Miscelánea

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Carlos Henrique Casemiro, de peón a capataz

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Se adentraba en noche cerrada, de esas que mata a las velas con aire punzante y frío. En palacio, las grietas se comenzaban a vislumbrar. La luz flaqueaba, las paredes crujían en cada tenue silencio y las puertas ya no cerraban, en el intento, chirriaban por el camino. Lo que hacía unos días parecía controlado, se resquebrajaba por todos lados. La falta de solidez y planificación en el proyecto daban sus resultado meses después. El carril central se convertía en un pozo sin fondo y mientras el rey con sus manos viejas, sujetaba una corona que comenzaba a tambalearse sobre su longevidad. Aquella aureola desgraciadamente cada día menos le correspondía, reposaba más por herencia que por trabajo. Por historia e hipocresía también.

El rey, el Madrid, doce años sin levantar su tesoro más preciado, la Copa de Europa. El escenario, Westfalenstadion en la vuelta de los cuartos de final de la Liga de Campeones en una noche de Abril. El rey con miedo y tirado atrás, contaba en voz baja los segundos hasta el final, mientras el Borussia acechaba por todos lados hacia la portería de Casillas. Lesionado Cristiano y Di María en su lugar, Illara había sido titular con tres pérdidas claves, una de gol antes del descanso. Atemorizado por el escenario no salió de los vestuarios tras el descanso. En su lugar, Isco y la seguridad de retener el balón, debió pensar Ancelotti. Ni en esas, pudo frenar el vendaval ofensivo de los de Klopp que ya acosaban portería rival.

 

Contra las cuerdas, a un gol del desastre y a otro de la humillación, apareció como tercera opción, Carlos Henrique. Fuera de la cal y antes de saltar ya se podía vaticinar lo que sería su actuación. No congeniaba con aquel escudo, los pantalones le quedaban largos y la camiseta bien ancha. No era un joven apuesto y ni mucho menos tenía herencia, apellido desconocido y escasa habilidad.

A quince minutos del final entró en escena mientras su entrenador mascaba chicle en silencio y soledad y toda una afición suspiraba para que llegara el final. Fue la noche de su descubrimiento. La entrada de Casemiro frenó el arreón amarillo. 22 años y había engañado a todo el mundo. A aquel chico no le temblaban las piernas. Cuatro recuperaciones, sólo dos perdidas y una falta cometida. Aportó (entró por Di María) en 18 minutos más que el propio Di María en 72’ o que Illarramendi en 45’. Se multiplicó en la medular y oxigenó a un equipo que había estado al borde del suicidio minutos antes de su entrada. Cuando Skomina pitó el final, Pepe buscó a Casemiro para darle un abrazo. No era una felicitación, era un agradecimiento.

Carlos Henrique, venido de Sao Paulo, había salvado al Real Madrid. Para nadie pasaría desapercibida aquella noche de Abril. Su carácter y personalidad acompañado de su criterio habían asombrado a propios y extraños. Aquel peón de obra, que esperaba en el banquillo como tercera opción, cambió focos, construyó paredes y cerró puertas. El Madrid pasó a semifinales y Carlos Henrique plantaría su semilla particular en lo que sería la consecución de la Décima Copa de Europa del Real Madrid. Desde aquella noche, no se volvió a saber de él.

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Marchó a Porto, ciudad de puentes y vinos, como aquellos volvió un año más tarde un poco más viejo y con una pizca más de sabor. Ancelotti ya no estaba y ahora Benítez le daría una oportunidad desde el inicio. No duraría mucho la estancia del madrileño en el banquillo del Real por lo que su cese sería a priori, el fin de la titularidad de Casemiro en su vuelta al Real Madrid. Con Zidane, no fue fácil convencerle. Empezaría los primeros partidos en el banquillo y solo poco a poco fue ganándose un hueco entre los grandes.

De su primera temporada, rescatar tres partidos. El partido de vuelta entre Barcelona y Real Madrid en el Camp Nou. Los culés buscaban sellar el título mientras que los blancos cabizbajos harían todo lo posible por alargar su vida en el campeonato. El partido de Casemiro fue su consagración. Se ganó a pulso su primer ascenso. Messi no apareció y Casemiro se multiplicó. El Madrid consiguió darle la vuelta al marcador y apretó hasta el final en un campeonato que parecía decidido semanas antes de aquel partido. Fue la vitamina de un Madrid que estaba casi muerto, no sirvió para acabar alzando el titulo liguero pero sí para volver a ver la mejor versión del Real Madrid el resto de la temporada y sí para acabando campeonar en Europa.

Su segunda actuación soberbia en un meteórico ascenso fue ante su gente. La vuelta de los cuartos de final de la Copa de Europa, como no, dos años después, la historia se repetía pero esta vez con el Madrid por detrás en el marcador. El rival era el Wolfsburgo y la situación mucho más delicada. Tras el 2-0 de la ida en Alemania, los blancos debían de dar la vuelta al marcador. Fue 3-0 con final feliz para los blancos, con un Cristiano pletórico y Casemiro de escudero. Por aquellos tiempos, ya se había ganado la confianza de Zidane. La apuesta de Benítez no era ninguna locura y aquel hombre en la sombra trabajaba mucho más que lo que su nombre y apellidos ofrecían de primeras. Un héroe en la sombra. Concha Espina pese a tantos fichajes mediáticos, añoraba como el que más un hombre con aquella capacidad de sacrificio. Encargado de cultivar y administrar los esfuerzos de una máquina que comenzaba a engrasar.

La guinda al pastel, su culminación como peón y el día que le entregaron su medalla, diploma y nuevo puesto en la oficina, fue en Milán y a finales de Mayo. Como no, en la final de la Copa de Europa. En la competición que dos años atrás se dio a conocer. Ante el Atleti de Diego Pablo Simeone y en una exhibición defensiva que condujo al Madrid hasta el final por el alarde, sin evitar el sudor y sufrimiento. El hombre del equilibrio de Zidane volvió a ser uno de los jugadores blancos más destacados también en Milán, siendo el que más distancia recorrió de su equipo (13.144 metros) y el mejor ladrón: 22 recuperaciones de balón.

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Acabó la temporada y el palacio lucía bajo el sol sus más refinadas reformas. El rey reposaba sobre su trono con las manos cruzadas, arriba, la corona lucía sin apoyo de nadie sus éxitos recientes. Lisboa 2014 y Milán 2016. Justo en ambas, Casemiro había estado presente y para bien. En la memoria, sus dos actuaciones en el partido de vuelta de cuartos de final y para colmo uno de los mejores en la última final. Un hombre que no congeniaba en nombre, forma y pensamiento a la idea de juego del Real Madrid se hizo dueño de su medular. Pasó de peón a capataz en silencio y con trabajo y sacrificio nunca nadie discuto su papel. Algo bueno debía de tener.

Meses después de la consecución de la Undécima Copa de Europa, Simeone y máximo rival hablaba sobre su papel: El Real Madrid de Zidane en su última etapa entendió que todos tenían que trabajar. La presencia de Casemiro hizo mucho más equipo al Real Madrid. Sólo con el talento no ganas. Casemiro le ha dado equilibrio sostén, fortaleza y libertad a Modric y Kroos”

En su segundo año bajo las órdenes de Zidane y con su nuevo rol de capataz. Anoeta esperaba concienciada de las bajas del Real; sin Modric, Cristiano ni Benzema. El Madrid ganó 0-3 y Casemiro, una vez más, fue de lo mejor. 9 balones recuperados y 15 manos a manos ganados. Se le ha visto una notable mejoría en la salida de balón y cada vez va a mejor. Es un arma competitiva que activa al vecino y al más lejano. El Madrid ya ha encontrado su escudero y el palacio vuelve a lucir todas sus riquezas sea de noche o a plena luz del sol.

 

 

 

 

 

 

 

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