevo despropósito blaugrana. 11-11 durante el parcial al que nos referimos. El F.C. Barcelona Lassa actuando como somnífero ideal. Lo del conjunto de Bartzokas es de película de terror. Para su suerte tiene baloncestistas, como Rice, que te solucionan la papeleta puntualmente. El viernes fueron él y Eriksson los que salieron al rescate. Y tuvieron un aliado en un Joan Plaza que no halló soluciones. La gran decepción del evento se llama Unicaja de Málaga.

Llegado el sábado, los merengues volvieron a estar fuera. Se jugaban el pase a la final ante Baskonia. Los locales, que no arrancaron todo lo bien que podría esperarse, ejecutaron, a partir del tercer cuarto, un baloncesto casi sin fisuras durante prácticamente 18 minutos. Pero un cortocircuito en los instantes finales dio oxígeno a un enfermo que acabaría saliendo de la UVI por su propio pie. Parcial de 2-10 al final del tiempo reglamentario, y otros 300 segundos extra. A decir verdad, el partido lo merecía. Posiblemente estábamos viviendo el mejor choque del fin de semana. Era un deleite. Al recital de Beaubois, Larkin y Hanga habían respondido Doncic, Llull y Randolph. Y en el tiempo extra sobresalió la figura de Gustavo Ayón. En dos partidos el Real Madrid había disputado nueve cuartos. Nuevamente, los anfitriones sufrieron esa extraña maldición que sigue apartando a quien organiza el evento del trofeo de campeón.

Luego vino el drama. No contentos con la gesta de la anterior jornada, el Barça sumó únicamente 10 puntos en el segundo cuarto de su encuentro de semifinales. Y es que los azulgranas tienen talento para más, como demostrarían triplicando esos dígitos los 10 minutos siguientes, tras regresar a la cancha después del descanso. Pero son una novela de Stephen King, y lo peor es que el marcapáginas nos dice que aún quedan muchas hojas por delante. El Valencia no necesitó de su mejor cara para plantarse en la finalísima. Para más inri, llegaba desde Grecia la noticia de que Xavi Pascual se hacía con el título equivalente en tierras helenas. Navarro, en su casa, no valía esta vez de excusa a aquellos que se agarran a lo que sea.

El domingo es el día grande. El Fernando Buesa Arena se engalanó como bien merece la ocasión. Una diva se descolgaba desde el cielo mientras cantaba para destapar el preciado galardón antes de la última gran batalla. Con una legión de ojeadores NBA, nada más arrancar los últimos 40 minutos de fiesta, el olor propio de liga norteamericana brotaba a través de los poros de Anthony Randolph. Cuando coincide con Ayón en pista, no hay dupla interior con más recursos en el viejo continente. Tras el primer asalto, a falta de media hora Madrid estaba por delante en el electrónico. Sería una constante. Claro que si un jugador interior puede ponerse a la altura de los pívots blancos, ese es Bojan Dubjlevic. Verlo danzar en el poste es una delicia para el espectador. Cargado de fundamentos, sus inagotables recursos son un castigo para su par. Pero pese a su gran calidad, solo eso no da para competir. La clave para que el Valencia se mantuviese siempre metido en el partido vino de una apuesta arriesgada por parte de Pedro Martínez: cargar el rebote ofensivo (más aún de lo habitual) como si la vida dependiese de ello, aún con el riesgo de dispararse una bala en el pie a modo de contraataques rivales. Salió cara. Cayeron más balones escupidos por el aro blanco en manos taronjas que merengues. Oriola y Thomas inyectaban adrenalina en sus compañeros, contagiándolos de entrega. Carroll, desaparecido hasta entonces (incluyendo los partidos previos), surgió para amenazar con poner tierra de por medio. San Emeterio, y su gen competitivo, timoneaba el temporal. Hasta que, de pronto, Llull. Había pasado de puntillas hasta entonces, pero en menos de un minuto anotaría ocho puntos para situar ocho arriba a los suyos a falta de 90 segundos. En casa, cada televidente daba por cerrada la final. Y sin embargo, la fe de los mayores creyentes del esfuerzo les hizo recuperar distancia, hasta estar en disposición de ganar, pues una nueva decisión arbitral controvertida les otorgaba la bola a falta del último segundo, estando solo a dos puntos. Fue remar para morir en la orilla. Como todo el duelo. No pudo ser. Los milagros no siempre se consuman. Confeti y flashes para los ganadores. Honor para el finalista. El Real Madrid es, de largo, el mejor conjunto del reino. Ponerles en aprietos es toda una heroicidad. Felipe Reyes alzaría la copa en una cancha donde saboreó por primera vez, lustros atrás, vestido de colegial, las mieles del éxito.

Epílogo: Sergio Llull sería elegido MVP del torneo. Hace tiempo que Europa parece habérsele quedado pequeña. Recuerda a ese chaval que en su colegio ya no tiene rivales, y sigue masacrando a sus compañeros en la cancha del patio, que conoce al dedillo y tiene marcada. Ese niño ha oído hablar de otro colegio cercano, donde el nivel es excelso. Tiene una beca por si quiere ir, pero renuncia a ella para prolongar la tiranía ante quienes ya ha sometido. Ese colegio es la NBA. Y es ahí donde adivinaría su máximo nivel. Que siempre estará a tiempo de volver sobre sus pasos. Aunque, como tantas cosas en la vida, es cuestión de ambición.

Foto cabecera: @RMbaloncesto

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