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Ciclismo de ataque

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En una época en la que el conservadurismo impera en el ciclismo, el ‘puestómetro’ cobra cada vez mayor relevancia y la valentía queda en un segundo plano ante la búsqueda de maximizar la eficiencia de las fuerzas, todavía quedan unos pocos ciclistas que hacen del ciclismo de ataque y la ambición la base de su trayectoria.

Es el caso de Vincenzo Nibali, posiblemente el ejemplo más representativo de este modo de afrontar las carreteras. El tiburón siciliano no se esconde nunca. No importa el tipo de carrera: una vuelta de tres semanas, una competición de siete días, una prueba menor italiana, una etapa en concreto o una clásica.

“No soy ni siquiera como el hermano pequeño del que ganó el año pasado”, declaró Nibali tras su hundimiento en la general en la primera semana del Tour de Francia y el ascenso, a la postre decisivo, a la Pierre de Saint-Martin. Flamante vencedor del anterior Tour de Francia, venciendo hasta cuatro etapas y siempre al ataque pese a tener el maillot amarillo más que asegurado, veía como perdía sus opciones de repetir triunfo demasiado pronto.

Andar lejos de su mejor forma no fue excusa para dejar de intentarlo, sino un aliciente más. Nibali lo intentó en todas las etapas de montaña, con mayor o menor éxito, alguna vez incluso más de cara a la galería que por fortaleza real. Lo Squalo finalmente recibió su justo premio con su cabalgada alpina hasta La Toussuire: aprovechó un problema mecánico de Froome para ataque en la Croix de Fer, a casi 60 kilómetros de meta, ningún otro ‘gallo’ le siguió y marchó en solitario hasta ganar la etapa.

Aunque ya inútil a efectos prácticos, le sacó alrededor de un minuto a Quintana y el propio Froome, y dos minutos y medio al resto de ocupantes de los puestos punteros. Incluido Valverde, al que llegó a amenazar su podio: un pinchazo del siciliano en Alpe d’Huez y la solidez del murciano le dejaron en la cuarta posición.

¿Qué hubiera sucedido si Nairo Quintana, en mejor forma y mejor escalador que Nibali, hubiera realizado un ataque similar? Realizar ‘ciclismo-ficción’ suele ser una pérdida de tiempo, pero no está de más plantearse si con una táctica más ofensiva antes del último día hubiera podido recortar el escaso minuto con el que Froome se impuso en la general.

PRA LOUP, France 22th July 2015, TOUR DE FRANCE -  stage winner from Berlin, Germany, Simon GESCHKE, team GIANT-Alpecin, in the Col d'Allos, Radsport, Frankreich Rundfahrt,  Tour of France, cycling, bicycle road racing, Photo:  ATP BOUKLA Fabien

Nibali, afortunadamente, no fue el único ejemplo de ciclismo ofensivo que obtuvo su premio en el reciente Tour de Francia. Esta vez las fugas, que tuvieron protagonismo consentido en Pirineos y sobre todo en unos Alpes preciosos: Rafal Majka atacó en la base del Tourmalet para vencer en Cauterets en solitario; Rubén Plaza en la Manse para resistir en el descenso y ganar en Gap; Simon Geschke fue el merecido protagonista tras su ascenso a Allos en la meta de Para-Loup; y Romain Bardet protagonizó otra gran cabalgada hacia St.Jean de Maurienne, tras superar el precioso Lacets de Montvernier.

A veces tal premio no llega, como ocurre en el caso de Alberto Contador y Peter Sagan. El español, tras ganar el Giro, no contó con las fuerzas para hacer doblete y quedó descartado enseguida de la lucha por la general. Sin embargo, en varias ocasiones intentó ataques lejanos en la alta montaña, en vano, sin embargo.

El eslovaco, por su parte, fue protagonista en todos los terrenos, siempre en cabeza, siempre al ataque, también en la alta montaña, cuesta arriba y cuesta abajo, a la fuga o al sprint. Sin embargo, su inacabable ambición no tuvo el premio del triunfo por segundo año consecutivo. Sagan sumó hasta diez posiciones en el Top-5 de la etapa, la mitad como segundo clasificado.

Sin embargo, pese a la ausencia del triunfo, su Tour de Francia no quedará en el olvido. Porque en el ciclismo no solo los triunfos quedan para el recuerdo, si no también una actitud sobre la bicicleta que pone en pie a los aficionados. Una valentía que, con premio o no, siempre merece la pena.

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