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Cuando éramos portada

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Gintonics y el Atleti. Series y Los Planetas. Trasnochar, entre cien mujeres distinguir a la que podría dinamitar mi vida, y elegirla. Estas fueron durante años mis señas de identidad. Peculiares y erráticas, pero las mías. Con el tiempo todo ha cambiado: se consume más gintonic que agua, NETFLIX comercializa series al por mayor y a Jota ya se le entiende incluso en un directo de Los Planetas. Hasta el Atleti lleva años manteniendo un nivel de primera fila.

Es difícil cultivar aficiones que salgan de lo habitual, que te distingan. Por suerte, conservo una que desconcierta a mis conocidos: el boxeo. Y lo es gracias a todos los que han convertido en residual este deporte en España, a los que lo han demonizado, hasta hacerlo parecer tan maldito, que por sentarse a juntar estas letras un novel aficionado se cree Norman Mailer cubriendo el Rumble in the Jungle y en los gritos del bar de abajo parezca entender el Ali buma-ye.

Llegúe al boxeo muy niño, cuando Tyson apuntaba a púgil de época. Me regalaron una cinta de VHS con todos sus combates, donde descubrí a tipos que requerían varias horas de digestión por cada uno de sus derechazos. Aquello me marcó. En España era la época de Poli Díaz, y Telecinco y Canal + programaban veladas de forma habitual. Recuerdo esas madrugadas en casa, con mis hermanos, esperando que llegara el combate, como si aquella salita fuera el gimnasio Stillman. Y mi admiración cuando veía a un boxeador encajar sin pestañear un directo, que cualquiera de nosotros habría sentido con la contundencia de un mazazo, un atropello o un divorcio.

Pero esa época se ha esfumado. El boxeo en España ha cambiado mucho respecto a sus años de oro y ya no es ese deporte en que destacaban tipos que sólo aspiraban a estar a la altura de su propio fracaso. No sale de chavales crecidos en familias tan precarias en las que, si un ladrón entraba a robar a casa, acababa dejando un billete de 20 euros en la mesilla de noche. Los boxeadores actuales no han salido de ambientes tan precarios como entonces, en su mayoría son trabajadores que hallan las fuerzas para entrenar después de su jornada laboral, porque el boxeo apenas les alcanzaría para comprar un poco de escasez. La gran diferencia entre ambas épocas es que ahora ganar combates y postularse a campeonatos, tampoco les supone un alivio a nivel económico.

La repercusión que tiene en los medios y, por ende, los rendimientos que genera se han reducido. En España hoy día es más fácil ven en televisión sexo de tres hombres con una iguana que un combate de boxeo. Y con una repercusión mínima fuera de los espacios especializados. Rara vez aparece alguna noticia, que no sea un breve, si no es para destacar algún episodio de su periferia, como ocurrió hace un par de semanas, cuando el diario AS en la portada de su versión digital tenía tres noticas de boxeo, algo inaudito: el fallecimiento de un boxeador tras un combate, el positivo por cocaína de Tyson Fury, y el fotomontaje que el propio boxeador colgó en las redes sociales mezclando su imagen con un fotograma de la película Scarface. El diario El País explica su silencio sobre el boxeo directamente en su libro de estilo, donde indica: “El periódico no publica informaciones sobre la competición boxística, salvo las que den cuenta de accidentes sufridos por los púgiles o reflejen el sórdido mundo de esta actividad”.

Hay quien justifica el ostracismo actual en el fin de la época dorada del boxeo, cuando Urtain, Legrá o Carrasco acaparaban portadas. Hoy sólo quedan escombros de su recuerdo. Eran tiempos diferentes, en la que los hematomas les hacían juego con la sonrisa. Castillejo, Campillo o Kiko Martínez han alcanzado niveles similares y apenas se les han dedicado crónicas cargadas de silencios, mientras que hace unos años los logros de Urtain los cubrieron cientos de artículos o las crónicas de Manuel Alcántara. En comparación, los éxitos de Javi Castillejo, un boxeador sobresaliente con varios Campeonatos del Mundo, tuvieron la misma repercusión que el Premio Nacional de Cocina de Botswana. Lo cierto es que también el boxeo tiene su parte de culpa, porque aprender el galimatías que suponen las numerosas categorías y organismos (Federación, Consejo, Asociación,…) por las que se rige, es como no perder el hilo de Interstellar y Origen. En una tarde y del tirón.

Javier Castillejo, a la izquierda | Getty Images

Encomiable es la labor que hacen Jaime Ugarte, Emilio Marquiegui o Jorge Lera (por citar sólo mis preferidos); periodistas que aman y trabajan para que el noble arte en España mantenga el estatus que merece. A través de ellos, un aficionado todavía puede aprender y seguir la actualidad del Boxeo desde los distintos medios para los que trabajan. Y, aunque no se dediquen profesionalmente a ello, me rindo ante David Gistau, Julio Cesar Iglesias, José Luis Garci o Quique Peinado, que suelen ofrecernos columnas sobre este deporte y a los que imagino entregándolas de forma casi clandestina, soltándolas en la mesa del editor en un descuido, como hacía yo en mi época de estudiante cuando entregaba a mi padre las notas a mitad de algún partido de futbol, con la esperanza de que no las revisara. De forma egoísta, siempre valoro un detalle de la situación actual del boxeo, y es que gracias a ello sentí la inquietud por curiosear sobre este deporte, y sin ella tal vez no habría topado con genialidades como Del Boxeo de Joyce Carol Oates, toda una biblia; o las crónicas de Manuel Alcántara, a las que acudo de cuando en cuando, como el que revisita los clásicos.

El cine ha sido siempre un gran aliado del Boxeo, del que ha sabido extraer suculentas historias. Lo ha tratado como un subgénero y está plagado de excelentes películas. Y es ahí donde un conocido mío encuentra explicación a la desidia actual: “Amigo, en Hollywood han hecho maravillas desde siempre. Desde Marcado por el Odio, Más dura será la caída o Toro Salvaje, hasta Rocky, Million Dollar Baby o The fighter. Son películas espléndidas. Pero en España, amigo, en España a lo más que hemos llegado es a Yo hice a Roque III”.

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