Fútbol sala

article title

Carosini: Futbolista, leyenda y traumatólogo

Tweet about this on TwitterShare on FacebookShare on Google+Share on LinkedIn

Hace 57 años comenzó la historia de Ramón Mario Carosini Ruíz Díaz, Monchi. Nacido el 30 de agosto de 1960 en Asunción (Paraguay), está considerado uno de los mejores jugadores de fútbol sala de todos los tiempos. Sin embargo, cualquiera que busque su biografía en internet verá que muchos de los artículos referencian a un tal Doctor Carosini. No es casualidad: se trata de la misma persona. Porque siempre siguió un camino doble, el de la traumatología y el del fútbol sala, y en ambos se distinguió.

Pasó de revolucionar un deporte que estaba prácticamente naciendo, con infinidad de regates, amagos y otros gestos técnicos que envidiaría el mismísimo Ricardinho, a estudiar de la mano del Dr. Pedro Guillén, uno de los mayores especialistas en traumatología deportiva del mundo.

Carosini era un buen estudiante, un chico que cursaba medicina en el Don Bosco de Paraguay. En fútbol comenzó como portero (“éramos cuatro hermanos y yo era el más pequeño, así que tenía que conformarme con ocupar el arco”, contó en una entrevista a ABC). Pasó al fútbol-7 y ahí a la posición de lateral. Sin embargo, nunca hasta ese momento había practicado el fútbol sala hasta que Ramón Giménez, su profesor, decidió confeccionar un equipo de ex alumnos de la institución. Y su vida cambió para siempre.

Del Don Bosco salió al Humaitá, donde jugó junto a sus tres hermanos. Sucesivos viajes le llevaron hasta España, donde disputaría un amistoso con su selección. Una llamada de José María García y Manuel Saorín le llevaron, tras el Mundial’85, a realizar un stage con el equipo madrileño, llegando a debutar en partido oficial. Tras dos semanas volvió a Paraguay. ¿El motivo? “Me quedaba un año para terminar medicina”, cuenta. “Me fue muy duro rendir al máximo en el quirófano y en la pista al mismo tiempo”, reconocería tiempo después de su retirada.

 

Una carrera continua por ser el mejor

Pero la ambición del joven Carosini no era solo con los estudios. Con 20 años disputó el Mundial de 1982, su primera experiencia internacional. Paraguay cayó derrotada con Brasil, dominadora absoluta del futsal en aquel momento. EL joven Monchi al menos sí consiguió hacerse con el galardón al máximo goleador del torneo. El premio por tal honor sonrojaría a los organizadores de cualquier torneo actual: un reloj Cassio. Digital, eso sí.

Tres años después, en el Mundial de España’85 – donde la Albirroja quedó tercera – dio un paso más y fue nombrado mejor jugador del torneo, por delante del brasileño Jackson, que había conquistado dicho galardón en el último torneo.

Cierto es que no fue un pionero. Ni siquiera fue el primer paraguayo en dar el salto. En 1984 el propio Carosini había puesto en contacto a Ricardo Rojas, compañero suyo de selección con el añorado Juan Manuel Gozalo, quien dirigía por entonces la sección deportiva de Radio Nacional de España. Gozalo realizó las gestiones para que Rojas llegase al Escuela Caja Segovia.

 

España, un país sin organización

En España, el fútbol sala estaba comenzando a profesionalizarse, y apenas un puñado de jugadores eran foráneos. La llegada de Carosini aumentaría el total – en ese momento – hasta diecinueve.

La Federación Española de Fútbol Sala permitía únicamente dos extranjeros por equipo. De los citados 19, únicamente diez jugaban en Primera División en el momento de la llegada de Carosini: el venezolano Arnaldo Rustchy  y él en Interviú, cinco brasileños (Climaco, Ricardo de Sousa, Sergio do Monte, Humberto Pontes y Beto), otros dos paraguayos (el mencionado Ricardo y su hermano Isaac Rojas) y un marroquí (Yunes).

Esa ausencia de talento extranjero tenía una doble motivación. Por un lado, para venir a España, debían justificar su presencia con un contrato de trabajo o un certificado de estudios, por lo que antes de jugar al fútbol sala debían buscar una ocupación “principal”.

Además, lejos de lo que sucede actualmente, los salarios – comparados con otros deportes – no eran gran cosa: oscilaban entre las 50.000 pesetas (unos 300€) y las 300.000 (1800€), más gastos de manutención y alojamiento. Sin ser un sueldo bajo para la época, la inflación no había llegado al fútbol sala, por lo que muchos jugadores querían venir pero no les resultaba rentable.

Como ejemplo, varios clubs preguntaron por Jackson, pero al conocer su sueldo en Brasil (unos siete millones de pesetas, más de 42.000 euros), lo desestimaron inmediatamente. Por comparar, el primer contrato de Carosini, jugador que había quedado por delante de él en el Mundial, ascendía a 1.000 dólares al mes (primas aparte).

Y eso que el paraguayo era un fichaje top. Luis Gómez, periodista de “El País”, afirmaba en un artículo tras conocerse el fichaje que “Carosini le da una categoría de alto nivel al fútbol sala de este país”. El mejor jugador de España’85 repitió galardón en Australia’88. Además, conquistó el ansiado Mundial FIFUSA (competición no auspiciada por la FIFA que equivalía por entonces al Mundial de fútbol) a Brasil.

 

Carosini e Inter, amor a primera vista

Monchi llamó a Rojas, que llevaba más de un año en España, para pedirle consejo. Tras esa conversación decidió dar el salto definitivo. El 3 de noviembre de 1985 fue presentado en el Polideportivo Magariños, un día después de su debut en Puerto Real, en el que anotó dos goles.

Llegó con la vitola de pívot goleador, pero no tardó mucho en encontrarse con un problema, quizá el único que tendría en su prolífica etapa: si querían de él goles, necesitaba llevar el ‘9’.

Pero en Inter ese número pertenecía, pertenece y pertenecerá por siempre a José María García: fundador, jugador, dueño y emblema de la institución. Viendo el nivel del equipo en la posición puntera, con jugadores como Agus, Vicioso y Agustín, decidió ocupar la posición de ala-cierre, por primera vez en su vida, y escogió un dorsal acorde: el ‘4’, con el que jugaría durante las quince siguientes temporadas.

Inter forma parte de mi vida. El trato que me dispensaron fue excelente y mis compañeros de club eran mis mejores amigos”. Con ellos ganó tres Ligas, dos Copas y tres Supercopas. Y lo más importante: cambió la concepción del fútbol sala. En junio del año 2000, siendo historia del fútbol sala en España, colgó las botas para centrarse en su carrera profesional y su familia.

Se afincó en Madrid de forma definitiva (“mis hijos son más españoles que paraguayos”, declaró), donde reparte todo su tiempo entre sus compromisos laborales y su familia. Actualmente es un traumatólogo muy estimado dentro del campo, con multitud de publicaciones e intervenciones a personalidades del deporte, como la del portugués Tiago cuando era jugador del Atlético de Madrid.

En el fútbol sala fue el primero de una estirpe única. Un jugador distinto, siempre al ataque y buscando el espectáculo. En medicina, un reputado doctor que colabora con los mejores. El Doctor Carosini, un deportista irrepetible.

Foto principal: LNFS

Tweet about this on TwitterShare on FacebookShare on Google+Share on LinkedIn

Artículos relacionados