Sudamérica

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Chapecoense, verde esperanza

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No quería reiterarme, tras los preciosos artículos de mis compañeros y la carta que se firmó desde un país que se siente tan apenado. Pero esta semana no me salen las palabras para otros jugadores, otro escudo u otro club, si no me detengo a hacerlo antes con este dolor. Así que disculpad si abro mi corazón, quizás, diciendo cosas que ya leísteis.

No vamos a olvidar la mañana del pasado martes. Nunca se irá. Porque al igual que los momentos que se convierten inolvidables debido a la felicidad en la máxima expresión, también se hacen hueco en la memoria aquellos que son desgarradores.
No puedo dejar de pensar, ¿Por qué? ¿Por qué las vidas se apagan cuando tienen tantos sueños por cumplir? ¿Por qué algo llamado destino se obceca en ser cruel para algunas personas? No puedo dejar de sentir la necesidad de respuestas que calmen esta agonía entre tantos interrogantes.

No puedo dejar de pensar en aquellos que viven, con el vacío y el duro golpe en su máxima cercanía. Padres y madres, hijos, mujeres y maridos, amigos, compañeros de trabajo. Aquellos que no deben lograr conciliar un sueño sin ser interrumpido por semejante pesadilla. Los supervivientes, que milagrosamente y por fortuna siguen con vida, pero que deberán empezar el día uno de una nueva vida, con el shock que causa presenciar una desgracia de tal índole. Aquellos que, por el motivo que sea, no viajaron en ese maldito avión, y padecen esa contradicción de sentimientos: sentirse afortunados mientras les han arrebatado parte de aquello que compone su vida. Parte de un club, que se ha ido dejando tanto en este lugar. La pérdida de un sello que agigantará su identidad y su esencia sin la presencia física.
Pienso en todos ellos porque soy madre, hija, mujer, amiga y compañera de trabajo. Porque al igual que todos vosotros, siento ese amor humano hacia el desconocido que sufre.

Las muestras de solidaridad del planeta hablan por sí solas. Parece que todos lleváramos algún ser querido en esa aeronave, porque a todos nos conectó con la tristeza. Y aunque lamentablemente suceda cuando los medios nos despiertan con una fatalidad, no hay nada más hermoso que una cifra tan inmensa pueda estar unida para acompañar un sentimiento. Las poblaciones de todo un mundo, alineadas entre sí.
Un despliegue humano donde cada seña de respeto simboliza una mano sujetando a otra, sosteniendo aquella que se desvanece.


Lo que se vivió en el Atanasio Girardot fue mucho más que un conjunto de preciosas imágenes que pasarán a la historia. Una manifestación de afecto que ha llevado la esperanza a todos los hogares existentes. Un silencio entre una multitud, que posee un mensaje infinito sin mencionar ni una sola palabra.

En esta vida, en la que nos movemos a toda velocidad, muchas veces no nos paramos a mirar a los ojos, a dar un abrazo de más. En ocasiones no vencemos a ese orgullo, miramos con exceso a ese propio ombligo o no damos voz a lo que debimos pronunciar. Las agujas de un reloj, que giran sin cesar. Todo sucede a un ritmo vertiginoso, y en muchos momentos, no nos detenemos para sentir la vida y observar el tiempo. Siempre es él quién nos contempla y se adueña de nosotros.

Viendo las imágenes del homenaje que brindó el Atlético Nacional, con mi hija de apenas dos años en brazos, me detuve en ese tiempo y comprendí, que a veces el mundo, aquél que dejamos a nuestros descendientes, puede convertirse en un lugar mejor. Crearlo depende de todos nosotros.

Hoy no he escrito con el balón de fútbol como protagonista, como suelo hacerlo de costumbre. No hay estadísticas ni nombres propios. Sólo uno, por el que sentimos un unánime afecto: Chapecoense.
Ni siquiera lo hice para describir las hazañas de este club trabajador y lleno de ilusión, del mérito de sus ascensos y de esa final soñada.
Siento que no encuentro las palabras para este humilde homenaje a enormes héroes. Demasiada angustia. Un texto incompleto, como se sienten todos aquellos que lloran por las piezas fundamentales de sus vidas. Unas líneas donde cada letra lleva el llanto de un lugar del mundo, ubicado al sur de Brasil. Frases que me oprimen el pecho con el significado de cada palabra, que habla sobre esos corazones que dejaron de latir. Me siento triste, pero también orgullosa. Nuestro predilecto, el fútbol, ese deporte que mueve masas, ha ofrecido una lección de respeto y compromiso humanitario. Contribuyendo con el recuerdo de aquellas personas que se fueron, pero serán eternas.
El Chapecoense, como no podía ser de otra forma, se viste tras una elástica verde. Ese color de esperanza, que ha pintado en nuestras vidas el lienzo de un amor sin fronteras, infinito y verdadero.
Desde lo más profundo de mi corazón, ¡Força Chape!

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