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Schalke 04, campeón de Bundesliga durante 5 minutos

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“No ha acabado el partido en Hamburgo!” les dice Rudi Assauer a todos los que le quieren escuchar. Pero nadie quiere oír lo que se les dice. El Schalke ha ganado su partido en la última jornada de Bundesliga y el Bayern va perdiendo 1-0 en el Volksparkstadion, Hamburg.

Son las cinco y dieciocho minutos de la tarde en Alemania del 2001 y los mineros celebran como si no hubiese día de mañana. Huub Stevens se ha encargado de guardar la pelota del partido: “Es una pelota que vale un campeonato”, les dice a sus chicos. Assauer intenta tranquilizar a la plantilla que celebra el título, aquel que no han ganado nunca desde que se instaurara el nuevo formato de liga allá por 1963. Celebran en las gradas los mineros, campeones son, tras una formidable temporada, y para ello el Bayern sólo tiene que perder. Y va perdiendo. En Gelsenkirchen ponen en los videomarcadores los instantes finales del encuentro entre el Hamburg y el club bávaro. Los aficionados piensan que es una repetición, pues la jornada suele acabar a las cinco y cuarto y ellos ya van por las cinco y dieciocho. Las celebraciones en el césped se vuelven locas y el director deportivo del equipo blanquiazul intenta sin éxito informar al entrenador –Stevens-, que aún no son campeones, que lo que hay en las pantallas no son repeticiones. Pero el embriagador sentimiento de los campeones se apodera de todo lo que hay en el estadio.

Los periodistas enviados a la cuidad de la cuenca del Ruhr felicitan a los jugadores, la locura es envolvente. El capitán de los Königsblau, Andreas Müller grita al micrófono “¡Hamburg os quiero!” y sin embargo aún no se ha acabado.

Bajo una mesa del vestuario se amontonan un par de jugadores para ver una pequena pantalla el final del partido que aún no ha acabado. A las cinco y veinte, ni un minuto más ni uno menos llega, el final. Tras cuatro minutos y treintaocho segundos después del final del partido frente al Unterhaching llega el empate del Bayern frente al Hamburg. La noticia corre como lo hace el autor del gol que vale un título: Patrick Andersson. Un gol de falta en el último suspiro le quita a Gelsenkirchen la sonrisa. Los festejos se convierten en lágrimas y las botellas ya abiertas de cerveza se quedarán allí en un rincón. No hay consuelo, no hay nada peor. Los mineros en el desconsuelo lloran. Hace sólo diez segundos eran campeones de Bundesliga.

 

En el césped las lágrimas de los aficionados, en las catacumbas del estadio una plantilla destrozada. La rabia y la impotencia hacen estragos. Se rompen bancos, sillas, la pequeña pantalla del televisor. La furia se desata y no hay quien pare la frustración de haberlo tenido en las manos y verlo escurrirse como agua entre los dedos. Perder lo que más precias en lo que duran cinco minutos, sin apenas probar el sabor de lo más alto de la competición teutona.

Stevens recoge a sus chicos y les da las pocas palabras de aliento que se le ocurren y salen a la tribuna dónde una afición entera calla, el silencio reina en Gelsenkirchen. Roto sólo por una voz entre un millón: “Schaaaaaaalke”. Grita, desde el corazón roto, y lo repite. Y repite. Y en la cuarta repetición se le unen un par más de voces, hasta que la masa se entrega a animar a una plantilla desgarrada. Se les escapó el título y todos se unen en un sentimiento de tristeza que les hace sentirse parte de algo más mayor.

Una semana después, en el estadio olímpico de Berlin el Schalke juega la final de la DFB Pokal, contra el Union Berlin. En la tribuna minera hay una pancarta que reza: “todo irá bien”. Al final los blanquiazules ganan 2-0 y se llevan la copa a casa con el sentimiento amargo de que falta la mitad de un doblete que sintieron posible durante al menos cinco minutos.

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