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Carta abierta a Carlos Matallanas

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Carlos Matallanas (@cmatallanas15) era futbolista semiprofesional cuando compaginaba unos estudios que más tarde lo convertirían en periodista. Los terrenos de juego de Madrid y Andalucía fueron testigos de su pasión sobre el verde. En 2007 llega a El Confidencial, donde pasa a formar parte de la sección de deportes. Y en 2014, cuando ya coordinaba la misma (mientras disfrutaba aun de la práctica del fútbol), le diagnostican Esclerosis Lateral Amiotrófica (ELA).

 

Hola Carlos.

Tal vez sea extraño sentir la necesidad de escribir a partir de una entrevista. Sin embargo, desde que me descubrieron tu encuentro con Fernando Torres siempre quise compartir la experiencia. Porque para mí es mucho más que una conversación. Es algo a lo que recurro cuando tengo discrepancias con el mundo y necesito invertir mi perspectiva. Voy a tratar de explicarme, para que me entiendas y me entiendan…

Todo comienza en agosto del año pasado. Recuerdo un enorme sentimiento de frustración tras discutir con alguien que me importaba (importa) mucho (muchísimo). No lo estaba pasando muy bien; una historia muy larga con la que ahora no quiero aburrirte. Dejémoslo en que tiene que ver con cuestiones del corazón. Estando ya en la cama, yo y mi mal humor, recibo un mensaje de esa misma persona con la que había litigado. Era solo un link, nada más. Suficiente. Hay quien tiene el poder de saber dónde tocar sin ni quisiera proponérselo. Y dieron en el clavo con el vídeo. La siguiente hora de aquella noche sería una de las más enriquecedoras de mi existencia.

Te voy a contar algo, Carlos. Algo que he compartido con pocas personas antes, pero que hoy me apetece soltar. Cuando tenía 19 años compatibilizaba estudios y trabajo. Por las tardes acudía a clases y muy temprano cada mañana sonaba ese despertador que me ponía en marcha todos los días. Salía de mi casa antes del amanecer, sobre las 6, ya que mi tarea era hacer de celador en una empresa de transportes, y debíamos echarnos muy pronto a la carretera. Recogíamos y llevábamos en un autobús a un grupo de chicos con enfermedades que los limitaban física y/o psiquicamente a un centro especializado donde trabajaban haciendo diferentes tareas. Eran unos 40 muchachos con distintos padecimientos. En cada trayecto, tras asegurarme de que todo estaba ok antes de arrancar, me dirigía a la parte anterior del vehículo y me sentaba siempre en el primer asiento, al lado del conductor, donde compartía el viaje con una de esas personas que jamás olvidas. Se llamaba Rocío, era la telefonista del lugar. Padecía ELA. Inteligente, amable y siempre sonriente. Por fortuna, su habla no se había visto afectada por entonces. Sé que una de las cosas que más echas de menos tú es poder hablar. Ella, aunque a veces tenía que parar para poder continuar vocalizando, lo hacía de manera fluida. Se trataba de alguien tan especial… Con sus apenas veintipocos años me enseñó más de la vida de lo que mucha gente de edad avanzada ha conseguido. Tal vez porque había reconocido el final y lo aceptaba. Consciente de que el tiempo nos vence a todos, disfrutaba de cada bocanada de aire, de los olores, del paisaje, de cada conversación. Si es cierto eso de que nadie muere hasta que no es olvidado, vamos a tener que fallecer todos los que nos tropezamos en uno u otro momento con Rocío para que ella abandone realmente este mundo. Rocío… Cómo la echo de menos.

BLOG: Mi batalla contra la ELA

La noche del 27 de agosto de 2015 abrí el enlace que me habían remitido, del cual eras protagonista, y reconocí a Rocío. En tu sonrisa cuando la cámara te enfocaba, en tus miradas, en tus gestos. Escuchaba cada palabra de Fernando, llenas de admiración y no podía sino asentir. Como cuando valoraba el pesimismo y el optimismo, hablando de aquel artículo tuyo en el que entendió cuál era el punto de vista acertado en la vida. ‘El Niño’ siempre fue un tipo que me cayó muy bien; jamás una palabra más alta que la otra, un mal gesto. Desde la primera vez que lo vi, siempre correcto. Aun alcanzando el estrellato de manera tan precoz, o siendo poco menos que un dios en el Liverpool. Campeón de todo, carente de ego. Sentado frente a ti, habla de sus influencias, agradece los consejos de aquel entrenador que en juveniles le dijo que mantuviese los pies en el suelo al descubrir que sería una figura cuando era tan solo un adolescente, y acepta las decisiones pasados los 30 de un técnico que según el partido decide que participe en el juego o no. Debe ser un personaje especial. Yo tengo una teoría, y es que la gente buena se rodea de más gente buena, y bebe de sus influencias. Que él te tenga en tan alta estima no debe ser casualidad.

Siempre he sentido admiración por aquellos que no se rinden ante la adversidad. Hace poco compartí en este medio la historia de Craig Sager. Supongo que sabes quién es. Sí, ese de las americanas tan extravagantes que entrevista a pie de pista a entrenadores y jugadores NBA en los tiempos muertos o descansos de los partidos. Como sabrás, padece leucemia y aunque le han dicho que su luz se apaga, él sigue brillando cada mañana. Las vuestras son enfermedades diferentes, pero la actitud es similar. Y la actitud vale tanto… Para uno mismo, pero también vale como modelo. Modelo para nosotros, el resto, cuando nos dedicamos a hacer montañas de simples granos de arena. Imagino que entiendes por dónde voy, me refiero a esos días grises en lo que piensas que te está ocurriendo lo peor. ¡Qué ignorancia! En esas ocasiones recuerdo que hay quienes están en una situación realmente dura y la afrontan con la mejor de sus caras. Cachetada sin manos que recibo de buen grado. Eso es lo que os hace tan especiales, tan ejemplares.

A pesar de que no te sigo regularmente en las redes sociales, de vez en cuando me dejo caer por tu blog en El Confidencial y recuerdo lo que verdaderamente cuenta: que estoy vivo y puedo decidir, dentro de mis posibilidades, qué hacer una jornada u otra. Y tu patrón de conducta me empuja a ser una mejor persona. Esto es importante. Muy importante. Porque al final todo es efímero. Demasiado para irte a dormir enfadado con alguien, o molesto contigo mismo por elementos banales. Evidentemente son emociones que en un momento u otro afloran, pero prolongarlas en el tiempo es absurdo. También me ayuda a progresar laboralmente. Tú continúas con tu tarea, con tus posts… ¡Si incluso has escrito un libro! Después de que te comunicaran algo que podría haber tenido un efecto completamente contrario. Decidiste que algo así no te iba a detener y has seguido avanzando. Cuando escribo si es lo que toca, o estoy inmerso en otro quehacer, intento esmerarme un poco más, pulir el detalle, cuidar las formas, cultivar de la mejor manera el producto, porque alguien que sí tenía motivos para abandonar se dedica a poner aun más empeño si cabe.

Carlos, hoy es 4 de septiembre, madrugada. En la última semana se me han pasado muchas cosas por la cabeza: gente que he ido dejando atrás o que me ha ido dejando atrás a mí, proyectos que no salen, objetivos que no se cumplen, ilusiones que no se materializan. Son momentos que evocan al fracaso. Pero por suerte tengo una cura. Esa que un día, una persona que conoció más de mí de lo que yo suelo mostrar, me descubrió. Esa a la que le diste forma tú, acompañado por tu hermano, y de la mano de Fernando Torres. Esa charla que me sigue salvando la vida. De modo que si puedes, házselo saber también a ellos, coméntales lo significativo de la misma. No tienes ni idea del valor que atesora para alguien como yo. Y estoy seguro que no soy el único que recurre a ella cuando la cabeza se nubla.

Bueno, Carlos, que no quiero extenderme más, pese a que hay mucho de qué hablar. Aunque también sé que la mayoría de las respuestas a esas preguntas que no hago están al alcance de mi mano: en tu libro, y en tu blog. Gracias por ser el ejemplo que eres, por no bajar los brazos, por continuar con tu lucha. Y perdona por haber tardado tanto en dirigirme a ti.

Un afectuoso abrazo.

Jacobo Correa.

 

El vídeo con la conversación completa, aquí:

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