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Christian Laettner, el odio y el fracaso más deseado

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El fenómeno hater no es algo que haya aparecido recientemente con las redes sociales, ni mucho menos. Twitter, Facebook, Instagram y demás webs 2.0 lo único que han hecho es potenciar algo que ya existía a finales de la década de los ochenta y principios de los noventa. Que se lo digan a Christian Laettner. Posiblemente no ha habido un jugador que generase tanto odio sin haber llegado todavía a profesional.

Odiar sin conocer. Odiar porque sí. Eso son los haters. ¿Qué percepción tenía la gente sobre Laettner para que un simple jugador de baloncesto universitario generase tanta animadversión? El brillante documental de la ESPN I Hate Christian Laettner da cinco claves: privilegiado, blanco, abusón, grandeza y apariencia. Un cóctel que le acompañó durante toda su carrera, empezando por el instituto.

La Nichols School fue el centro en el Laettner comenzó a despuntar como jugador de baloncesto. Un instituto privado que le dio fama de chico de clase privilegiada. Nada más lejos de la realidad. El padre de Christian era tipógrafo en un periódico local y su madre era profesora de primaria. Primera percepción errónea sobre Laettner. Pero claro, la gente sólo juzgaba lo que veía: un chico alto y guapo que jugaba en la Universidad de Duke, una de las más elitistas de Estados Unidos. Era el arquetipo perfecto de tipo de clase alta.

El público no se identificaba con el estilo Duke. Sus alumnos eran vistos como niños de papá, mimados, mayoritariamente blancos, y con mucho dinero. Un estilo que ya no se llevaba cuando Laettner era la imagen icónica de esa universidad. La moda de aquella era la cultura hip-hop: músicos como Tupac Shakur, series como El Príncipe de Bel Air, gorras, cadenas, ropa ancha… todo lo contrario a la imagen que proyectaba Duke. Por eso los aficionados preferían a la Georgetown de Alonzo Mourning, la UNLV de Larry Johnson o la Michigan de los Fab Five. Equipos compuestos principalmente por jugadores afroamericanos talentosos que procedían de zonas marginales. Ese estilo “molaba más” que la disciplina clásica de los Blue Devils.

Laettner no podía controlar las modas ni algunas percepciones que tenían sobre él. Sí podía controlar la imagen de matón que tenía para prácticamente todo el mundo (compañeros de equipo incluidos), pero nunca quiso. Para Christian, el deporte es competitividad, no un paseo por el parque. Debido a eso, siempre que saltaba a la cancha, lo hacía con mucha intensidad. O agresividad, según cómo se mire. Tanto en high school como en collage protagonizó varios altercados por codazos, agarrones y pisotones.

La más famosa de las acciones sucias de Laettner se produjo el 28 de marzo de 1992. Ese día, Duke y Kentucky se enfrentaron en la Final Regional del Este en el que está considerado como el mejor partido de la historia del baloncesto universitario. En la segunda parte de dicho encuentro, Laettner fue empujado por un jugador de los Wildcats y el pívot de los Blue Devils pensó que se trataba de Aminu Timberlake. En la siguiente jugada, Timberlake chocó con Laettner y se fue al suelo. Christian, que tenía en mente vengarse, le pisó en el abdomen de forma intencionada. Para sorpresa de todos, al 32 de Duke sólo le cayó una técnica y continuó jugando. “A cualquier otro jugador le hubieran expulsado, pero era Christian Laettner”, señalaron los jugadores de Kentucky. Más motivos para odiarle.

Esa situación era una metáfora de lo que solía pasar con Laettner: la liaba, se salía con la suya y se iba a casa con la victoria en el bolsillo. Porque aunque era el malo de la película, él siempre ganaba. En aquel partido, para colmo de los haters, Laettner anotó una canasta a falta de 2’1 segundos que le dio a Duke el pase a su cuarta Final Four consecutiva. Un tiro para la historia que jamás tendría que haberse producido. Eso dicen, y con bastante razón, quienes defienden que Laettner tuvo que ser expulsado por el pisotón a Timberlake.

En la final de la NCAA, los Blue Devils pasaron por encima de los Wolverines de Chris Webber, Jalen Rose, Juwan Howard y compañía. Aquellos míticos Fab Five de la Universidad de Michigan que representaban a la América negra y a la universidad pública no pudieron con los pijos blancos de la universidad privada. Duke sumaba así su segundo título nacional consecutivo. Un colofón perfecto para la etapa universitaria de Laettner.

Llegaba el momento de dar el salto a la NBA. Y lo hacía tras haber sido galardonado como el mejor jugador universitario del país. Pero el premio gordo fue su inclusión en la convocatoria de la selección estadounidense de cara a los Juegos Olímpicos de Barcelona 1992. Otro golpe para los haters: el tipo más odiado iba a ocupar la última plaza del mejor equipo de baloncesto jamás formado. Muchos consideraron que esa plaza era para Shaquille O’Neal y que incluir a Laettner era más bien un gesto político para que hubiese un blanco más en un equipo mayoritariamente afroamericano. Sólo Larry Bird, John Stockton, Chris Mullin y el propio Laettner eran de raza blanca en aquella escuadra.

En Barcelona, además de llevar las bolsas de sus compañeros, Laettner promedió 4’8 puntos por partido. Un papel totalmente residual, pero las fotos siempre estarán ahí, con él siendo el primero de la fila del Dream Team en la entrega de la medalla de oro. Podrá presumir de ello hasta el día de su muerte, aunque las nuevas generaciones de fans del baloncesto vean esas fotos, y tras identificar a Michael Jordan, Magic Johnson, Larry Bird y el resto del equipo, lleguen al que lucía el número 4 y se pregunten “¿Pero este quién es? ¿Qué pintaba en el Dream Team?”. Porque mientras Shaquille O’Neal desarrolló una carrera legendaria y es miembro del Salón de la Fama, la de Christian Laettner no estuvo a la altura de lo que se esperaba.

Al mismo tiempo que el expupilo de Mike Krzyzewski estaba concentrado con la selección en Mónaco, en Portland se celebraba el Draft. Por eso Laettner no pudo escuchar en directo los abucheos (cómo no) que le dedicó el público cuando David Stern anunció que había sido elegido por los Minnesota Timberwolves con el número 3 de aquel Draft. Su suerte iba a dar un giro de 180 grados. Se iba a Minneapolis a pasar frío y a perder un buen puñado de partidos.

En las tres temporadas completas que estuvo en los Wolves, su equipo nunca bajó de las 60 derrotas. Él cumplía con su parte -17’2 puntos y 8’1 rebotes de media-, pero no era suficiente. Justo cuando el rumbo de la franquicia iba a cambiar para mejor (Kevin Garnett), fue traspasado a los Atlanta Hawks. En Georgia se vio al mejor Laettner NBA: 18’1 puntos y 8’8 en 1997 que le valieron para ser All-Star por primera y última vez. Después jugó en Detroit, Dallas, Washington y Miami sin pena ni gloria. Se retiró en 2005 con unas medias de 12’8 puntos y 6’7 rebotes en su carrera.

Laettner quedó muy lejos de las expectativas, pero los haters sonreían. El matón universitario había recibido una cura de humildad al enfrentarse a alguien de su mismo tamaño. Al año siguiente de retirarse, su último equipo, los Heat, ganaron el primer anillo de su historia. Para algunos, mala suerte. Para otros, el karma. Porque más de dos décadas después, la figura de Christian Laettner no deja indiferente a nadie.

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