Baloncesto

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Cuando arrodillamos a Leónidas a los pies del Fuji

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Lisboa, Portugal, año 1999. Final del Mundial Junior de baloncesto entre Estados Unidos y España. Tras un partido de dimensiones bíblicas, la mayor potencia baloncestística del universo (en versión mini) claudicaba ante una España que, sin saberlo, estaba viendo los inicios de la generación más gloriosa de su Historia: la generación de los 80’, los Juniors de Oro.

Pasaron los años y todos los jóvenes que tomaron la tierra de Luis de Camoes fueron creciendo, logrando sus primeros éxitos con sus respectivos equipos. A medida que las generaciones venideras no bajaban el listón, se fue configurando un grupo de jugadores que tenía un potencial enorme. Pero todo ese potencial tenía que tomar forma y explotar en alguna cita absoluta, y eso iba a ocurrir en el Mundial de Japón en 2006.

Pau Gasol, Marc Gasol, Juan Carlos Navarro, Carlos Cabezas, Rudy Fernández, Jorge Garbajosa, Carlos Jiménez, Sergio Rodríguez, Berni Rodríguez, Álex Mumbrú, Eduardo Sonseca, José Manuel Calderón y Felipe Reyes. 13 soldados para atravesar el paso de las Termópilas, defender Stalingrado, aguantar las embestidas de Lord Nelson en Trafalgar o como en este caso, tomar Japón.

España quedó encajada en el grupo B junto a Alemania, Angola, Nueva Zelanda, Japón y Panamá, o lo que es lo mismo, no quedar primero era fracasar antes de empezar. Avanzamos con paso firme, sellando el paso a octavos tras ganar los cinco partidos de la fase de grupos. Llegaba lo bueno, los partidos sin retorno, la fase final donde, si fallas o tienes un mal día, el balón naranja te empuja por el precipicio sin tan siquiera mirarte a los ojos. No hay lugar para perdedores.

El inicio de la machada y una vendetta a la báltica

En octavos esperaba la selección, que por entonces todavía se hacía llamar Serbia y Montenegro, a pesar de que la secesión entre los dos países fue hecha efectiva el 3 de junio de 2006, meses antes de empezar el Mundial. El partido fue dominado de principio a fin por un combinado nacional que se sentía fuerte, con ganas de hacer historia y que contaba los partidos por victorias en esta fase final. El sueño empezaba a coger forma.

Y ahora, Lituania. Había cuentas pendientes, verdugo de España en la final del Eurobasket de 2003, donde no fuimos rival para una excelsa selección lituana que nos apabulló. Habíamos rozado el metal dorado en una ocasión, pero la diosa fortuna nos privó de él. La paliza fue devuelta, un contundente 89-67 hacía justicia a una superioridad clara en el parqué y España avanzaba sin mirar atrás a semifinales, donde esperaba Argentina en el que ha sido sin duda el segundo partido más emocionante de la Historia del baloncesto español (sólo por detrás de la final olímpica de 2008).

El día que cambió nuestra suerte

Semifinales del campeonato del mundo 2006. España contra Argentina, la última campeona olímpica. Una generación ya consagrada buscaba otra final ante una generación que buscaba su consagración, un duelo generacional sin igual. El Saitama Super Arena era un caldera con 17.000 almas. Unas horas antes del duelo, Grecia había eliminado a Estados Unidos firmando la mayor sorpresa de la última década en el baloncesto mundial. Un Team Usa en el que estaban tipos como LeBron, Wade, Bosh, ‘Melo’, Paul o Howard. Una machada sin precedentes.

El partido fue lo que prometía: una batalla de 40 minutos donde todos los balones se peleaban como si fuera el último, porque al margen de lo que supone jugar la final de un Mundial, la eliminación de Estados Unidos a manos de los helenos abría el sueño por el Oro de una manera brutal.

Argentina y España entraron muy concentradas al partido, pero los sudamericanos más acertados en ataque y empezaron a abrir distancia en el marcador de entre ocho y 10 puntos. España parecía irse del partido poco a poco, desesperarse a cada posesión que se iba sucediendo, pero entonces entró Sergio Rodríguez para cambiar el partido. Un imberbe base estudiantil entraba en el parqué del Saitama Super Arena para darle la vuelta al partido con su agresividad atacando el aro, su magia y su desparpajo. España al descanso seguía dentro del partido.

El partido en su segundo acto fue mucho más parado que en la primera mitad, muchos viajes a la línea de tiros libres, triples librados y los galones repartidos por igual en los dos países. Con el partido en un puño, a falta de 100 segundos a España se le cayó el mundo encima: Pau Gasol se había torcido el pie izquierdo y era baja para lo que quedaba de partido y más que probable que no jugase una hipotética final. Un drama en el peor momento. El buque insignia caía desolado y con ello parecía que también las opciones de final del combinado nacional. Pero la generación más grande de la historia no podía dejar escapar una oportunidad tan única y mucho menos, dejar las lágrimas de Pau sin consolación.

Con 74 iguales y a falta de 19 segundos para el final, José Calderón visitaba la línea de libres. Un país en la muñeca de ese hombre. Fallaba el primero, anotaba el segundo. Tocaba defender. Una defensa y seríamos dueños de nuestra historia, por fin. Balón en manos de Ginobili que avanzaba implacable, tras consumir unos segundos, buscó la penetración a canasta pero Garbajosa salió como el soldado que se echa encima de la granada para salvar a los demás, cerrando el camino a Ginobili y este, con el periscopio puesto vio al verdugo de España, Andrés Nocioni, en la esquina, esperando la bola para pasar a la final. Ahí fue el pase, ante la sorpresa de un Nocioni que miraba más al aro que a su compañero. Parado en la línea del 6,25 (entonces se tiraba desde ahí), el santafesino armaba el brazo y soltaba el balón y con él, el sueño de dos países.

El cuero anaranjado volaba por encima de todos, con un destino ya fijado mucho antes de tirar Nocioni… el balón daba en el hierro, el rebote era español y se acabó. Lucharíamos por el Oro. Los jugadores saltaban a la pista, incluso un Pau muy mermado tras su lesión, que no podía reprimir sus lágrimas. Tras sufrir lo indecible, la generación de oro buscaría su gloria particular en la final de aquel Mundial de Japón que jamás olvidáremos. En la final esperaba ahora, la máxima candidata tras eliminar a Estados Unidos, Grecia. Otra generación de talentos que quería hacer Historia y colgarse el oro.

La gloria aguarda al valiente

3 de septiembre de 2006. Era el día. La segunda cita más importante en la historia del baloncesto español tras la final olímpica de 1984 en los Ángeles, donde España cayó ante Estados Unidos.

No estaba Pau, pero estábamos 46 millones de españoles empujando. Todo parecía indicar que el partido sería del estilo de la semifinal contra Argentina, y en parte así fue durante parte del primer cuarto. Hasta que dos triples casi seguidos de Calderón y Navarro ponían el 9-16 y empezaban a abrir brecha en el marcador. El segundo cuarto fue un repaso de España, donde defendió como siempre y atacó como nunca. Un triple de Berni Rodríguez cerraba la primera parte con un +20, 23-43 para España. El sueño iba muy bien encaminado.

España se había transformado ante la adversidad. Era una máquina perfecta que funcionaba sin su engranaje más importante. Obligaban a los griegos a tirar en los últimos segundos de cada posesión tiros muy precipitados. El pick and roll y los triples tras salida de bloqueos estaban destrozando a los helenos, que sólo ponían caras de frustración al ver la paliza que estaba sufriendo. Diamantidis, Spanoulis, Papaloukas, Fotsis, Papadopoulos, Schortsianitis, Kakiouzis…y así toda la selección griega con Giannakis en el banquillo era testigo de una de las mayores humillaciones de su historia.

El partido deportivamente hablando no tuvo mayor trascendencia en la segunda parte, con España manejando rentas de entre 15 y 20 puntos, hasta llegar al 70-47 final y despertar del sueño y tocar la realidad. Éramos campeones del mundo.

Se desataba la locura en Japón cuando Carlos Jiménez dejó a Pau Gasol levantar la copa de campeones del mundo y España entera vibraba y lloraba de emoción. Tras tantos años de buenos jugadores y hacer buenos papeles en fases finales, incluida la plata olímpica, España al fin era campeona del mundo. Un hito que fue posible gracias a esta generación de ganadores que no se rindió a la adversidad jamás, superando todos los restos habidos y por haber.

Estábamos en lo alto del monte Fuji, el pico más alto de todo Japón. Allí, con la corona de laurel reposando sobre nuestras cabezas, empujamos al enemigo heleno al pozo del fracaso, para por fin, saborear la gloria con la que tantos años habíamos soñado. Aquella generación, más pendiente de celebrar la victoria que de mirar al futuro, no logró oír la risa de las hermanas del destino, las Moiras, que se reían a carcajada limpia mientras pronunciaban esta frase lapidaría: ‘Mortales, si esta batalla os ha parecido difícil, ni os imagináis lo que los dioses tienen preparado para vosotros. Disfrutad’.

Éramos campeones del mundo, poco importaba el resto.

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