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Cuando David encontró a Tim. El inicio de todo

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El final de una carrera había llegado. A falta de 35 segundos para la conclusión del último partido de la temporada 2002-03, las dos grandes estrellas del equipo eran sustituidas. Manu Ginóbili se dirigía a la línea de tiros libres y los nueve puntos de ventaja se antojaban suficientes. El trabajo estaba hecho. Los Spurs habían logrado su segundo campeonato. David Robinson saludó a todos sus compañeros en el banquillo y apretó los puños fuertemente. Mirada en el techo del SBC Center. Tim Duncan se giró, su puño apenas llegó a media altura, caminó hasta la línea lateral. Y cuando fue abrazado por el resto de la plantilla, se sentó al lado de su líder.

Seis años compartiendo vestuario. Ganando el setenta por ciento de los partidos desde que formaron juntos. El capítulo final tuvo lugar en New Jersey. 77-88 en el sexto partido de las finales de 2003. Éxito desde la calma. Sin hacer ruido, los San Antonio Spurs se instalaron para siempre en el escalón de las franquicias ganadoras. A día de hoy, son la única con balance positivo en sus enfrentamientos contra el resto de conjuntos NBA. Todo llegó desde el silencio, el trabajo, el compromiso. Porque en aquel tiempo no se podía hablar de brillantez, pero sí de competitividad. La evolución de los Spurs en el juego sería alcanzada con el paso de los años. Aunque la evolución real comenzó cuando todo un MVP de la liga comprendió que lo que llegaba era más grande de lo que podía imaginar.

David Robinson, número uno del draft de 1987, posee un palmarés individual envidiable: MVP, rookie del año, jugador defensivo del año, numerosos premios IBM, máximo anotador, máximo reboteador, máximo taponador, diez veces All-Star, diez veces en los All-NBA Team... San Antonio se convirtió en aspirante desde su aterrizaje en 1989, pero una lesión de espalda en 1996 le haría perderse prácticamente toda la temporada. Aunque, cosas del destino, ese mismo desastre trajo consigo la primera elección del justo draft diez años después. Tim Duncan era el mejor jugador universitario y se sabía que en la NBA iba a rayar a gran altura. A pesar de compartir la pintura, había espacio suficiente para los dos. Pero las secuelas de la lesión Robinson y la edad de Duncan adivinaban el proceso natural que llegaría más pronto que tarde. Habría entrega de poderes de una superestrella a otra. Clave, ahí, el nulo egoísmo de ambos, el tener un objetivo conjunto más importante que el ego. Para Tim “fue un proceso natural. Cuando llegué, David era el hombre y yo solo trataba de aprender el juego, de crecer bajo su tutela. Y cuando llegó el momento de darme más espacio, él lo entendió y no puso ni una sola pega”. Robinson, por su parte, aclara: “Claro que hablé con Pop de ello, porque fue algo difícil para mí cuando en ataque Tim pasó a ser la primera opción. Pero nunca llegamos a discutir. A ver… ¿Cómo no iba a aceptarlo? Sencillamente era lo correcto”.

Sports Illustrated optaría por las Torres Gemelas como deportistas del año. Eran la séptima pareja en compartir galardón y la segunda en hacerlo perteneciendo al mismo equipo. Dicen que la ciudad de San Antonio es especial, que tiene algo de familiar que la hace distinta. Para Red McCombs, expropietario de los Spurs, “es la ciudad favorita de todos los texanos después de su ciudad natal”. El Riverwalk, el Álamo, la arquitectura… El atractivo de la urbe es evidente, pero a sus gentes les faltaba algo: una franquicia triunfadora. Y precisamente eso consiguieron Robinson y Duncan: incluir a los Spurs definitivamente en el selecto grupo de equipos legendarios. Y si bien es cierto que la historia ganadora de los Spurs apenas había comenzado, y que con Duncan la obra no dejó de crecer, los cimientos fueron cosa del Almirante.

Descubrir a Robinson puede llegar a resultar sorprendente para quienes no vivieran sus primeros cursos. Los propios Tony Parker y Manu Ginóbili admitieron quedar sorprendidos al ver partidos suyos de años atrás. “¿Ese es David?”. Entonces, Gregg Popovich les aclararía: “Ningún pívot en la historia hizo cosas tan atléticas como las que Robinson podía hacer en su mejor momento”. El físico del ’50’ era exuberante, y antes de su gran lesión resultaba casi imparable. Los highlights aumentaban cada semana, con tapones espectaculares, mates al contraataque o movimientos explosivos. Todo lo contrario que Tim Duncan, a que si bien por entonces su capacidad le permitía ser vistoso, sus matices eran otros. Siendo grande, los había mayores. Los había más rápidos, más fuertes. Aunque ninguno más eficiente. En Duncan no asomaba debilidad alguna. Podía anotar, rebotear, asistir y defender. Además, en los playoffs siempre elevaba su nivel. Es por eso que llegaría a ser el mejor jugador del mundo, aunque nunca se propusiese serlo.

Los Spurs escogieron a David Robinson en el draft de 1987 sabiendo que tardarían dos años en verlo vestir su camiseta, pues el jugador estaría cumpliendo con la Armada en la base de submarinos de Kings Bay. Pero inmediatamente lo firmaron. De no haberlo hecho, podría haber sido agente libre, y los Lakers, equipo campeón de aquel año, le habían hecho saber de su interés. El plan era claro, podría ser el sustituto de Kareem Abdul-Jabbar, toda vez que el legendario pívot estaba cerca de retirarse. La oferta, sin duda, era atractiva. Magic Johnson al mando de la nave. San Antonio, por el contrario, vivía la depresión post George Gervin: imposible competir.

Curiosamente se hablaba de una posible marcha de la franquicia de la ciudad cuando Robinson fue a visitarla por primera vez. Inmediatamente quedó prendado. “Los caballos por las calles, los parques, la gente (varias personas le llevaron comida casera)… Quiero jugar ahí”. Una personalidad grande encantada con una ciudad pequeña, acogedora. Robinson, un hombre con el cociente intelectual de genio, excelso jugador de ajedrez, hábil compositor y superdotado de las matemáticas, un tipo con un gran don de gentes y con la firmeza adquirida en la NAVY, se había enamorado de una ciudad que necesitaba de alguien con carisma.

En su año de debut, David Robinson se convirtió en todo aquello que necesitaba el equipo. En realidad, él se convirtió en el equipo. Los Spurs ganaron 35 partidos más que en la temporada anterior estableciendo una marca histórica (que se vería superada precisamente de nuevo por los texanos, cuando, tras perderse el curso 1996-97 por lesión, la entrada en escena de Duncan, y la recuperación del propio Almirante, propició que la diferencia entre un año y otro se estableciera en 36), por lo que Robinson sería nombrado Novato del Año.

Fuera de la cancha también resultaba intachable, pese a que, por decirlo de algún modo, no era abstemio y fuese objetivo de las groupies por la noche. Solo que, de alguna manera, todo eso que hacía cuando no jugaba, no llegaba a los periódicos. Aun así, sentía que algo faltaba en su vida. Nunca había sido religioso (durante su estancia en Annapolis reconoció haber ido únicamente dos veces a la capilla) y evitaba todo lo que tuviese que ver con este asunto. Pero una charla con Greg Ball lo acercó al cristianismo. En una ciudad fundada por misioneros, declararse creyente era otro plus, aunque no sentaría igual entre muchos compañeros. A la mayoría, evidentemente, les extrañaba la repentina profundidad de creencias de Robinson. A este le llevaría un tiempo aprender a aceptar maneras que él ahora consideraba negativas. Con Charles Barkley, por ejemplo, chocaría compartiendo Dream Team (en una ocasión abandonó un partido de golf porque consideró inaceptable el lenguaje del Gordo). Pero poco a poco, David sabría enfocar su creencia de otra manera para no tener roces con los demás. “Ahora puedo estar todo el día al lado de Charles, escuchándole hablar, sin que pase nada, porque yo lo respeto y él me respeta”.

Con el tiempo, incluso aquellos que pensaban desagradable el marcado cristianismo de Robinson, vieron que su cambio afectó positivamente en su comunidad. Creó la Fundación David Robinson, a través de la cual donaría grandes cantidades de dinero a causas benéficas, participando directamente en actividades relacionadas con las mismas. Además, se centró en concebir la Carver Academy, escuela de preparación para la universidad en el este de la ciudad, pese a las advertencias de algunos amigos: “David, no hay nada más difícil que comenzar una escuela y terminarla. Puedes bloquearte de muchas maneras”. El 17 de septiembre de 2001 abriría las puertas. Prácticamente los noventa estudiantes que entraron, recibieron beca completa o parcial.

En el apartado puramente baloncestístico, los Spurs eran competitivos. En el primer año de Robinson forzaron siete partidos en segunda ronda a los Blazers, quienes alcanzarían las finales. Y durante los noventa serían siempre conjunto de playoffs, firmando su mejor campaña en la 1994-95 (62-20). El Almirante fue MVP y los del Álamo parecían los máximos candidatos a alzarse con el anillo. Para su desdicha, se toparon en final de conferencia con el mejor Olajuwon de siempre. La gente entonces señaló al jugador franquicia. “Es un atleta impresionante, pero no se da cuenta de hasta dónde llega su potencial”. “Puede inspirar a la gente fuera del pabellón, pero no tiene ese fuego necesario para llevar a su equipo al siguiente nivel”. Independientemente de si esas afirmaciones eran o no ciertas, la realidad dice que solo en 1995 estuvieron relativamente cerca de ganar el título.

En 1996 Robinson se lesiona y todo se torna más oscuro… En la 1996-97, los Spurs registran un triste 20-62. Y aunque en la lotería, otro equipo tenía más opciones de alzarse con la primera elección (Boston Celtics apenas habían ganado quince partidos esa temporada), la suerte se alió de nuevo con ellos. Tim Duncan entra en escena y el primero en ser consciente de la enorme fortuna de la franquicia es el propio Robinson. En pretemporada, tras un entrenamiento en Aspen, es consciente: “Este chico es mejor jugador ofensivo que yo”.

En su primer año juntos registraron estadísticas similares (21.6 puntos, 10.6 rebotes, 2.7 asistencias y 2.6 tapones por parte de Robinson y 21.1, 11.9, 2.7 y 2.5 Duncan), cayendo en segunda ronda frente a los Jazz de Stockton y un superlativo Malone. Fue en el segundo año juntos, la temporada del asterisco, como la llamaría Phil Jackson, cuando San Antonio ganaría su primer campeonato. Algo había cambiado en el ecosistema spur. Los logros de Robinson no importaban. Sus 71 puntos en un partido tiempo atrás, su inclusión entre los cincuenta mejores jugadores de siempre en la NBA, sus medallas olímpicas, sus premios… Todo era pasado. Se convirtió en un jugador complementario, el primer apoyo de la ahora principal figura. Tim Duncan, un tío imperturbable y hasta poco estético, era ahora el hombre, el jugador más valioso de las finales. Ese primer anillo no hubiera sido posible para uno cualquiera sin el otro.

El curso siguiente, la lesión antes de comenzar las eliminatorias de Timmy hacía imposible para los Spurs repetir gesta. Así, a pesar de que Robinson en aquellos playoffs ofreciera una versión vintage (23.5 puntos y 13.8 rebotes de media) fueron superados por los Phoenix Suns de Jason Kidd y el mejor Anfernee Hardaway post Orlando Magic Era. Que la ausencia de Duncan causara que Robinson elevara su nivel, no trajo consigo ninguna reclamación por parte del pívot, como podría haber ocurrido de ser otra persona. Contrariamente, la unión se reforzó. Tanto dentro como fuera del parqué, ambos ejercían de líderes (cada uno a su modo), junto a Gregg Popovich, de lo que Steve Kerr llamó la “Pandilla de la leche con galletas”. La amistad era estrecha, y Robinson y Duncan salían a cenar de cuando en cuando, siempre conscientes de qué temas tocar y cuáles no. “Tengo mi propia fe y mi propia manera de entenderla. David se dio cuenta desde el principio y lo respeta”. Si acaso hubo rivalidad entre ellos, fue con los videojuegos. David, un experto en tecnología y Duncan, aficionado a la consola, hicieron de ese campo su terreno de guerra. El aprecio era tal que, cuando Tim estuvo tentado de firmar con los Magic, Robinson regresaría de su casa en Hawái a San Antonio para persuadirlo de que se quedara.

El resto, es historia. Hasta el 15 de junio de 2003, fecha a la que volvemos. Robinson y Duncan se encontraban sentados detrás de una mesa en el SBC Center. David, con impecable traje azul y una sonrisa que le ocupaba toda la cara. Tim, con sus característicos vaqueros acompañando a su habitual camisa de botones por fuera del pantalón y una cara que parecía decir “¿qué estoy haciendo yo aquí?”. Siendo entrevistados, a Duncan le informan de que se quedó a solo dos tapones de hacer un cuádruple doble en el último partido de la final. “¿Ah, sí? ¿De veras? Eso es genial”, espetó.  Luego respondió a unas pocas preguntas más, se levantó, dio una palmada a Robinson en la espalda y se marchó, dejándolo ser el protagonista máximo del momento una vez más. Aquel día, David firmó una gran actuación: 13 puntos y 17 rebotes. No está mal como último partido, en el que además, levantas el Larry O’Brien.

Ya retirado, se hizo habitual ver a David Robinson en la grada el AT&T Center, pese a sentirse incómodo en un principio. “No quería desviar la atención”. Y preguntado entonces sobre si Tim debería tener un perfil más definido, respondió: “Tim hace las cosas a su manera y entiende su responsabilidad. Él no es como yo y además no quiere ser como yo”. Las diferencias entre la forma de ser de uno y otro se prolongaban a otro escenario. “Durante años, David respiraba junto a la franquicia. Ganásemos o perdiésemos, él estaba también a los mandos. ¿Surgía la posibilidad de hacer un traspaso? Le preguntábamos a David. ¿Una asunto táctico con Pop? Le preguntábamos a David. ¿Cómo iba un novato? Le preguntábamos a David. No siempre estábamos de acuerdo, pero él siempre respondía lo que pensaba”, apunta R.C. Buford, general manager spur. Duncan, por el contrario, solo quería llegar a su casa tras hacer su trabajo. Inexpresivo, nadie sabía diferenciar entre un buen día en lo personal o uno malo. Sobre las distintas personalidades, Duncan opinaba: “No siento presión por ser como David, porque no puedo serlo. Fue un modelo increíble, especialmente fuera de la cancha y solo puedo aspirar a ser una parte de lo que él significa para la comunidad. Pero debo hacerlo a mi manera, a la manera que sé hacerlo. En mi caso no es dando discursos o predicando a las masas”. Al ser interrogado Popovich, coach de nuestros protagonistas, el primer año sin Robinson, respondió: “Como fuerza defensiva extrañamos enormemente a David. Y como ser humano lo extraño mucho, mucho más. Hemos perdido a alguien como David, pero tenemos a alguien como Tim. Sinceramente, las cosas no suelen suceder de esta manera. Si tengo que opinar, creo que hemos sido doblemente bendecidos”.

Los Spurs sin Robinson siguieron creciendo de la mano de Pop y Duncan. Hasta sumar otros tres anillos. Pero todo comenzó cuando las Torres Gemelas unieron sus fuerzas. Cuando, siendo tan diferentes, se complementaron. El legado de los Spurs empieza con ellos. Y hoy, ya sin ambos, su influencia permanece.

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