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Carlsen, Nueva York nunca fue Leningrado

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Magnus Carlsen demostró que situarle en el Olimpo junto a los mejores ajedrecistas de todos los tiempos no es ningún acto de locura. El tiempo dirá en que escalón lo situaremos, pero es posiblemente el tipo más inteligente que ha jugado al juego de los juegos. Anoche se proclamó Campeón del Mundo de Ajedrez por tercera vez en su carrera tras derrotar en un maravilloso tie-break (3-1) al ruso Serguéi Karjakin en la hermosa Nueva York. Un Mundial que, lejos de toda duda, pasará a la historia del ajedrez, quizá no tanto por el juego poco brillante que han desplegado ambos contendientes sino por ser el inicio de una rivalidad histórica que tiene visos de longevidad. Ganó el genio, pero asombró el de Simferópol.

Esta final tenía ciertas reminiscencias de la Guerra Fría. Rusia agonizaba por tener de nuevo el cetro mundial de ajedrez en sus manos, hecho que no sucede desde que Vladímir Krámnik dejará su trono al indio Viswanathan Anand años atrás. El reinado de Anand dejó paso al Imperio de Carlsen y mientras, nadie de escritura cirílica se mostraba capaz de devolver el honor perdido. Pero entonces, las autoridades rusas vieron la luz al final del túnel y, cuando esta tomó forma, era Serguéi Karjakin.

Un muchacho que nació en el corazón de Crimea un 12 de enero de 1990. Aprendió a jugar al ajedrez a los cinco años. A los siete, dejó de ir al colegio. Y a los 12 años y siete meses se convirtió en el Gran Maestro Internacional más joven de la historia. Bobby Fischer o Judit Polgar lo fueron con 15 años, Carlsen con 13 años, cuatro meses y 27 días. Mucho hay que agradecer al padre de la criatura, que vio en él un talento innato desde bien pequeño, cuando retaba a su abuela de 90 años a jugar unas interminables partidas de damas. Tal era su potencial que, cuando Ruslan Ponomariov se proclamó campeón del mundo en 2002, su entrenador era Karjakin. Una locura. Las ideas del chico nunca estuvieron en consonancia con los libros de historia de su pueblo, una región siempre castigada por su contrariado sentimiento pro-ruso y codiciada por su máximo líder, Vladimir Putin. Esta ideología fue sin duda el empujón definitivo para que Rusia le concediera la nacionalidad y le mimara con todos los medios y recursos a su alcance para hacer de él el próximo campeón del mundo.

En el Torneo de Candidatos celebrado en Moscú en marzo logró el billete para la gran batalla. Y encima, derrotando a la gran esperanza americana, Fabiano Caruana. La maldición continúa ya que, desde 1972, ningún campeón del mundo es estadounidense. Tras tantos años peleando por la gloria, el Fulton Market de Nueva York le esperaba con los brazos abiertos. Su objetivo, derrotar al cerebro noruego.

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De Magnus Carlsen se han escrito miles de páginas y todavía hoy, no sabemos absolutamente nada de él. Sólo trivialidades. Donde vivió, quienes son sus padres y que hace en sus ratos libres. No hay información sobre que procesa su cerebro, esa máquina perfecta que le hace volar por encima de los demás en el tablero. Campeón de todo, poseedor del mejor récord de puntos Elo de la historia y una facilidad para mover las fichas jamás vista. Alcanzó la máxima gloria en 2013, cuando derrotó a Viswanathan Anand en el Hotel Hyatt Regency de la ciudad de Chennai por un resultado total de 6’5 puntos frente a los 3’5 de su adversario, logrando el título en la décima partida de las 12 pactadas, siendo además el cuarto jugador en la historia que termina invicto en todos sus encuentros por el Campeonato Mundial. Antes de él, ese honor sólo había recaído sobre Lasker, Capablanca y Kramnik. Título que revalidó un año más tarde, de nuevo, contra Anand (6’5 puntos contra los 4’5 obtenidos por el indio). El Elegido.

Así pues, la ciudad por excelencia del mundo occidental cedía su espacio vital para contemplar la despiadada batalla por el Campeonato Mundial de Ajedrez. Las reglas eran sencillas: 12 partidas, donde el ganador debería sumar 6’5 puntos. En caso de igualdad tras la primera docena de batallas, el torneo desembocaría en un final kafkiano: una tanda de cuatro partidas semirrápidas, en las que cada jugador tendría 25 minutos para toda la partida, a los que se añadirían automáticamente 10 segundos por jugada realizada.

Si tras estas cuatro semirrápidas persistía la igualdad, se pasaría a la muerte súbita con tandas de dos partidas reduciendo aún más el tiempo, con 5 minutos en el reloj más 3 segundos adicionales por movimiento. Ajedrez relámpago. Esta muerte súbita se prolongaría hasta un máximo de cinco tandas. Si aún no hubiera campeón, llegaría Armagedón. Una única partida, en la que las blancas tendrían cinco minutos y las negras sólo cuatro. A cambio de esa doble ventaja (empezar primero y el minuto de más), el jugador de blancas está obligado a ganar ya que las tablas equivaldrían a una victoria de las negras.

La primera partida fue la carta de presentación de una capacidad defensiva maravillosa de Karjakin. El campeón llevó a cabo una apertura Trompowsky  que no sorprendió en absoluto al grueso libreto defensivo del ruso, que supo aguantar sin mayores problemas. Primera toma de contacto que terminaba en tablas. La segunda partida dejó entrever la estrategia de Karjakin. La cita había conseguido congregar en Nueva York a un gran número de personas, una expectación a la altura del Kárpov-Kaspárov de 1990. En los primeros instantes de la segunda partida, el ruso pudo forzar unas tablas de forma casi inmediata, pero prefirió jugar y obligar al campeón a usar su preciado intelecto. De nuevo, tablas y la final tomando forma.

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El tercer asalto fue una demostración de poder por parte de Carlsen. Gran inicio con su apertura, veloz en movimientos, sembró la duda en las respuestas de Serguéi. La ligera ventaja que había tomado Carlsen se vio reducida tras la recuperación del ruso, sin embargo, tras varias jugadas precipitadas de Karjakin, Carlsen abrió una brecha que a punto estuvo de estallar. Incapaz de finiquitar la partida, Karjakin escapó vivo y firmó las terceras tablas. Todo el mundo vaticinaba un nuevo ataque de Carlsen en la cuarta partida, tras haber rozado la victoria 24 horas antes. Y así fue. Jugando con blancas, el ruso no logró sacar ventaja con su apertura y cayó en una precipitación que pudo costarle muy cara jugadas más tarde. Varios movimientos arriesgados le aseguraron de nuevo las tablas ante un Carlsen demasiado dócil.

Una apertura italiana de Carlsen abrió la quinta partida en Nueva York, todo con el objetivo de cocinar el duelo a fuego lento. Karkajin recogió el guante y jugó a lo mismo. Pero de nuevo, erró al intentar castigar al ruso y lo pagó con un contraataque mortal. El campeón sacó el orgullo para evitar perder y firmar las quintas tablas. Se estaba empezando a desesperar. El equipo de Carlsen le hizo ver que lo mejor para el sexto enfrentamiento era calmarse y dejar la ira a un lado. Buscar tablas de la manera más rápida posible y pasar página de cara a lo que se avecinaba. Y así fue. Partida muy corta, sin mayor trascendencia y bálsamo mental para ambos jugadores.

De nuevo, en la séptima partida, Karkajin salía con blancas y siguiendo su estrategia, obvió arriesgar y se encontró con que Carlsen seguía evadiéndose en el tablero del mal trago que pasó en la quinta partida, donde rozó la tragedia, llegando así a unas insípidas tablas.

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La hecatombe noruega 

Lo que sucedió durante el octavo asalto por el título mundial se podría definir como el peor día en la vida deportiva de Magnus Carlsen. Serguéi Karjakin tiraba la cuarta pared y se hacía con la primera victoria de la final y dejaba al vigente campeón en el abismo a falta de cuatro partidas por disputarse. El noruego acaparó ligeras ventajas tras el inicio, y al finalizar la jugada número 40 puso las cartas encima de la mesa y Karjakin compró. Vinieron dos envites más. El primero, para fortuna de Magnus, pasó de largo, pero el segundo, que fue un grave error del campeón, permitió la respuesta de Serguéi y este dejaba el Mundial patas arriba. Nunca antes se había encontrado en semejante tesitura el campeón. Miseria o gloria en Nueva York.

En la novena partida, Carlsen debía atacar con todo tras la derrota anterior, pero yendo con negras y viendo el panorama, nadie sabía que opción era la mejor. El noruego dejó entrever que quería tablas y Karjakin aprovechó el momento para arremeter y dar un golpe mortal al campeonato. De repente, una variante casi divina de Magnus salvó los muebles y se acogíó al hecho de tener blancas en dos de las tres partidas que quedaban para darle la vuelta a la final.

El renacer del genio

Hay un momento en la vida de todo deportista en la que se debate entre la gloria y el fracaso. La historia pocas veces tiene memoria, sólo se recuerda el hoy, jamás el ayer. Magnus ya era campeón del mundo, ya era el mejor jugador del planeta Tierra, pero debía demostrarlo de nuevo. Levantarse y dar la vuelta al título.

Décima partida. Carlsen logra una ligera ventaja tras varios movimientos demasiado dubitativos de un Karjakin que, quizás vio tan cerca la hazaña que se asustó. Cometió errores que le dejaron sin tiempo para sacar su típica defensa numantina que llevaba exhibiendo todo el campeonato, y al final, por inercia, terminó ganando Carlsen. Sin belleza en sus movimientos, pero con el respiro eterno de haber salvado el Mundial.

Con todo empatado y a falta de dos partidas por jugarse, campeón y aspirante firmaron sin bolígrafo dos tablas seguidas, especialmente sospechosa la última, que duró 35 minutos y apenas valió la pena visionarla. No es reprochable el miedo a perder, pero sí una actitud tan reservada de todo un campeón del mundo. Ninguno lo querría, mucho menos Carlsen, pero el tie-break asomaba sin remedio en el Fulton Market de Nueva York.

Sin valor no hay gloria 

Empezaban las cuatro partidas definitivas (en principio) y la primera se saldó con unas tablas muy bien buscadas por un Carlsen que jugó con negras. La segunda partida si tuvo historia. Tras una apertura en la que Carlsen logró una mínima ventaja, Karjakin cometió un error y se quedó a las puertas de la derrota. Sin embargo, un último acto de defensa magistral salvó los intereses del aspirante.

Parecía tenerle ganada la moral Karjakin a Magnus tras semejante acto heroico, sin embargo, Carlsen sacó todo su orgullo para ganar la tercera partida con negras y dejar el Mundial sentenciado. Y ya en la última partida, ejerció de maestro defensivo y aseguró, para después matar, el título con otra nueva victoria. 9-7 de global. El mejor jugador del planeta.

Se acababa así uno de los mundiales más mediáticos de siempre, quien sabe si por la figura tan exótica de Carlsen o si por un Karjakin que, por fin, se plantaba en Nueva York como una amenaza real para el noruego. Hubo de todo. Por momentos temblaron los dos, por instantes vacilaron con las tablas, sin embargo, nos quedamos con la manera de levantarse de Carlsen a falta de cuatro partidas y la forma en la que Karjakin demostró que, al margen de ser el mejor jugador defensivo del planeta, también es un jugador sin temor a la gloria.

Magnus y Serguéi, gracias por honrar así al juego de los juegos. Lo que debió ser un asedio sin piedad, acabó por convertirse en un defensa antológica que, finalmente desembocó en el último acto de genialidad de un ajedrecista histórico. Marcus, Nueva York nunca fue Leningrado.

 

 

 

 

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