Copa América

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Chile, la generación que revivió el fútbol

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No es fácil ser hincha de la selección de Chile, para nada. Porque históricamente hemos convivido con una mezcla de mala suerte, poca ambición y poco amor propio. En el primer recuerdo más claro que tengo con la Selección se dio el primer factor; a Francia 98 llegó un equipo con muchas ganas y buen fútbol, pero la suerte y la Señora FIFA no estaban de nuestro lado. El penal contra Italia y el agónico gol de Vastic si lo demuestran. Que, tras eso, en octavos nos tocara Brasil solo era la guinda de la torta.

Es en el año 2000 cuando la selección se marcó para siempre en mi memoria emotiva y me hizo prometer fidelidad pese a todo. Ese fue el año de los Juegos Olímpicos, en Sydney. Una selección guiada por Zamorano, por la cual mi papá me despertaba en la madrugada para poder seguir la transmisión desde Australia. Inolvidable porque fue la ocasión en que más íntimamente compartimos a la Selección, inolvidable porque ese equipo despertó esa ilusión de que Chile estaba para cosas grandes, que podía destacar a nivel internacional.

La ilusión de ese tercer lugar en los Juegos Olímpicos se esfumó de golpe con la realidad de 12 años de fracasos, de papelones. Nos quedamos fuera de Corea-Japón 2002 y Alemania 2006. La mezcla de mala suerte, poca ambición y poco amor propio se tomó a La Roja y nos dejó sin nada, incluso llegamos a ser últimos en una eliminatoria mundialista.

Tuvieron que venir los jóvenes a despertar el fuego futbolero de un país. La selección sub 20 que fue a Holanda, en 2005, fue el primer indicio de que algo nuevo se estaba forjando, que había un fuego que estaba comenzando a arder. Había una generación nueva, con hambre de triunfos, de gloria, de reconocimiento. Esa llama explotó con el equipo sub 20 que nos representó en Canadá, el 2007. Arturo Vidal, Alexis Sanchez, Gary Medel, Mauricio Isla, Cristopher Toselli, entre los que lograron mantener el nivel en el tiempo. Sumados a Matías Fernández, Jose Pedro Fuenzalida y Gonzalo Jara que destacaron el 2005 y otros como Fabián Orellana y Eduardo Vargas que dieron sus primeros pasos de selección en el torneo de Toulon 2008. Esa base de jugadores se decidió a cambiar la historia de Chile desde sus cimientos. De la mano de Marcelo Bielsa, clasificaron a un mundial después de 12 años. Volvieron a ganar de visita en Lima y en Asunción. Le ganaron por primera vez un partido oficial a Argentina. Volvieron a pasar la primera ronda de la Copa Mundial para otra vez se toparse con Brasil, pero esta vez no fue tan fácil como el 98.

 

Luego de Bielsa vino la era Borghi, la cual quedo a medio camino luego de quedar fuera de Copa América en Argentina y enredar el rumbo del camino a Brasil. Sampaoli terminó el trayecto y por primera vez clasificábamos a dos mundiales consecutivos. En el mundial se plantaron de igual a igual contra todos, incluso se dieron el lujo de eliminar a España, en el Maracaná. Pasamos a segunda ronda, aunque para volver a toparnos con Brasil. Pero esta vez fue aún más difícil que en Sudáfrica. El horizontal y el vertical nos negaron hacer historia en tierras cariocas.

Pero este grupo de muchachos no está hecho para triunfos morales. El 2015, en casa, nos hicieron gritar por primera vez que éramos campeones. Esos muchachos forjados entre Holanda 2005, Canadá 2007 y Toulon 2008-2009, levantaron la copa de campeones de América.

Ahora, ese mismo grupo de muchachos, de la mano de Juan Antonio Pizzi, están en la final de Copa América Centenario. No empezaron bien, pero no se les podía olvidar jugar al fútbol y cuando se acordaron demostraron que no fueron de paseo a Estados Unidos, que da igual si la copa es inventada o si no tiene validez histórica, estos muchachos nunca jugaron por copas, siempre jugaron por el escudo que llevan en el pecho y eso es más valorable, porque llevaron a Chile a un lugar insospechado y las copas solo serán consecuencia de eso. Estos muchachos rompieron los paradigmas de nuestra historia: a su ambición y amor propio, se le empezó a unir la suerte.

Por eso escribo ahora, antes de la final, porque ganen o pierdan en Nueva York siempre les voy a agradecer por revivir a la selección. A esa que alcance a disfrutar con mi papá antes que los horarios de trabajo nos separaran. Esa por la que sufrí, disfruté y me ilusioné. Esa que es mía, de mis amigos, de mi hija y de todo el que se seca los ojos luego de escuchar a esos 11 jugadores que, en cada cancha del mundo, nos hacen sentir locales al cantar nuestro himno.

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