Atlético

article title

Cuando el Atlético le ganó una Liga a la bicefalia

Tweet about this on TwitterShare on FacebookShare on Google+Share on LinkedIn

El gladiador se le antepone ante la muerte día tras día con la esperanza de que algún día caiga derrotado. Cada día un oponente distinto complica la supervivencia del guerrero: leones, tigres, guerreros en carroza, con arco, o de las lejanas tierras del norte. El emperador aguarda con calma su muerte anticipada, acomodado en su asiento, mientras mira con resquemor como el superhombre día sí y día también sale codeado y ovacionado por todo el coliseo, al grito unánime. La muerte, invitada a la fiesta, se frota las manos incitando al combatiente a caer en la tentación del amargo sabor de la derrota y del olvido, el emperador y todos sus secuaces compañeros de la muerte, soñadores-aficionados a ver al gladiador caer derrotado desangrado sobre la arena del Coliseo y así jornada tras jornada. Treinta y ocho jornadas sirven para demostrar de la pasta que está hecho el gladiador, algunas batallas se ganaron en el primer lance con comodidad, muchas otras se vencieron por la mínima, en el más mínimo detalle preparado para hincar el diente sobre su presa y también en tantas otras, conoció la gélida hoja de la espada sobre su cuerpo. Formado a base de golpes, el gladiador pasa a superhombre.

El Atlético de la temporada 13-14, fue el fiel reflejo del gladiador que sobrevive sobre el campo de batalla. Ya caerá decían algunos, la Champions le pasará factura decían otros, el Barça es mucho Barça en su casa decían los últimos y así un sinfín de especulaciones, todos seguros de sus palabras sobre la caída que se avecinaba del Atlético de Diego Pablo, el profeta. El técnico argentino llegó a las orillas del Manzanares como Moisés a Egipto, con la misión de salvar el pueblo y así lo hizo. Convirtió la defensa del “Albacetazo” en el mejor muro de Europa, infranqueable por cualquiera de sus costados, abrupto tanto por derecha como por izquierda. Convirtió un mediocentro mediocre en uno de los mediocentros del panorama futbolístico con más oficio y trabajo, escobas que barren, puñales que asesinan, máquinas que engrasan y genios con magia y en la zona de muerte, arriba se mezcló todo, asesinos de área, trabajadores de campo, y guerreros de batalla. Todos estos respaldados por un estandarte en la portería, un mecánico que reparaba los pequeños fallos de la maquinaria y para colmo todo esto estaba ideado por el profeta, definido en una palabra como “cholismo” definición que oposita junto a doce vocablos más a entrar en el diccionario de la RAE como: “Filosofía a base de fe y confianza en uno mismo”.

El cholismo es una religión, una forma de entender la vida, una manera de vivir. Si le sigues, conseguirás grandes metas; si te enfrentas, sudarás sangre para hacerle frente. Es “partido a partido”, “jugada a jugada”, hoy va el Chelsea y mañana el Levante y ambos son iguales, misma humildad y mismo trabajo. Es resolver el partido en una jugada táctica en Do Dragao, ganar la Copa del Rey a Mourinho en su casa. Cholismo es ganarle la Copa al Madrid en su estadio, sufrir hasta el último momento. Es no perder en toda la temporada frente al todopoderoso Barça, ganar en Stamford Bridge o en San Siro. Cholismo es tener opciones de doblete 40 años después. Cholismo es anteponerse a las bajas, ganar la Liga en el Camp Nou. Entrega, sacrificio, humildad, compromiso, sufrimiento, sencillez, dedicación, motivación, lucha, regularidad y sobre todo defender una misma idea hasta morir sin disconformidad. Todos a una. Desde el utillero hasta el delantero, pasando por el masajista, el speaker, el de la taquilla, el del césped, el jefe de prensa o el médico. Todos entienden y defienden morir la idea. En el cholismo no se da gracias al señor, se da gracias a todas las madres por “esos huevos tan grandes”. Diego Pablo lo ha hecho posible y esto ha traspasado fronteras.

Desde febrero todo fue más fácil, llegó el momento cumbre de la temporada cuando ya todos se frotaban las manos después de la sangría de Pamplona, el punto álgido del curso, parecía muerto, el rojo era sangre pero en el campo eran 12. Diego Pablo mandaba instrucciones desde la cal a sus 12: Courtois; Juanfran, Godín, Miranda, Filipe; Gabi, Tiago, Koke, Luis; Turan; Villa, Costa. Luis nunca se ha separado de este club, pero desde febrero se ha unido a la lista de convocados de Simeone defiende como el que más y ataca con el alma. Desde arriba lo dirige todo y esboza una sonrisa cuando se cumple el tiempo reglamentario y el Calderón canta la vieja sintonía de su “Atleti”. Ganar y ganar y ganar y volver a ganar. Él fue quién inculcó esa idea, él es el maestro y Simeone, el encargado de transferir la palabra a sus hombres. Él recordó que el sueño del doblete era posible y él ha puesto su semilla para llegar hasta donde se ha llegado.

En la 12/13 el Atlético tomaba la capital, el cielo de Madrid era rojiblanco y Miranda alzaba al equipo hasta la eternidad. Un año más tarde, con la ayuda de Luis y sobreponiéndose a la marcha de Falcao, el Atlético lo volvió a hacer pero esta vez la gesta fue mayor, Barcelona tomó color, España entera tomó color, 18 años después los niños quieren la camiseta rojiblanca, los niños han aprendido la respuesta y el padre ya no tiene que inventar excusas. El Atlético fue campeón, se puso fin al bipartidismo y allá donde este, él sonrío. Luis fue uno más. Mientras Simeone siga con vida y con ganas de seguir luchando, el Atleti nunca caerá. Las bases están implantadas, hay una idea sólida, hay un mensaje, una manera de jugar al fútbol y no importa jugador que marche o jugador que venga. El Cholismo está vivo y eso molesta y mucho.

Tweet about this on TwitterShare on FacebookShare on Google+Share on LinkedIn

Artículos relacionados