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¿Cuánto pesa ser número uno?

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Nadie dijo que ser el mejor resultaría sencillo. Nadie incluyó un manual de instrucciones cuando llegaron a lo más alto. Nadie les explicó que ser número uno del mundo generaría tanta satisfacción pero, al mismo tiempo, tanta presión. Porque coronar la cima de los picos más elevados del planeta produce un gozo infinito, pero también una mezcla irremediable de asfixia y vértigo. Una sensación de ahogo que inunda cada espacio de tu cuerpo y te deja, prácticamente, sin aliento.

Porque ser el número uno del mundo supone tenerlo todo: éxito, reconocimiento, triunfos y, cómo no, fama, dinero y renombre. Pero ese todo también incluye una parte de responsabilidad y de un saber hacer difícil de gestionar. Porque llegar a la cima supone ser capaz de soportar un enorme peso sobre los hombros, el peso de ser el mejor. La carga de llegar a un torneo y, por ser el número uno, estar ‘obligado’ a ganar un partido tras otro y, finalmente, ser campeón sin demostrar un ápice de duda ni momento de flaqueza.

El peso del cartel de favorito

No hay espacio para el titubeo o para demostrar fragilidad. Visto desde fuera, ser número uno supone convertirse en una roca. Pasar de formar parte de la raza humana a convertirse en un ser superior que ni siente ni padece. Impertérrito, impasible, inconmovible… que no se ve turbado por la presión del entorno ni por el peso que el cartel de favorito ejerce sobre sus hombros.

Ser número uno es estar obligado a alcanzar la perfección. Pero, nada más lejos de la realidad, la perfección no existe y el ser superior, aún, no ha dado señales de vida. Una constante lucha, la de ser número uno y sobrevivir para contarlo, a la que se están enfrentando tenistas de la talla de Angelique Kerber y Andy Murray, los cuales mantienen, actualmente, dicho puesto.

Sin embargo, el camino desde que alcanzaron la cima de sus respectivas categorías – Kerber en septiembre de 2016 y Murray en noviembre del mismo año – no ha sido de rosas precisamente. La presión de ser número uno les ha jugado, irremediablemente, malas pasadas a ambos y el nivel de juego que demostraron en el curso anterior, aquel que parecía hacerles invencibles, no está saliendo a relucir, aún, en esta temporada.

Un 2017 sin terminar de arrancar

Es más, la campeona alemana, que a estas altura de 2016 ya se había hecho con el Abierto de Australia (destronando a Serena Williams) y con el torneo de Stuttgart y, además, había ofrecido grandes actuaciones en el resto de torneos, no encuentra su sitio en este 2017. Sin ningún título bajo el brazo y siendo eliminada en las primeras rondas de importantes competiciones como ha sido el caso de Australia, Madrid o Roma, la de Bremen parece no estar cómoda con el papel de favorita.

Cierto es que la temporada de tierra no ha sido nunca la más prolífica para la tenista germana, cuyos mejores resultados han llegado en pista dura – Abierto de Australia y de Estados Unidos 2016 –, sin embargo, el bagaje de este 2017 no está siendo positivo para ella. Para desgracia de Kerber, al número uno se le exigen siempre mejores resultados de los que está obteniendo en este 2017, por lo que, tras su derrota en primera ronda de Roland Garros, han saltado todas las alarmas.

Una situación similar vive, en este curso, el escocés Andy Murray, quien en 2016 dio un golpe sobre la mesa y protagonizó el mejor año de su carrera. De manera paralela a la alemana, el de Glasgow no ha empezado la temporada con buen pie y ha tenido importantes tropiezos en grandes competiciones que también hacen pensar en ese cartel de favorito que tanto pesa.

Una presión difícil de soportar que, según los resultados de los dos tenistas en este 2017, parece estar siendo la culpable de las dudas y las malas actuaciones de ambos. Porque el trabajo hasta alcanzar la cima es duro, pero más lo es mantenerse en ella siendo el blanco de todas las miradas, siendo el rival a batir. Porque nadie sabe lo que pesa el título de número uno hasta que se cuelga el cartel de favorito y acude a las grandes citas con la obligación de ser el mejor. Porque no flaquear ni ser presa de los nervios es, a día de hoy, una misión imposible.

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