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Cuando todo cruje

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No hay nada que funcione más en Internet, entre vídeos de gatitos, “vines” y dosis de proselitismo político, que un jugador de fútbol con su pierna fracturada. Si hay miedo en los ojos del futbolista, que observa aterrorizado la torsión antinatural de su pierna, el éxito es incontestable. En ese deseo irrefrenable de traspasar las líneas de lo tolerable, de lo visualmente cómodo, está lo excitante. Cambiar lo lineal de nuestras vidas. Tras las pertinentes muestras de aflicción (“¡uf”), compadecimiento (“pobre”) y análisis médico provisional (“pues esta temporada ya no vuelve a jugar, ¿eh?”) hay un retorno a la infancia, a lo más íntimo de la naturaleza. La visión es una flaqueza del espíritu, doblegado a una imagen extrapolable a un amigo, a un padre, a un hijo, o a uno mismo. Y la sensación, más patente, de que una carrera se tuerce. De que algo ya no volverá a ser como antes.

“Con las maneras que tenía de buen pelotero”. Cualquier fin de semana, en cualquier campo indómito de Regional, Tercera o Segunda B. Como si la desgracia polinizara cada siete días en un territorio nuevo, yermo de lesiones y lamentos. Al final es la dolorosa confirmación de una realidad: en el fútbol, además de talento, tienes que tener suerte. Estar en el momento y en el sitio adecuados. Y rezar. Rezar para no ser tú a quien Héctor Moreno destroce la tibia y el peroné; para no estar en el momento en que los cables de Nainggolan se crucen y te destruyan el ligamento de la rodilla. Para no estar a la hora en la que el destino dice: “hasta aquí”.

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Son recientes las estremecedoras lesiones de Rafinha y de Luke Shaw, ambos en la veintena y consagrados como estrellas del futuro. Pero también recuerdo a Eduardo Da Silva o al propio Ronaldo, que pasó de ser el mejor delantero del mundo a un grandísimo jugador en un fatídico regate mal ejecutado. Y a César Jiménez, aquel pobre defensa del Zaragoza a quien una patada criminal de Luis Figo le obligó a dejar el fútbol. Es imposible no experimentar una sensación de pérdida, de que algo se ha ido en aquel golpe, en aquella fractura, en aquel grito de dolor. Piensas que sí, que es posible que se recuperen, que vuelvan a un buen nivel. Pero también sabes que es casi imposible que todo vuelva a ser como antes, que ese talento natural vuelva tras lo artifical de la operación. El duende, lo etéreo, quizás se fueron en aquella patada por la que te retorciste de dolor en el suelo.

Decía Fernando Torres en una conversación con Carlos Matallanas, amigo del fuenlabreño, periodista y enfermo de ELA, que, en realidad, las diferencias esenciales entre un vestuario de Primera y uno de Regional no eran distintas. La vida íntima en las cuatro paredes, convertidas en refugio pasajero, se desenvuelve igual en Anfield que en el barrio madrileño de Orcasitas. Allí donde no acceden las cámaras, ni los niños te piden autógrafos, la estrella del fútbol se convierte en el mismo joven que se calza sus botas de gama baja en un campo enfangado después de salir de trabajar. Es en esa cercanía donde reside el carácter compasivo. Ante el dolor ajeno, el hombre que observa se debilita porque pone de manifiesto lo más incontrolable que tenemos, lo menos racional. La indefensión ante la desgracia va más allá de camisetas o de escudos. Es en ese instante, cuando todo cruje, donde todo se iguala. Y te preguntas: ¿volverá todo a ser igual?

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