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Crueldad suprema 2.0 en un Valencia de menhires

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1 de Mayo de 2014. Mestalla. 23.00 horas. El camerunés Stéphane M’Bia requisaba al valencianismo, de la forma más cruel, todos y cada uno de los billetes con destino a Turín. Con la misma convicción que decomisa la policía lingotes de oro o grandes cantidades económicas en fichas de casino. Fue el guión temerario de la pavura. Una congoja inhumana. La fatalidad del descuento abría en canal un sentimiento ya desgajado en años acaecidos. Con París y Milán en el fondo de pantalla.

Siete meses después, Busquets actualizó la aplicación. No había un título a la vista pero sí tres puntos y un esfuerzo monstruoso que mereció obtener condecoración. Como la consiguieron Pepito de los Santos, Aurelio Martínez y Bernardo España -“Españeta”- con la insignia de oro y brillantes antes de comenzar el encuentro. En el 94 y con el tiempo de alargue ya descollado, el Valencia permitió un córner en corto. Pero fue en la parte opuesta al lanzamiento donde Leo recibió solo. Sí, Messi. Aunque parezca una temeridad. Gayà no estaba en su casilla y el jaque a Diego Alves con el cabezazo de Neymar se convirtió en jaque mate cuando Filipe Augusto perdió la marca de Busquets. Otra vez el desgarro del descuento. En la misma portería. Con el color chillón en pleno desenfreno y el blanquinegro tirado en el suelo. Idéntica estampa.

 

Dije en su día que el Valencia volvería. Y, ante otro palo demoledor, lo afirmo con mayor vehemencia. El regreso es una realidad. No existe neblina, celaje o bruma que me impida el análisis. La plantilla vive con biberón y empezando a gatear. Los imperios no se levantaron en un día. Estamos ante el grupo de futbolistas más jóvenes de primera división, con entrenador nuevo e ideas renovadas. La doctrina ha de ser implacable: no puede salir ningún jugador importante del Valencia. Bajo ningún concepto. Para solidificar el proyecto es necesario mantener el núcleo duro durante muchos años. A la continuidad de los buenos se le sumará la llegada de grandes jugadores de la mano de Peter Lim. Y ahí la ecuación ya percibirá la luz al final del túnel. En dos o tres años se puede estar luchando por todo. Sin reservas.

Otamendi, André Gomes o Negredo son algunos ejemplos de monumentos megalíticos. Tres menhires o piedras alargadas, en bruto o mínimamente talladas, dispuestas en modo vertical y con su parte inferior enterrada en el suelo -de Mestalla- para evitar que caiga. Ahí se ha de sustentar el Valencia del futuro. Con la madurez del resto llegarán los Cromlech o círculo de menhires. Y con los fichajes de relumbrón que agiganten el nivel de la plantilla se podrá jugar a hacer formas con dichas rocas. Ya llegará el Dolmen, dos pilares de piedra, coronado por un dintel y elevado más allá de los cuatro metros. Solo hay que tener paciencia. Mimbres hay de sobra. “Stonehenge”, la construcción megalítica más fascinante de la historia, situado en la llanura de Salisbury al oeste de Londres, no se alzó con un estornudo.

Además de las toneladas de granitos y vetas se necesitará eso que en el fútbol es fundamental: la suerte. Y estoy convencido que algún día este deporte le devolverá al Valencia CF todo lo que le está arrebatando salvajemente, sin piedad alguna. Son tantas ocasiones que jamás parecerá verse compensado. Ganar una Champions sería una forma maravillosa de restituir tanta brutalidad plañidera y quejumbrosa. Camino queda. Ingenieros hay.

 

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