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Ciclismo, desierto y petrodólares

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Durante el mes de febrero, el foco del ciclismo se desplaza progresivamente y de manera cada vez más evidente a la península arábiga. La combinación de dinero fresco y buenas temperaturas lleva a los equipos y a casi todos los mejores ciclistas del pelotón a hacer una buena parte de su preparación competitiva en este inicio de temporada en las tres carreras de los países arabes.

El Tour de Dubai, la más joven, organizada desde el año pasado por RCS, abre el tríptico con cuatro días en el emirato. Inmediatamente comienza la más veterana de ellas, el Tour de Qatar, con más de una década de historia, con seis días, que posteriormente completan otros seis días en el sultanato de Omán.

Como bien señala el periodista Andrés Cánovas, estos 16 días de competición en tierras árabes son comparables a las carreras que se realizaban durante estas similares fechas en España. Los 15 días que cubrían la Vuelta a Murcia, la Vuelta a la Comunidad Valenciana y la Vuelta a Andalucía se han trasladado al desierto. Mientras tanto, la carrera valenciana desapareció en 2008 y la murciana ha quedado reducida a una sola jornada.

Las ya mencionadas agradables temperaturas son la principal excusa, aunque el factor diferencial es, lógicamente, el económico. Y mientras los equipos aun prefieren realizar sus stage de pretemporada invernal en la costa levantina y las islas Baleares y Canarias, la competición -relativa- se traslada bajo el auspicio de los jeques. Solo la Vuelta a Andalucía, gracias a una acertada estrategia de imagen está remontando el vuelo, ahora además con televisión en directo, mientras la mayoría de carreras españolas languidecen sin apoyos.  

No son pocos los ciclistas que han realizado este año al menos dos de las carreras emiratíes, algunos incluso las tres. Nibali, Valverde, Joaquím Rodríguez, Cavendish, Degenkolb o Gilbert estuvieron en Dubai; los mismos Valverde y Gilbert, Kittel, Sagan, Cancellara, Boonen, Kristoff, Terpstra o Wiggins pasaron por Qatar y en Omán están presentes también Valverde –que hace pleno-, Nibali, Rodríguez, Sagan, Kristoff, Cancellara o Rui Costa. Prácticamente solo faltan Froome y Contador, que se estrenan en Andalucía, y el campeón mundial Kwiatkowski que estará en el Algarve.

La tónica de estas carreras es muy similar. Recorridos completamente llanos por el desierto, con las fuertes rachas de viento como grandes protagonistas, además de la siempre molesta arena. Los velocistas y rodadores destacan en estos recorridos, exceptuando el habitual ascenso a Green Mountain en Omán, que permite mostrarse a los ciclistas aspirantes a triunfos en las grandes vueltas. El público es prácticamente inexistente, salvo en algún repecho o la meta, en zonas sin ninguna tradición ciclista. Y la televisión en directo, pese a poseer los medios, solo es efectiva en Dubai.

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Y allí, a la llamada de los petrodólares, acudirá también el Campeonato Mundial de Ciclismo, una de las pruebas más importantes del año, que en 2016 se celebrará en Qatar. La inversión económica, evidente. El riesgo de una carrera desangelada, también. Dinero contra tradición es un debate que se ha acentuado en los últimos años, no solo en el ciclismo, sino también en otros deportes como el fútbol, el atletismo o el ejemplo más reciente, el balonmano.

Una inversión económica proveniente de los emiratos que no solo se muestra en forma de nuevas competiciones, sino también de nuevos equipos. Ya existe el Skydive Dubai en categoría Continental, que ya se ha hecho un hueco en los circuitos asiático y africano y tiene la aspiración a medio plazo de ascender a la élite. Y también se ha hablado del posible patrocinio de equipos ya existentes, como escribe Fran Reyes en referencia al Astana.

El ciclismo necesita solvencia económica para evitar convertirse definitivamente en un deporte minoritario. El interés inversor proveniente de los emiratos puede ser muy positivo para crear competiciones, potenciar equipos, iniciar proyectos y relanzar la imagen del ciclismo con más y mejores medios. Sin embargo, la falta de tradición podría suponer un alejamiento por parte del público más ‘purista’. La realidad actual: el ciclismo necesita dinero para sobrevivir.

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