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Cleveland, el llanto unísono de una ciudad

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“Siento que mi vocación hacia este lugar está por encima de baloncesto. Tengo la responsabilidad de liderar, en más de una forma, y me lo tomo muy en serio. Mi presencia puede marcar la diferencia en Miami, pero creo que puede significar mucho más en mi hogar. Quiero hacer ver a los chicos del noreste de Ohio, como a los cientos de chavales de Akron que asisto a través de mi fundación, que no hay mejor lugar para crecer que aquí. Quizás algunos de ellos lleguen a casa después del instituto y ayuden a levantar una familia o abrir un negocio. Eso me haría sonreír. Nuestra comunidad, que ha batallado tanto, necesita todo el talento que pueda conseguir. En el noreste de Ohio nada se da. Todo se gana. Trabajas para lo que tu tienes. Estoy listo para aceptar el reto. Vengo a casa”. LeBron James, julio de 2014.

Cleveland, la ciudad. Y el hijo pródigo. O prodigio. Da igual. El mejor jugador del planeta. Con su mujer embarazada de su primera hija (tiene además dos varones), un LeBron mucho más maduro que el que había hecho las maletas tiempo atrás buscando la gloria bajo el sol de Miami tomaba la decisión de regresar a su localidad. Y el impacto se tradujo en unos Cavs que de repente volvían a aspirar al anillo. Pero la decisión se torna aún más importante por otros matices que tienen que ver con lo social. Los Cavaliers no son los Heat; ni Ohio, Florida. En Cleveland no hay yates en un puerto deportivo, ni abundan los descapotables por las avenidas. Tampoco proliferan las grandes mansiones de ricos bronceados. Y obviamente, en “The Q” no rebosa el glamour. No, Cleveland es otra cosa.

Cuando James decide tornar a su estado natal es consciente de que el significado va más allá. Porque en 2015 Cleveland no es, ni mucho menos, la ciudad ideal para vivir. Su compromiso entonces será otro, los motivos que le estimularán, distintos: levantar también el ánimo a los ciudadanos de una urbe que lo está pasando mal, ser cabeza visible de una comunidad desgarrada por unos tiempos de incertidumbre, de crisis comunitaria. Liderar una resurrección.

La marca deportiva que lo representa se sacaría de la manga un spot que plasmaba el alcance de la emoción que desataba la vuelta de “El Elegido”.

Pero vamos a tratar de explicar lo que solo los habitantes de Cleveland pueden entender, lo que para ellos simboliza que su más ilustre celebridad reme en una embarcación que hace aguas por todas partes. Hablemos de Cleveland, la ciudad…

En 2014, un estudio basado en datos del FBI incluía a Cleveland entre las 10 ciudades más peligrosas de los Estados Unidos. El índice de criminalidad ese año se situaba por encima de los 315 puntos; una brutalidad motivada por la depresión. Y es que Cleveland fue un epicentro inicial de la crisis de las hipotecas de alto riesgo. A mediados de la década de 2000, una vez que los barrios estables fueron vaciados por los impagos, muchas de las viviendas vacías se convirtieron en guaridas del crimen. Como resultado, la delincuencia alcanzó su punto máximo en 2006. Por entonces, Cleveland sería declarada la ciudad más pobre del país. Un dato desolador: ya en 2015, un 35,4% de la población seguía viviendo por debajo del umbral de la pobreza y el número de habitantes se redujo a niveles no vistos desde 1900. Episodios como las más de veinte demandas en 2008 ante los tribunales del estado de Ohio a los grandes bancos de Wall Street, a los que culpaba del derrumbe financiero que atravesaba la ciudad por haber inundado el mercado inmobiliario local con préstamos de hipotecas ’subprime’ a sabiendas de que mucha gente no podría devolverlos. El paraíso de los créditos basura, la raíz de un mercado podrido. Episodios como la reforma en los métodos de los policías de la ciudad por parte del Departamento Estadounidense de Justicia, debido al uso excesivo de la fuerza no razonable de sus miembros. La brutalidad policial como reflejo de la desesperación de quien delinque, del caos que sugiere una tasa de paro excesiva y unos recursos exiguos. Cleveland, la ciudad, es todo eso. Es crisis, es impotencia, es desesperanza.

 

Por eso fue tan importante entonces el retorno del Rey. Y ahora, dos años después, el campeonato, con todo lo que conlleva…

Estamos en junio de 2016 y vivimos los días de resaca del primer triunfo de un equipo de la ciudad del estado de Ohio en más de 50 años. Hoy en Cleveland la gente es un poco más feliz. El pasado domingo unos 18.000 espectadores reunidos en el Quicken Loans Arena para ver el encuentro en una pantalla gigante comenzaron a lagrimear. Pero en esta ocasión sería de alegría. Desconocidos que se abrazaron, brotes compartidos de éxtasis que en muchos casos llevaban toda una vida esperando. Gente que por fin aparca 52 años de sequía (el último triunfo de un conjunto local databa en 1964, cuando los Browns fueron campeones de la NFL)… Es comprensible el delirio. Un delirio avivado tras estas palabras de James: “Nuestros seguidores nos animan a muerte, no importa lo que pase, no importa si son los Browns, los Indians, los Cavs, o cualquier otro equipo, siguen apoyándonos. Y para nosotros, poder terminar esto, terminar con esta sequía, es algo que merecen los fans. Se lo merecen. Y esto es para ellos. Va a ver la mayor fiesta que Cleveland haya visto jamás”.

Son fechas en las que los ciudadanos de Cleveland, tan castigados por la depresión económica y social, van a poder olvidar por un instante sus penas, dando paso aunque sea temporalmente al efecto balsámico de la alegría. Dejando que el lado más amable del deporte les consuele.

Cleveland llora al unísono. Lleva llorando lustros. Pero en esta ocasión, las lágrimas no son de desolación. Por primera vez en mucho tiempo, Cleveland llora de júbilo.

Y de nuevo un anuncio de esa firma que patrocina a LeBron James resume el sentir colectivo de una ciudad.

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