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Carta a Gordon Hayward

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Ni seis minutos se habían disputado de partido cuando a la NBA se le paró el corazón. Kyrie Irving intentaba conectar por encima del aro con Gordon Hayward, pero las manos de LeBron y Crowder impidieron que el alero cogiese aquel balón. En su viaje de regreso al parqué, su pierna izquierda se rompió, enmudeciendo con su siniestro sonido a todo The Q. No hizo falta ni esperar al primer plano de las cámaras de la TNT para conocer la profundidad de aquel drama. El banquillo de los Cavs espantado, Tristan Thompson con el rostro desencajado, Jaylen Brown con las manos en la cabeza y Wade de rodillas suplicando piedad para el rubio.

Mientras los médicos trataban de poner en la camilla a Hayward, el roster de los Celtics se unía en forma de corro, intentando mantener la cabeza fría en un momento tan delicado. Al final, tras unos minutos de espera que se hicieron eternos, Gordon se marchaba a vestuarios entre los aplausos de una afición que no había terminado de asimilar lo que había visto.

A título personal, esta lesión me duele como muy pocas me podrían dañar. Todo aquel que me siga en redes sociales o me haya leído en esta casa o en los distintos medios que trabajo, sabrá que soy aficionado de los Utah Jazz desde que tengo uso de razón. Hayward ha sido parte de mí durante siete temporadas. Recuerdo aquel draft de 2010, cuando Utah se hizo con los servicios de un muchacho de pelo abundante procedente de Butler. Era imposible no saber quién era Gordon Hayward, incluso cuando su carrera NBA ni siquiera había comenzado.

Tras una temporada impecable en la NCAA, la Universidad de Butler lograba acceder a la Final Four, llegando al encuentro definitivo contra Duke. Baloncesto universitario en estado puro. 59-61 para los blue devils a falta de 3.3 segundos. La posesión es de los Bulldogs, que han capturado el rebote tras un horrendo tiro libre de Brian Zoubek. Hayward recorre la pista al galope, consciente de que el tiempo se acaba. Finalmente, tras cruzar el medio campo, arma el tiro con apenas décimas de segundo en el reloj. El balón sale demasiado fuerte, pero el objetivo es que, tras besar el tablero, acabe entrando. La primera fase del plan se cumplió a la perfección, la segunda no. El destino le ganó la batalla a la gloria, y aquel muchacho de rostro lampiño abrazó la derrota.

Imagino la cara del chaval cuando, después del trauma universitario, le tocaba viajar a una ciudad sin honor ni gracia para forjarse un nombre en la mejor liga del planeta. Contra todo pronóstico, encajaron como anillo al dedo. Su carácter tranquilo, afable y reservado hicieron que el clima de Salt Lake City ayudase a llevar a acabo su plan de mejora deportiva y vida familiar.

Hayward demostró ser un producto sencillo pero atractivo, no una explosión de talento y protagonismo desde el primer minuto. Cincelado por una franquicia sin prisa ni aspiraciones, el alero creció a golpe de derrota, un cóctel de desesperación vital que implicaba mejorar sin la luz de los focos presente. Sólo en dos de las siete temporadas consiguió jugar unos playoffs con la zamarra mormona. En su segunda campaña, la 2011/2012, cuando los Spurs trituraron sus ilusiones en primera ronda, y este último año, cuando el equipo con más identidad de la liga caía con honor 4-0 ante los Warriors a la postre campeones.

De repente, su melena se fue transformando en un peinado modernista, algo acorde a los tiempos que vivimos. Su pelo como imagen de una transformación a todos los niveles: técnica, táctica y física. De las buenas intenciones y maneras del chaval, a un jugador total que jugaba y hacía jugar a todo un equipo. Siempre acompañado por su fiel escudero, un Rudy Gobert que sufrió el mismo camino que Gordon, encontrando también el merecido premio.

La ilusión volvió a la ciudad maldita, un pueblo sufridor acostumbrado a jugar el peor papel posible, el del incomprendido. En el año de la consagración, el equipo de Snyder, entrenador de categoría mundial, acababa quinto en el siempre duro Oeste, encarando la primera eliminatoria de playoffs en el último lustro. Quién nos iba a decir a los aficionados mormones que, muchos años después, volveríamos a amar a una pareja, pues siempre pensamos que John y Karl serían los únicos dueños del sentimiento Jazz.

Es verdad que Utah compitió y mucho después de los años dorados, llegando a una nueva cima en la 2006/2007, cuando San Antonio apeó en la final del Oeste a los Jazz de su tercera final de la NBA. Pero este equipo era diferente. Nacido para morder el polvo, un grupo de trabajadores empezó a tener la fe necesaria para volver a la élite. Tras un séptimo partido ganando en el Staples a los Clippers y la mencionada derrota ante Golden State, el verano se antojaba clave para la franquicia.

Recuerdo los días previos al 4 de julio, cuando Gordon anunció su dolorosa decisión. No podía estar más de cinco minutos sin mirar Twitter, buscando nueva información de manos de los hombres fuertes en la NBA, ese grupo de periodistas que manejan fuentes privilegiadas. Boston parecía el destino más lógico, primero por su relación con Brad Stevens, y después porque era un equipo en el que crecer aún más, alejado del Oeste. Sin embargo, aquellas letras en The Players’ Tribune dolieron como un tiro por la espalda.

Meses después, aquí me tienes Gordon, deseándote lo mejor. No te mereces otra cosa. Eres el hombre que más me ha ilusionado estos últimos años, Quijote de Akron al margen, claro. Por eso me duele tanto el duro golpe que la vida te ha dado. No hay mayor honor que ver a un hijo crecer y mejorar, aunque sea lejos del hogar. Volverás, los mejores siempre vuelven. Más fuerte y más formal, pero jamás feo, de eso ya se encargó tu bendita madre.

Mírate la mano, Gordon. ¿No notas que te falta algo? Puede que sea un anillo, el de campeón. Si lo logras en Boston, bienvenido sea. Si vuelves a casa y nos dibujas la gloria, tu legado será todavía mayor. Mucho ánimo.

Infielmente tuyo.

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