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Como lágrimas en la lluvia

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Si es por buscar excusas, almaceno varias licenciaturas y un curso de postgrado. Con mención honorífica. Las he utilizado para justificar con solvencia tal número de suspensos, retrasos o ausencias, que hasta las uso para disculpar mis aciertos. Pero no nos engañemos, la eliminación del Atlético de Madrid en las semifinales de Champions ante su gran rival no hay experto en conducción evasiva que la sepa eludir.

Se perdió en el Bernabéu, donde el rival fue mejor en sus puntos fuertes y, lo que es peor, en los nuestros. Por la presión, las finales perdidas, la luna menguante o lo que fuese, pero lo cierto es que el Atleti compitió mal aquel día, con señas de identidad como la presión o su pétrea defensa diluidas, y fatal en las facetas del juego que más se le atragantan. El resultado de tres a cero en la ida dejó al Atleti en la lona, con las fuerzas justas para levantarse, y cerca de que el árbitro parase la pelea por KO técnico. Un primer tiempo desastroso, un segundo lamentable y un tercero forzoso para encontrar un bar donde ahogar el disgusto. Y, por si fuera poco, los golpes vinieron de nuestro enemigo de cabecera, Cristiano Ronaldo. El portugués borda el papel de villano de manual. Al jugador de fútbol portentoso le cuelgan tal ambición sin escrúpulos y soberbia descomunal, que haría palidecer de envidia a James Mason.

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La siguiente semana los atléticos acariciamos el sueño de lograr la hazaña perfecta en el marco soñado. En el último partido europeo del Calderón y ante el eterno enemigo. Tan ideal parecía la gesta que esperábamos el partido como esos regalos en que demoras el momento de desenvolverlos, deseando no abrirlos para no perder la ilusión de la sorpresa. Los dos goles al comienzo del partido de vuelta alimentaron la esperanza, pero la gran jugada de Benzema nos pilló en el bar de los milagros con la música quitada, las luces encendidas y el cierre a medio bajar. Fin del camino en la Champions.

Vaya por delante que no soy objetivo. Si hay que elegir entre comerme una cucaracha o ser del Madrid, te pido pan y cerveza para tragármela, pero lo cierto es que se trata del resultado lógico. Te lo confirman las previsiones de las casas de apuestas antes de la eliminatoria, que analizan los encuentros con la asepsia que da siempre arriesgar tu dinero: el Madrid era el claro favorito. La diferencia de presupuestos instala una desigualdad demasiado grande como para obviarla. Nos llaman llorones por quejarnos de este desequilibrio, como si por repetida esta realidad estuviera prescrita. Hace ya mucho que Madrid (y Barça) cayeron en la marmita de Obélix que son los derechos televisivos, y su poderío económico les hace tan intratables que perder contra ellos es lo habitual. El Atleti, tercer presupuesto de la liga, ha quedado eliminado de la copa por el Barça, de Champions por el Madrid y, salvo sorpresa, tercero por detrás de Barça y Madrid nuevamente. No son lloros, es la cruda realidad. El Atleti le levantó una Copa del Rey y una Liga a los dos grandes. Lo hizo con un bloque de granito que funcionó como un reloj, con todos sus componentes en su mejor versión, y jugadores como Diego Costa o Falcao desequilibrando. Este año los dos fichajes estrellas del Atleti, Gameiro y Gaitán nunca han aparecido en los títulos de crédito. Así es muy complicado.

Decía Belmonte que uno torea como es. Yo digo más: se vive, se juega y se bebe como se es. Personalmente no creo que el afectómetro registre diferentes niveles según los campos. Ni siquiera que la afición del Atleti sea la más fiel. Tampoco creo en los clichés de señorío o pupas que tan fácilmente se colocan. Pero sí creo en la elección de cada uno. Y en que el Atleti es la clase de pasión que detestan tu esposa, tu madre y tu contable. Decidme qué se siente rezaba el famoso tifo que para Antonio Agredano constituía una suerte de suicidio valiente.Yo creo que los fondos de los campos, como los de las barras de los bares, son zonas oscuras donde es difícil encontrar cariño, comprensión o higiene. Y que la valentía de un tifo así es la misma que la del ricachón que en la barra del bar acepta apuestas sin problemas, mientras utiliza billetes de cien euros como posavasos. ¿Que qué se siente? Pues en primer lugar rabia y dolor, nivel Edward Norton en American History X cuando tiene problemas en las duchas al caerse el jabón. Pero, por encima de todo, la misma sensación que cuando te metes en una pelea sabiendo que no llevas las de ganar, que hay otros más poderosos. Que tu pasión, tu carácter y tu orgullo igualarán algo la pelea contra el músculo trabajado y el olor a linimento de gimnasio. Lo sabes, lo sientes, pero lo peleas. A muerte. Porque salir victorioso de vez en cuando compensa el riesgo de volver a casa magullado y la moral con hematomas. Porque uno vive y pelea como es.

Blade Runner

Y llegó la lluvia con los estertores del partido cuando ya ni el milagro parecía posible. Una de esas trombas de agua capaz de sacar a los peces del Manzanares medio ahogados. Y Dios decidió sacar el flash para fotografiar el Calderón. Y aunque no había paloma ni replicantes, el riff inicial del Thunderstruck de AC/DC sonaba como el sintetizador de Vangelis. El cielo se abrió para recordarnos que este partido era una despedida, que el escenario de nuestros recuerdos echaba el cierre. Llegó para que todos sepan que en ese campo hemos visto cosas que no creeríais. Pero que nuestros recuerdos del querido Vicente Calderón nunca se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia, aunque sea su hora de morir.

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