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Chapecó homenajea a sus héroes

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Idione y Jéssica son profesoras de la Escuela Agropecuaria y llegan al estadio de Chapecó: abren sus carteras y sacan dos cartulinas, con ocho dibujos cada una, que pegan en una pared y que se unen así a los cientos de homenajes que pueblan, desde el martes, el Arena Condá.

Intentamos dar clases como siempre, pero estos días ya no se puede los chicos sólo hablan de lo que pasó en Medellín“, dice una de ellas.

En uno de los dibujos se ve a Dios, entre nubes, dándoles la bienvenida a los jugadores de Chapecoense que murieron el lunes por la noche tras la caída del avión que los trasladaba a Colombia, donde debían jugar la final de la Copa Sudamericana. En otro, se lee: “Era para ganar una estrella en el pecho, pero ahora ganamos 71 en el cielo“.

Los chicos que dibujaron tienen 14 años y viven en las afueras de Chapecó. “Por eso, como están lejos, nos pidieron que trajéramos sus obras al estadio“, comentan las maestras. “La mayoría ya conocía personalmente a los jugadores: hace un mes habían visitado el barrio para hacer actividades solidarias“.

Fernanda, Andrea, Camille y Natália, de la Escuela del Buen Pastor, tuvieron una idea parecida. Conmocionadas por el accidente, estudiantes de último año de primaria, pasaron por todas las aulas de su colegio pidiendo a los alumnos que eternicen en un papel sus sentimientos sobre la tragedia.

En la tarde de Chapecó, con el resultado de más de cien hojas en sus manos, se acercaron también al estadio, para dejar constancia de que la solidaridad de la ciudad comienza ya desde el jardín de infantes. “Cuando entrábamos por las aulas con la bandera del Chapecoense -relata una de las jóvenes-, antes de que dijéramos nada, varios chiquitos ya se ponían a llorar“.

Fans Pay Tribute To Brazilian Football Team Chapecoense Following Fatal Plane Crash

Todo es emoción en el estadio del Chapecoense, lágrimas, tristeza.

El 23 de noviembre, hace diez días y un mundo, la gente se abrazaba en las tribunas para festejar la atajada de Danilo al argentino Marcos Angeleri, en el último minuto del partido ante San Lorenzo, y el histórico acceso del equipo local a la final de la Sudamericana.

Hoy, los abrazos son para recordar, justamente, a Danilo y a los otros jugadores que ya no están. En Chapecó, al sur de Brasil, una impetuosa felicidad dejó lugar a la mayor de las congojas en cuestión de apenas minutos, y a medida que desde Colombia iban llegando las trágicas noticias.

Este es el peor trabajo del mundo“, dice una mujer, con uniforme del club, que prefiere no dar su nombre. “No quiero estar más acá“, agrega mientras acomoda, en el suelo, en la pared, donde se pueda, los cientos de flores, fotos, dibujos, mensajes y demás presentes con la que la gente quiere homenajear a sus héroes.

El Arena Condá, es desde hace cuatro días, sede de una peregrinación de personas, que llegan para demostrar su cariño, su solidaridad con las personas muertas, su apoyo hacia el club que supo unir a una ciudad.

Con su camiseta del Joinville, otro de los equipos del estado de Santa Catarina, Valmir explica que en estas horas aciagas no existe la rivalidad. Y detalla: “Recorrí 600 kilómetros con mi hijo, Thiago, sólo para estar acá. Apenas llegué al estadio, un hincha del ‘Chape’ me vio con mi camiseta y me dijo: ‘¿Viniste desde Joinville?’ y yo le dije que sí. Entonces nos abrazamos y los dos nos pusimos a llorar“.

Mezclados con los fieles que vienen a depositar sus ofrendas, con los trabajadores del club y con los familiares de los fallecidos, están los periodistas. Los hay de muchos países, hablan varias lenguas: la tragedia del Chapecoense conmovió al mundo entero.

Casimiro es uno de ellos, pero no vino a trabajar. Vino a despedir a dos amigos, colegas, que viajaban en el avión que se cayó. “Todavía no creemos lo que pasó, pero yo creo que el lunes de repente vamos a entender“, expresa.

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Ese día -explica su teoría- vamos a prender la radio, como hacemos siempre todos los que vivimos acá. Y de repente vamos a darnos cuenta de que hay algunas voces que ya no están más. La gente quiere saber la actualidad del Chapecoense, y siempre nos enteramos de las noticias por radio. Son siempre las mismas voces las que nos cuentan. Pero esas voces murieron, iban todas en el avión, esas voces ya no están más. Ahí, ante esa ausencia, nos daremos cuenta de todo lo que pasó“, resume Casimiro.

Los testimonios son muchos, son sobrecogedores, y los hay de todos los tipos. Júnior, de 10 años, cuenta que ya avisó a toda su familia que algún día él atajará como Danilo. Paulo, 41 años mayor, dice que sigue al Chapecoense desde la Serie C, que hace años que no se perdía ningún partido y que, de repente, ahora siente que hay un vacío que no se podrá llenar.

En su cabeza lleva un ornamento de plumas, como el que usaban los indios Condá, que habitaban la región y dieron su nombre al estadio. “Pero es el último día -revela emocionado-: este adorno, que me acompañó siempre, se dejará de usar hoy. Desde ahora, reposará en algún mueble, y al lado habrá una foto de los campeones“.

La identidad que, con el tiempo y los éxitos, supo forjar el Chapecoense en su ciudad es sorprendente. En 2007, el equipo era el quinto más importante del estado y no jugaba ningún torneo a nivel nacional. Y esta temporada, después de varios ascensos consecutivos y una sucesión de años victoriosos, llegó a la final de una copa continental.

En ese camino, el “Chape” llevó consigo a la región, que se volcó masivamente a apoyarlo, y que ahora lo llora con enorme desconsuelo.

A medida que pasan las horas, cada vez llegan más ofrendas al santuario. En un papel que alguien dejó, se lee: “El incienso que me arde en los ojos se llama orgullo (…) contemos al mundo y a nuestros hijos la historia de un grupo que, contra todo y todos, venció y subió a lo más alto que el destino les permitió“.

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